SáBADO 5 DE NOVIEMBRE DEL 2005 / EDICION No. 23984 / ACTUALIZADA 01:30 am





EL HUMOR DE




Hoyos negros

El reconocido periódico estadounidense The Washington Post denunció esta semana que la Agencia Central de In teligencia (CIA, por sus siglas en inglés) de Estados Unidos, ha instalado cárceles secretas en algunos países asiáticos y de Europa del Este, en las que tiene presos a militantes o sospechosos de ser miembros de Al Qaeda, la red criminal que ejecutó los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington D.C. El Gobierno estadounidense no confirmó ni negó la información del Washington Post, pero extraoficialmente se conoció que tales cárceles clandestinas u “hoyos negros”, como las llama The Washington Post, estarían ubicadas en Polonia, Rumania, República Checa, Tailandia y Afganistán.

Lógicamente, la información de The Washington Post coloca a esos países en la mira directa del terrorismo internacional, de manera que sus gobiernos se han apresurado a negar que tienen cárceles clandestinas estadounidenses. Sin embargo el Ministerio del Interior de la República Checa reconoció haber rechazado recientemente una solicitud de Estados Unidos para instalar un centro de detención, al que serían trasladados prisioneros que están actualmente en Guantánamo.

Como sea, el hecho es que a la carga de cuestionamientos que pesa sobre el Gobierno de Estados Unidos, se agrega ahora la grave acusación de estar operando cárceles clandestinas para burlar la ley estadounidense y el derecho internacional.

En realidad, según la propaganda contra Estados Unidos este país dejó de ser la víctima del terrorismo y se convirtió en el gran victimario, que es repudiado no sólo por la izquierda internacional sino también por países que hasta hace poco fueron sus aliados, en Europa Occidental y América del Sur.

Sin duda que la mala imagen del gobierno del Gobierno de Estados Unidos se debe en gran medida a la animadversión que la mayor parte de la gran prensa de Estados Unidos e internacional siente hacia el presidente Bush. Pero además es consecuencia de una estrategia de propaganda izquierdista muy bien pensada y mejor ejecutada, que presenta a los terroristas como combatientes populares y nacionalistas y a Estados Unidos como un ente perverso, que merece el peor castigo por oprimir a los pueblos, por mantener a multitudes de seres humanos en la pobreza y la miseria y por menospreciar los valores culturales y religiosos de la nación islámica.

Sin embargo, resulta evidente que la deplorable imagen del Gobierno de Estados Unidos es también resultado de sus propios errores, algunos de ellos garrafales, como el de haber mentido con lo de las armas de destrucción masiva que supuestamente poseía Saddam Hussein, para justificar la invasión a Irak; por haber extremado las restricciones de derechos y libertades individuales en el curso de la guerra que libra contra el terrorismo; o por el maltrato inferido a prisioneros en cárceles ilegales (como la de la base de Guantánamo, en Cuba) y las prisiones clandestinas que según The Washington Post existen en Europa Oriental y Asia, también con el pretexto de combatir a los terroristas.

A lo largo de su historia de 239 años Estados Unidos ha sido respetado en el mundo (aunque este respeto no lo compartan y nunca lo reconocerán los comunistas, los izquierdistas en general y los antiyanquis de toda clase), por los valores de libertad y principios de democracia que siempre representó. Y sólo podría recuperar ese prestigio demostrando lealtad a esos principios y valores, aún en medio del combate contra un enemigo tan criminal, despiadado e inhumano como es el terrorismo.

Al respecto, el senador republicano John McCain, quien fue prisionero de los comunistas vietnamitas y víctima de sus abusos, dijo recientemente en el Senado de Estados Unidos: “Nosotros (los prisioneros estadounidenses) sabíamos que éramos diferentes de nuestros enemigos; que éramos mejores que aquéllos; que, de invertirse los papeles, no nos deshonraríamos cometiendo o aprobando semejantes malos tratos. Esta convicción nos fortaleció mucho”.

Esos son los principios y valores que han hecho admirado y respetado a Estados Unidos. Por ellos el Gobierno estadounidense debería renunciar a las prácticas indebidas en la guerra contra el terrorismo, una lucha que debe ser implacable y sin tregua pero en el marco de la ley, de esa ley que para sus padres fundadores “era una compulsión y no una licencia, un freno al poder y no una autorización”.
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