Y además
Pereza
Luis Sánchez Sancho
Cuando se habla de pereza se piensa casi de manera automática en esa actitud humana a veces deliciosa pero generalmente defectuosa, de renuencia a la actividad física, a hacer algo que requiera de esfuerzo físico —inclusive mental—, lo que el diccionario de la RAE (21 edición, 1992) define como: “1. Negligencia, tedio o descuido en las cosas a que estamos obligados. 2. Flojedad, descuido o tardanza en las acciones o movimientos”.
En el sentido ético, por ejemplo de la doctrina católica, la pereza es mucho más grave, pues se le considera como un vicio y se incluye entre los pecados capitales, junto con la soberbia, la avaricia, la envidia, la ira, la lujuria y la gula.
Este sentido pecaminoso de la pereza viene de la antigua cultura clásica helénica. Ciertamente, en la mitología griega Pereza es una divinidad alegórica maligna, lo mismo que Pobreza, Hambre, Mentira, Fraude, Calumnia, Esclavitud, Miedo, Dolor (melancólico), Súplicas, Desconfianza e Ignorancia. En tanto que las divinidades alegóricas benignas son: Virtud, Verdad, Amistad, Libertad, Fama, Paz y Abundancia.
(La alegoría, como se sabe, es una representación de ideas abstractas por medio de figuras o atributos de apariencia concreta, particularmente como personificación. De esa manera los antiguos griegos y romanos daban forma a numerosas manifestaciones y problemas de la conducta humana. Luego la cultura cristiana asimiló las alegorías griegas benignas (las 7 virtudes) y malignas (los siete vicios o pecados capitales).
Pereza es hija de Sueño y Noche y habita en las riberas tenebrosas del Océano, que es el río universal cuya corriente baña toda la tierra e impregna con sus aguas la vida natural y humana.
Según la leyenda, Pereza fue al principio una doncella muy hermosa. Su piel era lechosa y su bello rostro tenía la pálida hermosura del resplandor de la luna. En realidad Pereza sólo tenía un defecto, y era que no le gustaba hacer nada.
Tan bella era Pereza que provocó el encaprichamiento amoroso de Hefesto, (el Vulcano de la mitología romana), dios del fuego, hijo de Zeus y de Hera, y esposo de Afrodita, la diosa de la belleza y del amor. Un matrimonio realmente paradójico, porque Hefesto era terriblemente feo, tanto, que cuando nació, su madre horrorizada lo arrojó al mar. Sin embargo, Tetis, la diosa del océano y la ninfa marina Eurinome, sintieron compasión por la criatura y la salvaron. Después Hefesto fue llevado al Olimpo por Dioniso.
Hefesto era tan hábil con la palabra como con el arte de forjar los metales y elaborar joyas, de manera que logró seducir a la bella pero haragana Pereza, y la hizo suya. Entonces, como castigo por haberse dejado seducir por Hefesto, Pereza fue convertida en tortuga, animal consagrado a Afrodita.
Con el tiempo Pereza fue venerada como divinidad de la molicie y la haraganería, y se le representaba como una mujer sentada, con expresión de tristeza en el semblante, su cabeza caída hacia el pecho, los brazos cruzados y a sus pies un reloj de arena, derribado, como símbolo del tiempo perdido. También se le representaba como una mujer caminando con desgano, vestida con tela de araña, conducida por Sueño, apoyada en el brazo de Hambre y acompañada por las Miserias.
En la época temprana del cristianismo los artistas la pintaban como una mujer montada sobre un burro, sosteniendo en la mano un búho o un escudo con la figura de este animal, que según Pérez Rioja simboliza la timidez y la renuencia al trato social.

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