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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 14 DE MAYO DE 2005
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El momento en que la mano se abre

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.El autor de El alquimista concedió un texto en exclusiva a La Prensa Literaria a propósito de cómo nació El zahir, su nueva novela que en las próximas semanas estará en las librerías

 

Pablo Coelho

La mano derecha comienza a jalar lentamente la cuerda, en tanto que la izquierda asegura el arco con firmeza. El esfuerzo es enorme —equivalente a estar tirando horizontalmente de una maleta de 35 kilos— pero no puedo temblar, necesito mantener los dos ojos abiertos, los pies deben estar firmemente apoyados en el suelo. Entro en una especie de trance: soy al mismo tiempo el arco, la flecha, y el blanco que se encuentra frente a mí, a 28 metros de distancia.

Y he aquí que, cuando “siento” que llegó el momento, la mano se abre y la flecha parte en dirección a su objetivo. A partir de ahí, todo lo que resta al arquero es contemplar su vuelo, sabiendo que dio lo mejor de sí, mantuvo el control, sintió alegría durante todo el proceso de tiro. La paradoja es visible: hice todo este esfuerzo para traer hasta mi pecho, hasta mi rostro, algo que debo dejar partir al momento siguiente, y sobre lo cual no tengo ya la menor posibilidad de modificar su curso.

Oigo sonar el teléfono, pero eso puede esperar un poco. Estoy acompañando el vuelo de la flecha, y es algo semejante al momento que vivo en mi carrera: mi nuevo libro sale este lunes, día 21 de marzo, de aquí a cuatro días. ¿Qué siente el arquero después de tirar, pero antes de que el blanco sea alcanzado? ¿Qué siente el escritor cuando sabe que dentro de poco su trabajo estará en las manos de aquellos a quienes fue dirigido —los lectores, los que se sumergirán en sus páginas, y entenderán (o no) las emociones que trató de compartir?

Si pudiese resumirlo en dos palabras, éstas serían: excitación y alegría.

Decían los antiguos arqueros zen que cada flecha es una vida, y el hombre debe respetar eso. Cada libro es una flecha, un poco de mi vida que se revela, primero para mí, y después para mis lectores. Es evidente que ya he lanzado libros antes, cada uno provocando una emoción distinta, pero en El zahir algo es diferente: habla más de mí que cualquier otro de mis textos excepto, tal vez, El diario de un mago. Ahí, yo buscaba con persistencia y ansiedad mi espada por el camino de Santiago. Ahora, comparto con las personas lo que hice con mi espada.

La flecha es la intención del arquero: es ella la que une la fuerza del arco con la dulzura del blanco. Por lo tanto, esta intención tiene que ser cristalina, recta, bien equilibrada. Una vez que parte, no volverá, entonces es mejor interrumpir un tiro —porque los movimientos que llevarán hasta él no eran precisos ni correctos— que actuar de cualquier manera, sólo porque el arco ya estaba tenso y el blanco estaba esperando.

Hice eso muchas veces: borré libros enteros de mi computadora porque no estaba consiguiendo expresarme bien. Pero jamás dejé de soltar mis flechas, mis textos, por temor a errar. Si hice los movimientos correctos, abro la mano y suelto la cuerda. Si estoy por entero en cada palabra que escribí, ellas ya no me pertenecen más, el blanco pasa a ser un espejo, me veo reflejado en los ojos de mis lectores.

El teléfono suena de nuevo, y es mi número privado.

Sólo cinco personas tienen acceso a él, decido contestar. Es Mónica Antunes, mi amiga y agente, que acaba de volver de la Feria del Libro de Londres. Estuvo con todos los editores, entusiasmadísimos, a final de cuentas, son 8 millones de copias de tiraje inicial en el mundo entero. Dice que todos concordaron con el hecho de que yo conceda sólo una entrevista por país (a excepción de Brasil, que es mi tierra). Comienza contando que los ingleses están haciendo un anuncio para ser proyectado en las salas de cine. Y que el editor japonés colocará anuncios en el metro de Tokio.

“Sentí un frío en el estómago, Paulo. Esos anuncios en el metro cuestan una fortuna.”

Prefiero cortar ahí la conversación. Después de esa historia de Tokio, no quiero saber mas detalles. Agregaré una expresión más a las dos palabras anteriores: excitación, alegría y... una sensación de frío en el estómago.

Es mejor volver a mi arco y flecha. Existen dos tipos de tiro.

El primero es aquel que es realizado con precisión, pero sin alma. En este caso, aunque el arquero tenga un gran dominio de la técnica, se concentró exclusivamente en el blanco —y a causa de eso no evolucionó, se volvió repetitivo, no consiguió crecer, y un día dejará el camino del arco, porque descubrirá que todo se transformó en rutina.

El segundo tiro es aquel que es hecho con el alma. Cuando la intención del arquero se transforma en el vuelo de la flecha, su mano se abre en el momento preciso, y su cuerda hace cantar a los pájaros, y el gesto de arrojar algo a la distancia provoca —paradójicamente— un retorno y un encuentro consigo mismo. Para eso, es preciso tener conciencia del esfuerzo que costó abrir el arco, respirar profundo, concentrarse en el objetivo, tener clara la intención, mantener la elegancia de la postura, respetar el trabajo.

