Entre “la onda” y la melodía
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 | Cómo la música clásica y sus grandes compositores han influido en las melodías actuales |
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Joaquín Absalón Pastora
Décadas antes no se advertía el acoso del traumático consumismo. Ídolos —pocos nombres bastan para ilustrar la suma del espejo como Marylin, Presley, Travolta y Jackson— aprendieron a volar auspiciados por la sincronización no siempre completa de las tres partes de “la santísima trinidad de la música”, sin que el orden altere el razonamiento: melodía, ritmo y armonía.
La melodía (sucesión de notas de diferente duración y altura hilvanadas para endulzar y no amargar el oído) ha ido cediendo sus encantos al auge de los ritmos (confundidos a veces con el compás, división cualitativa del tiempo, unidad morfológica) que se han tomado los altares del romanticismo. Los sacerdotes del bolero y los volatineros del tanto, restan volumen y energía a su prédica y sus movimientos.
Cuando vi a Los Beatles en la feria mundial en Nueva York (1960) nunca imaginé que aquel grupo considerado como subversivo por los puristas de la época, símbolo de la modernidad en tiempos en que ruidosamente se hablaba de la revolución sexual, de la liberación “hippie”, de las ataduras hipócritas, etc., iba a ser, cuarenta años después, tomado como un clásico acompañado de los refinamientos que se le confieren a esa jerarquía. Ahí están rotundamente vivos, en el álbum de la mesura, de la buena música en relación a la más convulsionada de ahora, discrepante con las normas y los requisitos aún prevalecientes en el ámbito de la armonía (organización de reglas que regulan el todo del discurso sonoro).
En boga está la toma de pastillas tóxicas y enajenantes que ponen en onda al poseído. Ya hemos visto en el celuloide grande y pequeño a los íconos de la histeria en Estados Unidos, expandidos a la latinidad porque los aires de ella, engarzan fácilmente con las ramas de la ondina arbórea de los patios.
El ídolo del “rock” azota su guitarra eléctrica, la vapulea y en la levedad plena del matiz fino, corre de un lado a otro del escenario como si fuera un acróbata perseguido, dependiente del amplificador y de los reflectores o de la neblina electrizada. La resonancia maquinal digitalizada es la mejor aliada del “rockero” y, la verborrea, el complemento vital de su ponencia epiléptica. La contorsión expuesta como lo exclusivo, como lo único y no una de las formas de la solidaridad entre la energía y la ternura. Algunos “rockeros” hieren sus narices y sus orejas con prendas millonarias cuyo brillo opaca el brillo de sus facultades artísticas.
Atrás quedó Pan que dio el paso inaugural para que se tuviera a la música como arte generado por los vientos del alma. Así va derritiéndose el “ars” por la inclinación de ser satélites consumistas.
El “reggaeton” está pegando con más ímpetu en la juventud. No es la meta de la música. Es la anti-música que, sin embargo, podría depurar constructivamente el escaso fondo de su mensaje, el “piruetaje” oral y gestual de su vocero. Veo a este “reggaeton” como un recitativo pero no del fino, como el expuesto en la escena de la prisión en Fidelio, de Beethoven. La comparación es atroz, de ninguna manera cabe pero el género declamatorio con su ritmo propio, original percusivo con cuero de tambor de selva, sí. La pieza en prosa la narran, no la cantan. Los aullidos parecen civilizarse. El vocero dice su cuento escoltado por una estrategia pseudo-acompasada. Los cuerpos parecen sonar cuando los pechos, el vientre y las caderas solazan su erotismo llevados por el “canturreo” que los somete. Los cuerpos se sacian y se desgranan cuando el recitador derrama la última gota de su morbo quedando algo así como un desmayo colectivo que luego vuelve a tronar.
Dentro de la tragicomedia, “el melos” está más aislado que nunca. No es aventurado decir que algunos creadores andan en la búsqueda del tiempo musical perdido. 
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