De acá de este lado
Sergio Ramírez
El martes en que Antonio Villaraigosa fue electo nuevo alcalde de Los Ángeles, había largas colas en las calles pero no frente a los recintos de votación, sino frente a los cines donde se estrenaba el episodio III de La guerra de las estrellas: La venganza de los Sith. Es más. Los fanáticos de George Lucas formaban esas colas desde muchos días antes, acampando en las aceras para ser los primeros en entrar a los cines, en las ya célebres funciones de medianoche, que dejaron, sólo esa vez, una recaudación de 17 millones de dólares, un nuevo récord.
Un día de elecciones no es visible y alborotado aquí como lo es en cualquier lugar de América Latina. Es un día como cualquier otro, y uno tendría que estar enterado de antemano para saber dónde se está votando, porque señales de agitación no hay ninguna. Ni colas, ni cláxones, ni banderas, ni bandos en pugna.
Quizás el misterio sería fácil de resolver, apelando a las cifras. Del total de votantes hábiles, solamente un treinta por ciento ha decidido acercarse a votar, y esto es ya lo típico de una democracia que por la fuerza de la costumbre de abstención, se vuelve selectiva. Pero es, además, un asunto de la cultura. Entre nosotros unas elecciones no se explican sin pasión, y aquí, si por algo se explican, es por la apatía.
Y tampoco la campaña fue visible. Ni ruidosas manifestaciones en las calles, ni grandes concentraciones en las plazas, ni el rostro de los candidatos en ninguna de las gigantescas vallas publicitarias que cubren paredes enteras de edificios. Y ni siquiera el hecho de que Villaraigosa sea de origen mexicano le da colorido a la elección.
Es la primera vez que un candidato hispano es electo alcalde de Los Ángeles desde el siglo XIX, cuando la ciudad no era más que un villorrio de cinco mil habitantes. Cristóbal Aguilar, el electo de entonces, tenía la desventaja de que hablaba muy mal el inglés, y eso lo ponía en desventaja frente a los colonos blancos, orgullosos de su primacía. Por eso perdió la segunda vez que se presentó, en 1872. Su oponente hacía certeros chistes a sus costillas, precisamente por su torpeza con el idioma.
Hoy, al contrario, lo que Villaraigosa habla muy mal es el español, como en el caso de muchos hijos de inmigrantes latinos, y una de las desventajas en sus comparecencias públicas de la campaña era precisamente esa, la de un hispano de nombre hispano, que habla el español como un aprendiz gringo.
Pero su triunfo frente a su rival James Hahn, el actual alcalde, fue rotundo, pues se alzó con el sesenta por ciento de los votos. Fueron a votar abrumadoramente por él los hispanos, por supuesto, que representan nada menos que la mitad de la población de la ciudad; los afroamericanos, gracias entre otras cosas al mágico apoyo de Magic Jonhson; y, he aquí otra magia, la mitad de los blancos. Sólo perdió en los territorios estrictamente republicanos, y de evangélicos fundamentalistas, reacios al triunfo de un católico practicante que empuña el estandarte de la Virgen de Guadalupe.
Su triunfo es un triunfo de los demócratas, que dominan California al punto que ésta fue una elección entre dos demócratas, pues Hahn también lo es. A pesar de eso, esos mismos votantes eligieron como gobernador al terminator Arnold Schwarzenegger, que sigue hablando el inglés con tupido acento alemán de campesino de Los Alpes austriacos. Pero siendo singularmente contestatarios, los votantes californianos prefieren no pocas veces las rarezas.
Ésta es una ciudad que es a la vez muchas ciudades. Hispanos, coreanos, chinos, iraníes, hindúes, vietnamitas, negros, judíos, y los prósperos blancos. Pero su color más intenso es el color hispano, mexicanos y salvadoreños, sobre todo, un color que se expresa en el bullicio de las calles del Downtown, con sus parlantes a todo volumen en las puertas de las ventas de discos, música norteña y tex-mex, huapangos y cumbias, tiendas para novias que exhiben en las vitrinas maniquíes maltratados por el tiempo, tenderetes de refrescos, ventanillas de cambio de moneda, joyerías y relojerías, consultorios de adivinas, farmacias de remedios milagrosos, taquerías, pupuserías, cantinas.
Y la fuerza de esta cultura la empuja a abrirse paso cada vez más adentro. Los Ángeles es ya una ciudad bilingüe, y los servicios de todas las compañías comerciales, empresas de comunicación, tiendas, bancos, se ofrecen igual en español que en inglés. Las salsas picantes se venden ya más que las salsas de tomate. Las cervezas mexicanas, más que las cervezas de Milwaukee. Los tacos y las enchiladas, igual que las hamburguesas. Ningún muro de concreto puede detener esta invasión que es ya parte del paisaje, del gusto, y de los sentimientos. Y no hay idioma que pueda ser borrado mediante leyes ni decretos.
Éste es el mundo al que en muchos sentidos representa Villaraigosa, pero también al otro, al que él mismo pertenece, el de los mexicanos e hispanos de segunda y tercera generación, que atesoran sus tradiciones pero no son ya los inmigrantes pobres y perseguidos que fueron sus antepasados, sino gente de éxito en los negocios, en el mundo académico, en la cultura, y en la política, como él mismo lo demuestra.
Villaraigosa es hijo de eso que se ha dado en llamar el sueño americano. Pero no por eso deja de haber siempre suficientes hijos de la pesadilla americana. Las olas de pobres inmigrantes siguen reproduciéndose, y vienen a ejercer los mismos oficios despreciados, braceros, recogedores de basura, barrenderos. Forman una franja marginal siempre creciente que también es parte de la ciudad infinita y desconcertante es sus contrastes. Sueño y pesadilla.
El autor es escritor / Los Ángeles, mayo 2005.
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