La flecha no puede salir antes de que el arquero esté listo para el disparo, porque su vuelo sería pequeño. No puede salir después de que se han logrado la postura y la concentración exactas, porque el cuerpo no resistiría el esfuerzo y la mano comenzaría a temblar.

Tiene que partir en el momento en que el arco, el arquero y el blanco se encuentran en el mismo punto del universo: eso se llama Inspiración.

En El zahir, yo me detengo en esta palabra, ya que su personaje principal es un escritor. Escribir es una de las actividades más solitarias del mundo. Una vez cada dos años, me pongo frente a la computadora, observo el mar desconocido de mi alma, veo que ahí existen algunas islas —ideas que se desarrollaron, y que están listas para ser exploradas. Entonces subo a mi barco —llamado Palabra— y decido navegar hacia la que esté más próxima.

En el camino me enfrento a corrientes, vientos, tempestades, pero continúo remando, exhausto, ahora ya consciente de que fui apartado de mi ruta, la isla a la que pretendía llegar no está más en mi horizonte.

Aun así, no vuelvo atrás, necesito seguir de cualquier manera, o me quedaré perdido en medio del océano —en este momento me pasa por la cabeza una serie de escenas aterrorizantes, como pasar el resto de la vida comentando los éxitos pasados, o criticando amargamente a los nuevos escritores, simplemente porque ya no tengo el coraje de publicar nuevos libros. ¿Mi sueño no era ser escritor? Pues debo continuar creando frases, párrafos, capítulos, escribiendo hasta la muerte, sin dejarme paralizar por el éxito, por la derrota, por las trampas. En caso contrario, ¿cuál es el sentido de mi vida: irme a vivir en un molino en el sur de Francia, y cuidar del jardín? ¿Dar conferencias, pues es más fácil hablar que escribir? ¿Retirarme del mundo de una manera estudiada, misteriosa, para crear una leyenda que me costará muchas alegrías?

Movido por estos pensamientos aterradores, descubro una fuerza y un coraje que desconocía que existieran: ellos me ayudan a aventurarme por el lado desconocido de mi alma, me dejo llevar por la corriente, y termino anclando mi barco en una isla a la que fui conducido sin querer. Paso días y noches describiendo lo que veo, preguntándome por qué estoy actuando así, diciendo a cada instante que no vale la pena el esfuerzo, que ya no es necesario probar nada a nadie, que ya conseguí lo que deseaba —y mucho más de lo que soñaba.

Noto que el proceso del primer libro se repite cada vez: despierto a las nueve de la mañana, dispuesto a sentarme ante la computadora inmediatamente después del café; leo los periódicos, salgo a caminar, voy hasta el bar más próximo a conversar con las personas, vuelvo a casa, miro la computadora, descubro que tengo que hacer varios telefonemas, miro de nuevo la computadora, ya estoy en la hora del almuerzo, me alimento pensando que debía estar escribiendo desde las 11 de la mañana, pero ahora es preciso tomar una serie de providencias, voy a verificar la correspondencia electrónica, me doy cuenta de que el internet no está funcionando bien, tengo que salir e ir hasta un lugar a diez minutos de la casa donde es posible conectarme, ¿mas no será que antes, sólo para liberar a mi conciencia de este sentimiento de culpa, debería escribir por lo menos media hora?

Comienzo por obligación —mas de repente “la cosa” se apodera de mí, y ya no paro. La empleada me llama a comer, pido que no me interrumpa, una hora después ella vuelve a llamarme. Tengo hambre, pero sólo una línea, una frase, una página más. Cuando me siento a la mesa, el plato está frío, como rápidamente y vuelvo a la computadora —ahora ya no controlo mis pasos, la isla está siendo desvendada, soy empujado a través de sus sendas, encontrándome con cosas que nunca había pensado o soñado. Tomo café, tomo más café, y a las dos de la mañana finalmente paro de escribir, porque mis ojos están cansados.

En El zahir, el personaje principal hace exactamente esta misma reflexión: escribir y descubrir la historia no contada a sí mismo, viajar hasta la isla desconocida, e intentar compartirla con mi semejante. Y para mi constante sorpresa, otras personas también estaban buscando aquella isla, y la encontraron en el libro. A partir de ahí, ya no soy más un hombre perdido en la tempestad: me descubro a través de mis lectores, entiendo lo que escribí cuando veo que otros también entienden —nunca antes de eso.

Estoy admirando el vuelo de la flecha: junto con ella va mi corazón, y tengo la certeza, la absoluta certeza, de que —a pesar de la alegría, la excitación y el frío en el estómago, puedo decir que me iré a dormir tranquilo esta noche: junto con esta flecha, también está volando mi corazón.  
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El momento en que la mano se abre


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Pablo Coelho: cuentos de zahir


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