Rubén Darío en la complutense
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 | El crítico literario, Julio Ortega, organiza las Obras completas de Darío en cuatro tomos |
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El poeta nicaragüense, Rubén Darío. |
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Jorge Eduardo Arellano
No se olvidaron del todo en España de Rubén Darío y sus Cantos de vida y esperanza (1905). Con motivo del centenario de esta obra cimera —existencial e intimista, americana e hispanófila—, el Departamento de Filología de la Universidad Complutense —¡mi alma mater!— organizó el Congreso Internacional “Rubén Darío y España /Diálogos trasatlánticos” el 11, 12 y 13 de abril. En su inauguración tomaron la palabra el Vice-decano Fernando Presa y los coordinadores Julio Ortega, de la Universidad de Brown —Nueva York— y Juana Martínez, Directora del Departamento y catedrática que imparte desde hace varios años, medio curso de doctorado sobre la cuentística rubendariana.
Ortega —a quien el Círculo de Lectores de Barcelona le ha encargado unas Obras completas de Darío en cuatro tomos— planteó que éste no puede entenderse sin España, ni la poesía española moderna se explica sin él. Martínez agradeció a las entidades patrocinadoras y a los invitados, figurando entre ellos cuatro nicaragüenses: además del suscrito, Noel Rivas Bravo, catedrático de la Universidad de Sevilla; Ricardo Llopesa, Presidente del Instituto Modernista en Valencia; y Eduardo Zepeda-Henríquez, poeta y dariano residente en Madrid desde 1973.
Los tres intervinieron en la primera sesión: “Avatares de las ediciones darianas”. Zepeda-Henríquez, con una descripción de la editio princeps de Cantos de vida y esperanza; Rivas Bravo refiriendo su experiencia como escrupuloso editor de España contemporánea (1901) y Tierras solares (1904), ambas obras editadas bajo el sello de la Academia Nicaragüense de la Lengua. Llopesa, por su parte, resumió la cantidad de títulos e intentos muy incompletos de las Obras completas en el siglo XX.
La ponencia de Álvaro Salvador, catedrático de la Universidad de Granada, fue la más polémica al puntualizar las fallas de los esfuerzos editoriales de Andrés González Blanco y Alberto Ghiraldo, como también de los dos volúmenes de Poesías completas: el de Afrodisio Aguado (1955) y el de Alfonso Méndez Plancarte y Antonio Oliver Belmas (1968). Yo le hice ver que el primero es definitivamente descartable y el segundo totalmente desconfiable. Salvador prepara una edición de Poesías completas, tras haber publicado el estudio Rubén Darío y la moral estética (1986) y la edición en Espasa-Calpe de 1992 tanto de Azul... como de Cantos de vida y esperanza. Ese volumen no está exento de alteraciones textuales, como la del verso 15 de Pensamiento de otoño: de las tardes (sic) volúbiles, en vez de tardas (es adjetivo, no sustantivo) que califica al nombre común volúbiles: campanillas, flores, enredaderas, como fue aclarado por el chileno Julio Saavedra Molina en su edición crítica de 1939.
Rubén Darío, poeta atlántico, se tituló la segunda sesión, celebrada por la tarde del lunes 11 en Casa de América. Cuatro expositores participaron: el peruano Julio Ortega, aglutinador de un grupo de schollars y reciente autor de un Rubén Darío (Barcelona, Omega, 2003); la mexicana Adela Pineda, de Boston Univesity, quien disertó sobre La Revista de América: proyecto trasatlántico; la argentina Susana Zanetti, catedrática e investigadora de la Universidad de Buenos Aires; y Saúl Yurkievich, estudioso radicado en París, también argentino. Sus cuatro intervenciones resultaron brillantes.
Sin embargo, Ortega declaró que el personaje Tribulat Bobhomet —quien gozaba voluptuosamente apretándoles el pescuezo a los cisnes en los estanques— era un “invento de Darío”, ignorando que fue creado por Matías Augusto de Villiers de L´Isle Adam (1838-1889), uno de “los raros”. Pineda puntualizó que España —a través de un aislado poema de Salvador Rueda— se hizo presente en el proyecto artístico del Darío bonaerense; pero esa presencia no pasó de ser incidental, como la del poeta colombiano de la generación anterior Rafael Núñez. Sólo Inglaterra, Italia, Francia desde luego e incluso Alemania constituían los principales focos de ese proyecto.
Zanetti, coordinadora de la excelente publicación Rubén Darío en la nación de Buenos Aires: 1892-1916 (Eudeba, 2004), remarcó el aspecto cosmopolita, la afiliación a la latinidad y el desamparo existencial del poeta. Por su lado, el maestro Yurkievich —cuya Celebración del modernismo (1969) abrió brecha para vincular al nicaragüense con la Vanguardia— realizó una loa totalizadora de la modernidad rubendariana.
Durante la mañana del martes 12 tuvieron lugar, en el Salón de Grados de Filología, la lectura de tres trabajos: Noticia de un artículo desconocido de Darío sobre Mallarmé, por Alfonso García Morales; Padre y maestro mágico: Lorca, Neruda y Villaurutia reivindican a Darío, por Rosa García Gutiérrez; y "Lectura de Cantos de vida y esperanza, por Jorge Rodríguez Padrón. Consumados exégetas andaluces, los dos primeros aportaron nuevas perspectivas tendientes a valorar el profundo conocimiento y la trascendencia de Darío. En cuanto al tercero, no pasó de repetir lugares comunes, aunque con el sentimiento de un lector-poeta.
Por la tarde, Esther Andredi centró su ponencia en el rol de las mujeres dentro de las crónicas rubendarianas, Rocío Pérez de Tudela en la relación heroica entre Alonso Quijano y Bradomín, personaje de Valle-Inclán, y Juana Martínez en Las músicas de Rubén Darío. El miércoles 13, bajo la moderación de Evangelina Soltero Sánchez, Anna Caballé y Blas Matamoros disertaron sobre el Biografiar a Rubén; Luis Sáinz de Medrano habló extensamente de la crítica anti y pro Darío, y Niall Binns informó de la documentación dariana de la Complutense que se está digitalizando, no pude asistir a tales exposiciones.
Por fin, esa misma tarde me correspondió clausurar el Congreso con la lectura de Salutación del Optimista, en el mismo Ateneo de Madrid donde hace cien años y quince días lo hizo su autor. Además, leí el estudio sobre su papel central en los modernismos de lengua española. En esa oportunidad memorable agradecí a mis antiguas colegas por hacer posible mi presencia y las felicité por su trabajo, especialmente a Rocío Oviedo, a quien se le debe una muy útil e inteligente edición anotada de Cantos de vida y esperanza. 
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