Cosas veredes Sancho amigo
La moda en broma y en serio con “Lalo” Rómulo Hernández
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La moda aunque incomode... Y lo que más incomoda es el bolsillo. Fíjese usted que, cuanto más cara, apretada y ridícula es la moda, con más fuerza se aferra la gente a ella y eso es porque la moda, aunque efímera y pasajera, es compulsiva. Para el “dandy” de ayer y el “cholo” de hoy no hay nada más traumático que andar “fuera de onda”, “a la antigua” o “desfasado” |
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Rómulo Eduardo en su maquinita de ribetear.
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Mario Fulvio Espinosa Fotografías de René Ortega
“El modisto tiene que exprimir su cerebro en busca de nuevas formas para envolver o desnudar el cuerpo de las damitas, pero como el cuerpo humano no cambia, muchas veces las ‘nuevas ideas’ de los Versace, Channel, Calvin Klain y Carolina Herrera, no son más que repeticiones muchas veces poco afortunadas del pasado. Pasado de cara pintada diría yo”.
Nuevamente, para conversar de un tema aparentemente frívolo, pero siempre de permanente actualidad, la moda, hemos vuelto a Jinotega, a la casita humilde de Rómulo Eduardo Hernández Zelaya, el popular “Lalo”, el “hombre más feliz de la Ciudad de las Brumas”.
Estamos golpeando la puerta de la casa cuando lo vemos venir del vecindario, viene escoltado por un perro grande y otro chiquito que mueven alegres sus colas delante de él y que penetran a la vivienda como “Pedro en su casa”. Un sincero apretón de manos y comenzamos a preguntar.
Esos perritos que te acompañan ¿son tus mascotas?
No, son de una vecina, ellos se me pegan y andan detrás de mí.
¿Pero me han dicho que tenés tus mascotas?
¡Ahhhh sí! Tengo dos gatas. Traelas hijita para que los vea don Mario. Una se llama María Alicia y la otra Berta Ofelia.
Pero... ¿Por qué esos nombres?
¡Ahhhh! Porque yo tuve problemas con unas personas y para recordarlas les puse así a las gatitas... (ríe de su ocurrencia).
UNA FAMILIA DE MODISTOS
La pequeña sala de la casita está llena de artefactos sartoriales, tres máquinas de coser, entre ellas una antigua de “ribetear” que funciona a la perfección, dos mesas para cortar y moldear, cajas de hilo de diferente tipo, estuches repletos de bobinas y carretes, moldes y siluetas que penden de las paredes, tijeras de diversos tamaños, cortes de distintos colores, un asta de bandera y allá al fondo la fotografía oval de doña Cándida García, abuela de nuestro personaje.
El otro día, en uno de esos pasajes de tu vida, nos dijiste que vos estudiaste alta costura en Estados Unidos. ¿Cómo fue ese pasaje?
¿Ese rollo? Bueno, yo aprendí a coser y a trabajar desde la edad de 12 años aquí en Jinotega, cuando tenía 15 me fui a Nueva York, puesto allá en el 62, estudié en la academia Trasfaguel Fashion, que quedaba en ese entonces detrás del Hotel Americano, la dueña se llamaba Ethel Trasfaguel, era una señora alemana que fue modelo allá por los años veinte. De ahí salieron casi todos los mejores modistos americanos.
¿Qué te dio por estudiar corte y confección?
Eso lo traemos de familia, porque ya desde 1920 tenía en San Rafael a un pariente de apellido Zelaya que le cosía a los marines durante la intervención norteamericana. Tuve otra tía que se llamaba Conchita Jerez, hermana de mi bisabuela, ella estudió en Francia modas, noruego y tejido. Otra tía mía era modista, mis hermanas Esperanza y Verónica son modistas, y tengo otro hermano que se llama Pedro José que es modisto.
DE LA GOMINA A LOS “GEL-ATINADOS”
Sigamos hablando de la moda. Resulta un tema muy interesante.
