SáBADO 7 DE MAYO DEL 2005 / EDICION No. 23802 / ACTUALIZADA 03:00 am





EL HUMOR DE




No son partidos políticos, sino sectas

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Charles G. Ripley III

Analizando la situación política, utilizo las palabras “partidos políticos” para describir a los dos grupos principales, sandinistas y liberales. Sin embargo, tal vez sería más precisa otra palabra: secta.

El concepto “partido político” trae consigo ideas democráticas: la crítica abierta, la participación cívica, las elecciones internas y así sucesivamente. Claro que sí hay líderes, pero los líderes trabajan para el partido, no viceversa. Por ejemplo, en Estados Unidos, John Kerry perdió la elección presidencial, por ende, los demócratas van a buscar a nuevo candidato. George Bush también va a desaparecer del liderazgo del partido republicano cuando se termine el período presidencial. ¡Todo el tiempo hay sangre nueva!

Sectas, sin embargo, no tiene nada que ver con la democracia. En una secta —religiosa, política o milenaria— sus miembros están condicionados a aceptar y seguir las ideas y los caprichos del líder principal. Nadie puede cuestionar a él o ella, y cuando uno lo hace, al individuo se le considera defectuoso y traicionero. Esencialmente, empleando manipulación y engaño, el líder carismático exige lealtad completa.

Margaret Singer (1921-2003), profesora de la Universidad de California Berkeley y experta en sectas, señala que “el grupo tiene una estructura vertical y piramidal; a los miembros no se les permite cuestionar, criticar, ni quejarse... el miembro es defectuoso, no la organización ni las creencias; el individuo es siempre equivocado, los líderes y las creencias siempre tienen razón”.

Lamentablemente, los partidos políticos nicaragüense se parecen más a sectas que a organizaciones democráticas y legítimas. Hemos estado atestiguando el comportamiento totalitario del partido —perdón, secta— sandinista. Ortega vive rodeado de personas que actúan como si él fuera un dios. Es herejía criticarlo o desafiarlo. En lugar de escuchar respuestas maduras como “la crítica es buena” y “todo el mundo tiene su punto de vista”, los seguidores —ovejas— de Ortega, como Rosario Murillo, Tomás Borge y Edwin Castro, vapulean a personas que tienen diferentes puntos de vista; escuchamos diatribas e insultos infantiles como “traicioneros”, “hipócritas” y “fariseos”. Y se purga a sandinistas como Herty Lewites y Víctor Tinoco, por atreverse democráticamente a retar al rey Ortega.

La secta Liberal Constitucionalista no es mejor. Sabemos que Arnoldo Alemán es el caudillo de esta secta, y si no eres un cepillo acérrimo, como Wilfredo Navarro y Enrique Quiñónez, serás purgado, como Eduardo Montealegre.

Muchos analistas políticos dicen que los seguidores de los caudillos están “pagados”. Estoy seguro que el dinero juega un papel, especialmente en un país tan pobre. Sin embargo, hay mucho más. Los seguidores fanáticos tienen una admiración y devoción patológica e insana al líder. Entrevistando a los devotos, puedo decir que muchos de ellos reverencian a Ortega y Alemán como si fueran mesías sin defectos. Creen que con ellos se llega a “la tierra prometida”.

Esto no es un fenómeno nicaragüense. Hay un montón de estudios y preocupación de sectas en los países desarrollados. Europa, por ejemplo, tenía The Solar Temple, una secta que resultó en el suicidio de cincuenta hombres, mujeres, y niños. En 1995, Japón sufrió un ataque con el gas sarín en el metro de Tokio por la secta Aum Shinrikyo. EE.UU. ha tenido un montón, como Heaven’s Gate, una secta milenaria y suicida.

La cuestión que se plantea es: ¿Son peligrosas las sectas? No todo el tiempo, pero en el caso de Nicaragua la repuesta es, por desgracia, sí. Atestiguamos que “los danielistas” están preparados a utilizar la violencia, lanzando piedras a Lewites y sus seguidores. Atestiguamos a “los arnoldistas”, en contra de Bolaños, atacando la oficina del PLC. Atestiguamos el asesinato de Carlos Guadamuz enfrente de su propio hijo. Y nos tenemos que acordar que el editor de esta página, Luis Sánchez, y otros fueron secuestrados por sandinistas fanáticos. La lista es sin fin.

Purga tras purga, la vida política nicaragüense se hace cada vez más inestable y violento. ¿Qué podemos hacer? Nicaragua necesita observadores internacionales participando en sus primarias. La Embajada norteamericana no puede participar porque Ortega puede usarla para exclamar “¡imperialismo!” No obstante, los europeos pueden involucrarse, juntos o por separado, como Dinamarca u España. Se puede usar el incentivo de ayuda financiera —Dinamarca, por ejemplo, dona mucha ayuda a través de Danida— para mantener elecciones limpias. Sabemos que hay una cuestión de soberanía, pero otra opción es el dominio de dos sectas suicidas.

El autor es profesor.
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