Una gran oportunidad
Silvestre Blandón Astorga silvestreblandon@hotmail.com
Se viven tiempos en que la única constante es el cambio. Positivos cuando pueden aprovecharse y negativos cuando hay incapacidad de asimilar sucesos que escapan del control ordinario. Frecuentemente el temor bloquea la visión que facilitaría comprender y adaptarse a la nueva situación. Esto sucede cuando se consideran los tratados de libre comercio, como el DR-Cafta que cambiaría las reglas del intercambio comercial entre los países involucrados. Es evidente el esfuerzo de algunos sectores para hacer creer que sería catastrófico para el país mientras otros pregonan lo contrario. En realidad, pocas cosas son buenas o malas en su totalidad, al igual que este tipo de tratados.
Lo cierto es que la ola de integración y apertura es algo a lo cual no se puede escapar. El desarrollo comercial de alguna forma tiene vida propia, las necesidades empujan al cambio. Es cuestión de tiempo para que las relaciones socioeconómicas se modifiquen de manera sustancial a como se experimentan hoy en día. Y si esto es así, lo mejor es prepararse, estar listos y acoplarse ante acontecimientos que se perfilan inevitables.
Uno de los factores determinantes para el desarrollo comercial es el tamaño del mercado, mientras más grande más posibilidad de colocar productos y obtener empleos, en la medida que se reduce también lo hacen las posibilidades. Las grandes ciudades son ejemplo claro de esto: México, New York, Sao Paulo, etc. No es, de ninguna manera, que el tamaño de los países determine su desarrollo como lo testifican los pequeños países europeos que alcanzan altísimos niveles de ingreso “per cápita” aunque sí es determinante la extensión de su mercado que tiene proporciones mundiales.
Se quiera o no, el desarrollo comercial está ligado al bienestar de los pueblos, con todas sus imperfecciones, es la lección que ofrece la historia. Aunque los más arcaicos sectores de izquierda se empeñen en hacer creer lo contrario y se manifiesten en todo el mundo contra este cambio que en el fondo amenaza con enterrar las ideas de centralización que tanto han costado. En Nicaragua pretenden meter miedo al Cafta como si éste fuera dañino porque saben que eventualmente quedaría demostrado que los dañinos eran ellos, los obstaculizadores del verdadero desarrollo.
No es tanto lo preparado que se esté para aprovechar las ventajas que ofrece la apertura comercial ya que estos países difícilmente estarán efectivamente preparados para algo así, sino más bien de la disposición a la adaptación y oportunidades que el nuevo esquema representa. Evidentemente, algunos serán muy afectados por esta nueva situación, sobre todo los más ineficientes pero estos son afectados de todos modos, con o sin apertura y el impacto puede más bien hacer que se muevan hacia otras actividades que representen mayores oportunidades para ellos.
Tampoco se trata de que Estados Unidos se enriquecerá aun más a costa de estos pueblos, ¿Qué importancia relativa tiene Centroamérica para la producción estadounidense? ¿Cuántos carros o electrodomésticos de más podrán colocar? En cambio, para Centroamérica se abriría el mercado más apetecido del mundo, el de mayor consumismo con todo lo que ello representa.
La posibilidad de servir como plataforma para algunas grandes empresas orientadas al mercado sudamericano, con la correspondiente generación de empleos locales y transferencia tecnológica que conlleva tampoco puede ser desestimada. Ni ésta ni muchísimas otras eventuales incidencias. Si bien es cierto que no todo es ventajoso, porque la otra parte también tiene que ganar, los mayores favorecidos son los países centroamericanos y de ellos quien más aproveche la oportunidad.
Sin embargo, se puede suscribir éste y mucho tratados sin obtener mayores beneficios, porque quien hace posible su aprovechamiento es el sector privado, en sus amplias variantes y éste necesita moverse con cierta estrategia que cuente con apoyo gubernamental entre otras cosas en la difusión y fomento de oportunidades latentes.
Se ha experimentado mucho con el proteccionismo comercial y los resultados son claros. Ese proteccionismo alimenta un aparato estatal cada vez más voraz, ávido de impuestos destinados mayormente no al fomento de lo que supone proteger sino al fomento y protección de la mano que estruja la mal desarrollada economía local, encoge lo que se quiere estirar. Pero ahora son tiempos de apertura, de explorar nuevos horizontes, de colocarse sobre la cresta de la ola, no dejarse arrastrar por ella. La actitud es la diferencia entre quienes pudieron y quienes aun no dan el paso y eso es uno de los principales aspectos a desarrollar: Conciencia de que sí se puede.
El autor es Máster en Comercio Internacional,Mercadeo y Alta Gerencia.

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