¡Ahhh sí! Sucede que los esclavos de la moda se burlan de las modas pasadas. Hay un tango de los años cuarenta que viene al caso, dice: “Te acordás hermano qué tiempos aquéllos/ eran otros hombres más hombres los nuestros/ no se conocían coco ni morfina/ los muchachos de antes no usaban gomina”. Así criticaban a la generación de Gardel, de partido al centro, pelo bien pegado y abrillantado, pero la del cuarenta tenía algo igual, la Glostora y la brillantina Para Mí. ¿Qué hubieran dicho esos varones si se toparan con uno de esos seres “gel-atinados” de hoy, de pelo ensopado, rizos de lampazo, con tirabuzones parados y con todas las trazas de un pollo mal parido del huevo.
¿Cómo era la moda femenina de los años veinte?
Bueno, por las fotos que tengo de mi madre y lo que he visto en el cine y revistas de modas, las jóvenes se metían en un solo saco con cuello y mangas, era la época del Charleston, la época de los flecos y de los collares largos. En el peinado las damitas imitaban a Theda Bara y Carola Lombard, el pelo corto, de partido central, terminaba en dos cachitos debajo de la oreja, otras, además de eso, dejaban caer un fleco corto sobre la frente al que llamaban “robacorazón”. Entre los hombres estaba la moda impuesta por Rodolfo Valentino, pelo lacio fijo, botines acharolados, chalequitos y sacos muy ajustados.
Poco después de los veinte llegó la moda de las moñas. Las mujeres se enrollaban el pelo en la parte trasera de la cabeza o sobre las orejas. Después esa moda pasó a ser cosa de viejas, todas las viejitas que conocí después de esa época eran de moña.
¡Ahhh, y se me olvidaba! Por ese tiempo, también surgió el “troqui troqui”, era un vestido que daba a la mujer la apariencia de un rombo, amplio y escotado por la parte del busto, tipo “chemisse” por la cintura y estrecho, casi sin permitir dar el paso, por las pantorrillas. Las damas caminaban como maneadas, pero ésa era la moda.
DE FRANCIA A LAS MAQUILAS
¿Y era tan cara la moda como ahora?
La alta costura sí era carísima. Las sombrillas, los sombreros, los pañuelos y muchos otros adornos venían de Francia. Pero no eran productos de maquila como ahora, sino individualizados y de alta calidad. Las novias pudientes pedían su ajuar a Francia, todo venía en baúles, por barco. Yo conocí personajes jinoteganos que viajaban a Puerto Cabezas y Bluefields a traer sus encargos.
Pero ocurría otro fenómeno: hombres y mujeres ansiaban únicamente “estar a la moda” pero no tenían el encandilamiento de “las marcas”, eso dio la oportunidad a los artistas sartoriales, a las costureras, de superar su creatividad y ser personas prósperas. En Managua y en Jinotega hubo famosos talleres de modas, renombradas sastrerías y zapaterías, incluso artesanos notables en la corsetería. Del extranjero venía gente a dar a confeccionar su ropa en Nicaragua. Hoy la moda consiste en estandarizar a la mujer y al hombre en torno a los artículos “de marca”. El joven se ve depreciado si no compra unos “cholos” como los que anda Michael Jordan, la muchacha quiere andar el mismo “Benneton” de la amiguita.
Ahora las damas se rellenan con silicona... ¿Antes con qué se rellenaban?
Con ballenas y corsé. Estos últimos eran de lona forrados con franela o lanilla, no llevaban pinzas porque las viejas que tenían el busto muy prominente mejor se los aplastaban, el corsé se amarraba desde atrás como zapato, hacía que las mujeres caminaran bien derechitas, erguiditas. En eso eran una ventaja porque las mujeres de hoy caminan curcuchas. A las pobres empleadas les correspondía la tarea de amarrar como nacatamal a las patronas.
