Narrativa
El señor de la polilla
Bayardo Quinto Núñez
Humberto a la noche le daba los buenos días, la mañana lo asustaba, y en el transcurso de la tarde comenzaba a animarse, era inseguro de sí mismo. Era un flujo y reflujo de hechos e ideas; como hombre apasionado, se enzarzaba con uno y otro asunto.
Esa tarde de sol ardiente acompañado de pretensiones de querer llover, dialogaba con Pablo: “Que el ser humano es una exigencia del espíritu, un ser interno psicológico y una posibilidad lejana deseada”. Entonces, Pablo le contestó: “Tenés razón porque cada quien tiene su propia psiquis, espíritu y posibilidad de tolerar”.
Todos los días Humberto, antes de ir a su trabajo, pasaba por la calle de cristal donde el cambista de dólares, y éste le jugaba la broma: “Las polillas están flacas o gordas”. Ambos se lanzaban tremenda y estruendosa carcajada.
Pasó el tiempo y las polillas cada día se proliferaban; esto a Humberto le generaba preocupación, y fue una mañana que llegó donde el cambista expresándole: “Vamos a la casa para que veas las polilla”. Está bien, contestó el cambista.
Llegaron a la casa y Humberto mostró las polillas; el cambista se asombró porque las polillas que le daba a entender, no existían. La sorpresa fue observar que la casa de Humberto está carcomida por ese bicho de la polilla, quitándosele el espejismo que Humberto acumulaba sendas cantidades de dinero, y discurrió para sí: “Qué barbaridad, qué mal pensamiento tenía del pobre don Humberto, pero si es un hombre extremadamente pobre y trabajador, cómo a veces nos equivocamos”. 
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