Del cielo a la tierra
a leche materna es el mejor alimento para los bebés. Silvia Iglesias lo sabía muy bien, sin embargo, debió tomar una decisión muy dolorosa: dejar de amamantar a sus dos hijos cuando ambos tenían mes y medio de edad. Lo recomendado por los médicos es amamantar exclusivamente de leche materna al menos hasta los seis meses de edad.
Silvia formó parte de la tripulación que atendió al Papa Juan Pablo II en el vuelo que el Grupo TACA bautizó como “Mensajero de Esperanza” y que en el año 2002 tuvo la misión de transportar al Sumo Pontífice en la ruta Canadá-Guatemala-México.
Empezó a trabajar como azafata a los 17 años. Fue escogida entre 80 señoritas que buscaban empleo como aeromozas en la extinta línea aérea Aeronica. Fue una de las siete seleccionadas. La preparación requerida era ser bachiller y tener un nivel de conocimiento técnico del idioma inglés.
Después de trabajar cinco años para Aeronica, ingresó como azafata en TACA. Su trabajo en los aires la mantuvo soltera hasta los 27 años, cuando se casó con David Gutiérrez, piloto de profesión, a quien había conocido siete años atrás, cuando realizaba vuelos para la Cruz Roja Internacional. Fue hasta después de seis años de conocerse que iniciaron un noviazgo que terminó en un matrimonio que lleva 12 años.
Poco tiempo después de casada, se embarazó de gemelitos. Silvia asegura que embarazada no volaba “porque era muy arriesgado”, pero en realidad fue hasta el tercer mes de embarazo que supo de su estado, y entonces pidió que la “trasladaran a tierra”.
Uno de los gemelos murió al tercer mes de gestación. “Fue un momento muy duro y después de la pérdida traté de cuidarme de la mejor manera”. Gracias a que tenía vacaciones acumuladas, tuvo cuatro meses de subsidio por parto, tiempo que dedicó al cuido de David, su hijo mayor. Después regresó a los vuelos. “Lo tuve que despechar casi al mes y medio, me dolió muchísimo porque (David) había nacido con problemas. Es doloroso tener que dejar a los hijos para regresar al trabajo”, reconoce Silvia.
En ese tiempo ingresó a la Universidad de Ciencias Comerciales (UCC), a estudiar Administración Turística y Hotelera, los sábados. Años atrás había intentado cuatro veces, sin éxito, concluir una carrera. Su trabajo no se lo permitía. En tres ocasiones abandonó la Bibliotecología y luego la carrera de Relaciones Internacionales.
“David Sebastián es el que sufrió más nuestra separación porque prácticamente es hasta ahora que tiene más contacto conmigo, de pequeño sólo me miraba como dos veces a la semana”, afirma Silvia, quien cubría como azafata las rutas de TACA a distintas ciudades de Estados Unidos y Centroamérica.
Pese a que David tenía poco contacto con su madre, cuando Silvia estaba en Nicaragua, no se apartaba de su lado. “Siempre me pedía que dejara de trabajar. Le prometí que cuando él cumpliera cinco años dejaría de volar”.
Pero hay promesas cuyo cumplimiento no depende exclusivamente de quién las hace. Fue hasta que David cumplió ocho años que Silvia renunció a su trabajo como azafata. No lo hizo antes porque asegura que necesitaba el dinero de su salario para poder cumplir otra promesa que se hizo a ella misma: hacer mejoras a la casa de su mamá.
Los últimos tres años que trabajó como azafata, Silvia hizo turnos de seis días consecutivos. “Los niños y mi esposo me reclamaban porque nunca estaba con ellos”.
En agosto del 2004, Silvia renunció a su trabajo como aeromoza. Actualmente tiene 36 años y es decana de la carrera de turismo en la Universidad del Valle; además, da clases de administración turística los domingos y forma parte de los feligreses de la iglesia San Agustín, ubicada en Altamira, donde participa de consejería matrimonial.
“No he dejado de ser independiente. Volar fue una gran experiencia y estudié una carrera porque sabía que debía estar preparada para enfrentar la vida cuando estuviera en tierra. La mujer debe tener una profesión y trabajar porque la vida está muy dura y debemos apoyar a nuestros esposos”, dice mientras sostiene una medalla que le dio el Papa Peregrino. 
|