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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 7 DE MAYO DE 2005
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Golpes del destino: Triunfo supremo

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Clint Eastwood junto a Hilary Swank en escenas de la película.

 

Franklin Caldera

Hace casi 30 años, comentando El fugitivo Josey Wales en este mismo suplemento, escribí que “Clint Eastwood es mejor director que actor”. La frase no impresionó mucho, pues pocos están conscientes de lo buen actor que es Eastwood. Se trata de ese tipo de actores poco expresivos, pero que logran proyectar, desde su interior, una serie de conflictos no resueltos: Alan Ladd, Alain Delon, Catherine Deneuve, Peter Fonda, Johnny Depp… Este tipo de talento, a veces pasa inadvertido, pues el gran público y con frecuencia los críticos, prefieren a los grandes histriones como Charles Laughton, Jack Nicholson o Barbara Streisand.

Clint Eastwood saltó a la fama desde Europa, en la trilogía de los dólares de Sergio Leone (1964-66), como “el hombre sin nombre” (en realidad, tres personajes diferentes). De vuelta a su país, cimentó su condición de superestrella con la serie de películas del policía rebelde Harry Callahan, que se inició con Harry el sucio (1971), dirigida por el veterano Don Siegel. Como actor, Eastwood es capaz de interpretar convincentemente desde individuos solitarios y agresivos, hasta un personaje romántico, como el que hizo junto a Meryl Streep en Los puentes de Madison County (1995), que también dirigió.

Su talento como director se hizo evidente en El fugitivo Josey Wales (1976), un western de gran complejidad técnica, dramática e ideológica. Su versatilidad como director la demuestran películas tan disímiles como Bird (1988), biografía del trágico saxofonista Charlie Parker (Eastwood es fanático del jazz), Los imperdonables (1992), uno de los pocos westerns galardonados con el Oscar a la mejor película, y Mystic river, un relato de misterio por el que Sean Penn y Tim Robbins fueron premiados por la Academia.

Million dollar baby (Golpes del destino), dirigida y co-protagonizada por Eastwood, se distingue de la mayoría de las películas contemporáneas por tener un estilo visual bien definido. Ambientada parcialmente en un gimnasio de boxeo, Eastwood y el director de fotografía Tom Stern, optaron por usar colores tenues, con predominio de matices verdes, recreando a la perfección esa atmósfera nocturno-decadente de gran ciudad de las pinturas de Edward Hopper. Como director, Eastwood es mucho más que un artesano: logra siempre el look ideal para el tema tratado y expresar una visión personal del mundo.

En el filme que nos ocupa, Clint, en excelente forma física para su edad (nació en San Francisco, California, en 1930), es Frankie Dunn, un entrenador de boxeadores, que, por los problemas personales que lo han destruido, ha reducido su vida al pequeño gimnasio donde entrena prospectos de campeones. En su pequeño mundo privado, que protege celosamente, irrumpe una ambiciosa jovencita de extracción popular, Maggie Fitzgerald (interpretada por Hilary Swank), empeñada en convertirse en campeona de boxeo femenino. La primera parte hace pensar al espectador que se trata de una película tradicional de boxeo, en la línea de Rocky, aunque desarrollada con más cinismo y madurez creativa.

De pronto, la narración da un giro de 180 grados, cuando la muchacha recibe un mal golpe y el protagonista se ve ante una disyuntiva, consciente de que, cualquiera que sea su decisión, no habrá marcha atrás. El director aborda tangencialmente el problema de la eutanasia, pero únicamente como elemento de la trama, no como tema central. Se abstiene de tomar partido ante el asunto y lo presenta desde varios ángulos (recordemos los consejos del sacerdote católico). Si tuviésemos que buscarle un tema central a la película, digamos que es la búsqueda de la felicidad y las metas que cada ser humano se fija para encontrarla, a veces demasiado ambiciosas, otras, demasiado estrechas.

En esencia, Million dollar baby (basada en relatos de F. X. Tool) es el tipo de filme que avanza, no en función del argumento sino en función de sus personajes, aunque aquí, como en sus películas anteriores, Eastwood se revela como un excelente narrador. El centro del argumento es la relación de tipo filial entre el maltratado entrenador, que desde hace años ha perdido contacto con su única hija, y la aguerrida jovencita, alienada de su familia.

El giro inesperado (de película de boxeo a filme de problemas humanos) no divide la obra en dos ni la hace perder su unidad temática, pues el hilo central, la relación entre Frankie y Maggie, no hace sino afianzarse en la segunda parte. En este aspecto, Million dollar baby evoca la amistad entre el viejo sheriff borracho, interpretado por John Wayne en Temple de acero (1968), y la adolescente (Kim Darby), que lo obliga a buscar, junto con ella, al asesino de su padre. Por su trabajo en dicho western, Wayne obtuvo el Oscar, en parte, por su buena actuación, su larga carrera y el parche en el ojo, pero sobre todo porque él y Darby lograron compenetrarse y enriquecerse mutuamente. Lo mismo podemos decir de Eastwood y Swan, que ganó su segundo Oscar por este filme (el primero fue en 1999 por Boys don't cry de Kimberly Peirce), lo cual es peligroso, pues dos Oscar demasiado prematuros crean muchas expectativas, con frecuencia difíciles de colmar (recordemos los dos Oscar de Luise Rainer en 1936 y 1937, que acabaron con su incipiente carrera).

Completa el reparto Morgan Freemen, como el asistente de Eastwood. Freeman es uno de esos “señores actores”, como Spencer Tracy, Jean Gabin o Anthony Hopkins: basta con que entren en un cuarto y se sienten a leer el periódico, para que todo el mundo exclame: “¡Soberbia actuación!” Por su trabajo en este filme, Freeman ganó el Oscar que la Academia le debía desde hace tiempo. La única falla del filme es el actor Brian F. O'Byrne, que interpreta al sacerdote católico amigo del protagonista. El personaje era potencialmente muy rico y requería de alguien con más talento, presencia estelar, y edad.  
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Golpes del destino: Triunfo supremo