Y además
Procusto
Luis Sánchez Sancho
El ingeniero Edmundo Dávila Castellón, cuyos artículos de opinión se publican regularmente en LA PRENSA, me sugirió que escribiera sobre Procusto, lo que hago con mucho gusto.
Procusto (cuyo verdadero nombre era Damastes pero se le conocía más por su apodo: Procusto, que significa “estirador”), era hijo de Poseidón, el dios de los mares, y por eso su estatura era gigantesca y su fuerza descomunal.
Procusto poseía una posada cerca de Eulesis, la famosa ciudad de la antigua Grecia donde se celebraban los ritos misteriosos de las diosas Deméter y Perséfone. Y era el siniestro placer de Procusto matar a quienes llegaban a su posada en busca de alojamiento, sometiéndolos a un cruel tormento.
En efecto, Procusto obligaba a sus huéspedes a acostarse en una cama de hierro y al que no alcanzaba, porque su estatura era mayor que el lecho, le cortaba con un hacha la parte de las extremidades inferiores que sobraban, y lo dejaba morir desangrado; y si la desdichada persona era más pequeña que la cama, entonces Procusto le estiraba las piernas hasta hacerlo caber en el fatídico lecho, con lo que también mataba dolorosamente a sus víctimas.
Según algunas versiones de la leyenda de Procusto, su lecho estaba dotado de un mecanismo móvil que lo agrandaba o lo empequeñecía según fuera el tamaño de su víctima. De manera que nadie podía alcanzar exactamente en la cama y todas las personas que caían en manos del célebre bandido tenían que ser sometidas a la mutilación o el descoyuntamiento.
Sin embargo, como suele suceder en historias y leyendas como ésta, Procusto terminó su malvada existencia de la misma manera sangrienta como él atormentaba a sus víctimas.
En efecto, Teseo, uno de los más populares héroes de la mitología griega mató a Procusto usando el mismo procedimiento con que éste atormentaba a sus víctimas, o sea, cortándole las partes de arriba y abajo del gigantesco cuerpo que no cabían en el lecho de hierro.
Teseo era hijo de Poseidón, igual que Procusto, y por lo tanto su medio hermano. Pero eso no impidió que éste fuera castigado con su propia medicina.
La leyenda del lecho de Procusto quedó para siempre en la tradición popular y en la literatura universal, como una expresión proverbial que se usa para referirse a una situación penosa en la que alguien es víctima de la violencia y sometido a un tormento particularmente cruel.
También el significado del lecho de Procusto se refiere a los estrechos límites que obstaculizan cualquier actividad humana. Y más específicamente se habla del lecho de Procusto, en relación con esa equívoca conducta de quienes pretenden acomodar la amplia y rica realidad, a la estrechez de sus intereses particulares y personales.
Por su parte Guiller Cabanllas le da un sentido jurídico, al decir que “en la actualidad, figuradamente, el lecho de Procusto se refiere a los que terminan siendo víctimas de las violencias que fomentaron” (Guillermo Cabanellas). Razón por la cual cuando se habla de personajes sanguinarios como Hitler o Stalin, se les compara con Procusto.
En realidad, en términos generales cuando alguien sacrifica a la gente para imponer sus intereses y ambiciones particulares, en contra de las exigencias de la realidad, entonces se dice que a esa gente la han acostado en el lecho de Procusto.
Tal es el caso de Nicaragua, donde es evidente que los partidos mayoritarios —o mejor dicho, sus líderes— tienen a la nación acostada en el lecho de Procusto de sus intereses particulares.

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