JUEVES 19 DE MAYO DEL 2005 / EDICION No. 23814 / ACTUALIZADA 03:00 am





EL HUMOR DE




Honestidad periodística

Algunas personas aseguran que en el ejercicio del periodismo la virtud no consiste en reconocer los errores, sino en no cometerlos. Y al respecto debemos decir que es posible que haya, aunque lo dudamos, periodistas que sean tan virtuosos y perfectos que nunca se equivocan.

Pero lo normal es cometer errores, a pesar de que nadie quiera cometerlos. Lo malo es no reconocerlos. Y no sólo porque si no se reconocen los errores no es posible corregirlos, sino también porque reconocerlos es indispensable para no volver a cometerlos, y para reparar, al menos en parte, el daño que se pudo haber causado a otras personas.

“Somos humanos. Y vamos a cometer errores. Nuestros lectores saben que no somos una institución que niegue que comete errores o que se esconda. Descubrimos dónde estuvo el error y lo solucionamos. Y por eso somos mejores hoy que ayer”, ha dicho Arthur Ochs Sulzberger Jr., director de The New York Times, que es uno de los periódicos de mayor prestigio y credibilidad no sólo en Estados Unidos sino que en todo el mundo, pero que de manera inevitable e igual que todos los periódicos del mundo, también se ha visto afectado por la publicación de informaciones que resultaron ser falsas o manipuladas.

Tales han sido los casos —para hablar sólo de los más recientes—, del periodista Jason Blair, quien pertenecía a The New York Times y escribió para este diario reportajes que posteriormente se descubrió que estaban basados en falsedades. Pero, como era de esperarse, de inmediato el periódico reconoció el grave error que se había cometido y ofreció las correspondientes disculpas a sus lectores.

Posteriormente el mismo The New York Times, y también otro de los más importantes y confiables periódicos de Estados Unidos, como es el Washington Post, reconocieron ante sus lectores que habían cometido el error de dejarse engañar por las versiones del gobierno del presidente George W. Bush acerca de la supuesta existencia de armas de destrucción masiva, lo cual se esgrimió como pretexto para justificar la guerra en Irak y el derrocamiento del régimen de Saddam Hussein. Además, “las afirmaciones del Gobierno estaban en la primera página (mientras que) lo que cuestionaba esas afirmaciones era relegado a la página 18 el domingo o a la 24 el lunes”, admitió el diario Washington Post.

Y apenas esta semana el semanario News Week tuvo que reconocer el grave error que cometió al publicar una información infundada, que proporcionó “una fuente bien informada del Gobierno”, acerca de un supuesto ultraje al Corán, el libro sagrado de los musulmanes, que habrían cometido soldados norteamericanos en la base militar estadounidense de Guantánamo, en Cuba, lo cual provocó o alentó violentas protestas en Afganistán y otros países islámicos que dejaron un saldo de 17 muertos y numerosos heridos.

En realidad, hacer periodismo es como caminar en un campo minado, donde en cualquier momento se puede poner el pie sobre una mina y volar en pedazos. Inclusive, en ocasiones el periodista y el medio de comunicación social son sorprendidos en su buena fe por fuentes que tratan de hacerles daño, o quieren aprovecharlos en beneficio de sus disputas de poder o por cualquier clase de intereses creados. Por supuesto que estamos hablando de medios de comunicación social serios y respetables, no de pasquines que se especializan en inventar o adulterar noticias y en difamar a las personas, inclusive por el simple placer morboso de hacer daño a los demás.

Para nosotros, la veracidad es el presupuesto básico de la credibilidad, que representa el tesoro más preciado que posee un medio de comunicación social tan importante como es el Diario LA PRENSA. Y es necesario señalar que la veracidad es indispensable no sólo en la comunicación de la noticia ordinaria, sino también en las denuncias de las injusticias, los abusos de poder y la corrupción, una labor a la que no podemos renunciar a pesar de los riesgos de cometer errores y de caer en trampas y provocaciones.

En todo caso, siempre tendremos la valentía de reconocer los errores y ofrecer satisfacción a quienes involuntariamente perjudicamos con ellos, del mismo modo que siempre estaremos dispuestos a mejorar nuestros controles internos de calidad y veracidad de la información.
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