TRAJES DE BAÑO QUE NO DEJABAN ENSEÑAR
¿Te acordás del “chemisse”?
En el cincuenta y cinco empezó esa moda, eran costales muy lindos esos “chemisse”. Si la dama tenía una buena cintura aquello era precioso y sensual. Recuerdo que después vino la moda de la “Línea H” y la de “Tubo” a rayas verticales y horizontales.
¿Y de los vestidos de baño de los años veinte?
Antes de los veinte las mujeres iban al mar en pijamas de tela gruesa que les cubrían hasta el ojo del pie. Posiblemente sólo llegaban a bañarse, no a insinuar. En ese tiempo no existían los sostenes o brassieres, sino los corpiños.
Poco a poco las mujeres se fueron desnudando. De aquel vestido de baño estrafalario se pasó a la trusa de una sola pieza, que era la que usaba Esther Williams en sus películas acuáticas. A esos trajes les llamaban Catalina. A finales de la Segunda Guerra Mundial ese atuendo se partió en dos. Vinieron los trajes de baño de dos piezas que rápidamente se fueron minimizando, pasando por el bikini, la tanga hasta llegar al hilo dental que ya enseña las nalgas sin ningún miramiento
Y los hombres ¿cómo se vestían?
Las telas de moda eran la alpaca y el lino. De preferencia los hombres sólo usaban saco y pantalón blanco, estaban de moda las leontinas y los sombreros de jipi japa, también se pusieron de moda los zapatos blancos y los combinados.
Yo conocí a un “dandy” jinotegano, el señor Nicolás González que viajaba a Estados Unidos a comprar sus trajes, él fue quien trajo por primera vez las camisas a cuadros mangas largas del prototipo texano. Otros elegantes eran los de la familia Palacios, cuyos miembros se educaron en Estados Unidos.
AL FINAL, VANIDAD DE VANIDADES
¿Cómo será la moda en el futuro?
Las telas de ayer eran de superior calidad. Me tocó presenciar la exhumación del cadáver de don Emilio Stadthagen que había sido enterrado hace treinta o cuarenta años. Los restos del señor ya eran cenizas, pero la ropa estaba intacta junto con los botones de oro que usaba en el ropaje.
Al fin y al cabo todo es “vanidad de vanidades”.
Cierto muy cierto. Yo vi enterrar muertos en andas. El cadáver se envolvía en un petate grande que se amarraba sobre la cabeza y debajo de los pies del muerto. Usted pagaba uno cincuenta y le alquilaban el atrio de la Iglesia para la vela.
¿No existían ataúdes?
Sí que habían, para la gente rica. Los pobres se atenían a la frase bíblica de “polvo eres y en polvo te convertirás”. El muerto se enterraba envuelto en un petate, o en una sábana. Para los ricos se pusieron de moda los “zeppelines”.
¿Hasta cuándo piensas seguir volando tijeras?
Imagínese usted, a mí me pasa como al fumador, el fumador sigue empecinado hasta que se muera fumando, así me va a pasar a mí con el trabajo, yo no quiero descanso... ¿No me ve en pie?
¿Qué puedo pedir?
“Dios me da el pan de cada día... ¿Qué más le vamos a pedir al Señor? Quizá salud porque yo con salud soy rey”.
“¿Mis hijos? La mayor está en segundo año, la otra muchachita está en quinto grado, el otro en cuarto, y el otro en primero, este último era epiléptico pero ya se curó gracias a Dios, pasé dándole medicina cinco años, pero hace tres años no le volvieron los ataques”.
Criando cuatro hijos
“Antes me tocaba viajar a Managua donde tenía una amiga costurera a la que le ayudaba, después iba a parar donde Zambrana Hope y me compraba tres o cuatro revistas de modas. Ésas eran armas de mi trabajo con el que he ido formando a mis cuatro hijitos adoptivos, Alma Teresa, Teresa Verónica, Abel Adonis y Enoc Agustín”.

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