DOMINGO 29 DE MAYO DEL 2005 / EDICION No. 23824 / ACTUALIZADA 1:29 am





EL HUMOR DE




La Libertad y Santo Domingo, el rostro minero de Chontales

César Augusto Bravo*
opinion@laprensa.com.ni

Desde que inicié la compilación de datos y entrevistas para escribir la biografía del Cardenal, me he dedicado a recorrer la otra faceta de nuestra campiña chontálica, el Chontales minero. Desde Santo Tomás hasta el Monasterio de las Hermanas Trapenses —terreno desmembrado de la hacienda Las Tetillas que hasta hace poco fue propiedad de don Payo Martínez— vemos un Chontales que cubre sus espacios con potreros y ganado, es decir, vemos la mejilla del rostro ganadero. Tras develarse ante nuestros ojos el espinazo farallonado de la cordillera de Amerrisque, la Piedra de El Toro (santuario indígena), el cerro El Gacho y las dos carnosidades de su relieve en forma de tetillas de mujer impúber, que le dan el nombre a la hacienda, vemos la tez colorada del suelo minero extendiéndose hasta la comarca El Camastro a siete kilómetros de Santo Domingo, camino a El Ayote.

La Libertad y Santo Domingo son los pueblos mineros de Chontales que guardan dentro de su verdad, insólitas contradicciones que van de ser los únicos pueblos ricos en oro, plata, estaño, cobre, etc. a ser los más empobrecidos de la región.

Un aspecto que diferencia a La Libertad del resto de los municipios chontálicos es que posee una revista de circulación local, Alharaca Güirisera, y su director Bismarck Serrano, se ha preocupado por retratar, no sólo las costumbres locales, sino que también ha elaborado un catálogo con los nombres de los personajes más representativos de sus calles, donde sus seudónimos van acordes con la naturaleza de cada individuo y la jerga vernácula. En esta ciudad, que se halla inclinada de Sur a Norte, de calles espaciosas, con 716 kilómetros cuadrados de extensión territorial y 13,447 habitantes, tiene vista panorámica a la cordillera Los Picachos, compuesta por los cerros El Gabriel y El Chamarro, que consisten en dos picos brumosos, que de lejos parecen regresar las miradas. Un día ordinario en este municipio, muestra el trajín cotidiano de hombres, mujeres y niños que salen, ya no a sacar oro, sino a extraer el material de las arterias secundarias, de las que no se ocupa la gran empresa minera.

Cuando viajamos a Santa Elena y El Mojón, encontramos uno de los mayores contrastes, pues en este último la empresa canadiense Desminic (Desarrollo Minero de Nicaragua), trabaja a campo abierto con máquinas gigantescas, retirando el manto vegetativo hasta transformarlo en una auténtica superficie lunar, en busca de ese suelo rojo al que llaman broza y que contiene las micropartículas de oro. En la mina Santa Elena, varias familias llamadas güiriseros, trabajan de manera ruda y artesanal, en un nivel más bajo que la miseria misma. Estos pobres pobladores que laboran en la riqueza de la naturaleza, trabajan en espacios cerrados de naturaleza claustrofóbica, llevados hasta las profundidades de la tierra a través de túneles o pozos que excavan guiados por una veta —hilo de oro— que marca su rumbo.

Un cacho partido a la mitad y un balde con agua, siguen siendo el laboratorio más práctico que les permite medir las concentraciones de oro de la broza. A fuerza de mazo, pico y pala extraen la broza del pobre, que consiste en una roca que procura un rendimiento promedio de 12 gramos a una onza (31.1 gramos) por tonelada. Pese a que la onza de oro tiene un valor de 420 dólares, en este punto del viaje, el que pudiera ser milagro de la vida se convierte inevitablemente en tragedia, que sólo se es capaz de soportar en estado inconsciente. Estos galeotes del oro duermen bajo champas de plásticos, comiendo alimentos que sus mujeres —algunas recién paridas o embarazadas y hasta enfermas— preparan en el suelo, sin la más mínima y cautelar norma de higiene.

Con el único propósito de atender a los güiriseros, Desminic reactivó el antiguo plantel y ellos compran la broza que estas familias producen, pagándola proporcional a la cantidad de gramos de oro que contenga la materia prima.

Paradójico a cualquier razonamiento resulta el hecho de que mientras los extranjeros que trabajan para Desminic, disfruten del brillo que destella la riqueza del oro, viviendo en lujosas casas protocolarias de comodidades presidenciales, ganando salarios enormes de hasta 15 mil dólares, no muchos liberteños duermen en condiciones verdaderamente dignas, o al menos humanas.

Hablar de Santo Domingo, más empobrecido que La Libertad, es repetir la historia, a pesar que su suelo tiene mayor riqueza mineral. Por ello, Santo Domingo es parte de la angustia y junto a La Libertad son los padres de la paradoja. Qué diferente son las familias ganaderas de las mineras, —tildadas a menudo— de tacaños, y que siendo más ricas no han generado sus bienes con oro, sino con vacas. Los Lorío de La Libertad y los Torres en Santo Domingo son los mejores ejemplos.

El oro más que una bendición ha sido una maldición para estos pueblos. El licenciado Darwin Kauffman —nicaragüense de origen judío-alemán— encuentra el foco de este problema en las prácticas ancestrales heredadas de los indígenas, a quienes les gustaba embriagarse para estar en contacto con sus dioses. En otrora —dice Kauffman— el padre, los niños, la mujer y los dos o tres perros, bajan al pueblo a realizar sus compras, y mientras el marido se embriagaba hasta la torpeza, su esposa e hijos esperaban en los corredores junto a los perros.

Y así es en la actualidad, la producción de broza que recién vendieron ya la deben en las cantinas. ¿Y la preocupación? Ninguna. La esencia del pensamiento minero la encontramos en la respuesta que René González dio, cuando le preguntaron que cómo iba a hacer para pagar sus deudas: hay tengo esos dos cerros —el Gabriel y el Chamorro— que me respaldan. Aunque ellos ya no miran a sus dioses se siguen emborrachando, y si no duermen como los extranjeros es porque el oro no da para tanto, dicho de otra manera, no da para guaro y mujeres y una vida digna que esté a la altura del mineral que trabajan.

Un Mosaico de Santo Domingo fue la obra no conclusa de mi prima María José Bravo (1977-2004) con quien habíamos acordado ocuparnos de los pueblos más olvidados de nuestra campiña chontálica. Por alguna razón que no conozco, estos pueblos siguen guardando el hechizo inspirador que llevó a escribir El naturalista al inolvidable estudioso de estas flora y fauna chontaleña, Tomás Bell.

* El autor es escritor chontaleño
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