El placer de la poesía
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 | A propósito del libro Placeres del ocio, de Félix Javier Navarrete |
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Félix Javier navarrete. |
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Raúl Orozco
Placeres del ocio, el único y poco voluminoso libro publicado hasta ahora por el poeta Félix Javier Navarrete, constituye una paradoja más de las tantas, demasiadas diría, que presenta la literatura nicaragüense. El día de su presentación en Galería Añil, fue celebrado por una “muchedumbre de siemprevivas” que dejó sin espacios vacíos la mencionada galería, por una parte, y por la otra, fue recibido por un íngrimo comentario que escribió el poeta Álvaro Urtecho. Esperé, armado hasta los dientes de paciencia, otros criterios, inútilmente.
Ante tanto desierto decidí arriesgar una autoridad que no poseo, para expresar algunas palabras sobre asuntos tan complejos como lo son esas estructuras verbales que usualmente llamamos poemas, que prosados y en verso, constituyen placeres del ocio. Una parte de la tradición literaria consiste en considerar al poeta como un mentiroso con licencia. Y claro que lo es en tanto que su trabajo no depende de la verdad descriptiva sino de la conformidad de su obra con sus hipótesis sustantivas. Félix Xavier nos miente desde el título de su obra: Placeres del ocio, texto que contradice claramente un buen poema suyo en que se duele: “Porque la poesía no es un premio, sino un castigo”.
Pero tratemos del asunto: J. L. Borges escribió un poema que tituló Ajedrez, en el que un hombre juega una partida de ajedrez, pero usado por dios como una marioneta. Borge dice: “Dios mueve el jugador, éste, la pieza, que dios detrás de dios la trama empieza...”, sugiriendo así una sucesión infinita (o que parece serlo) de dioses que manejan a otros dioses, hasta llegar al que maneja al hombre que a su vez, mueva la pieza de ajedrez.
La aparición de un dios detrás que mueve al hombre que a su vez mueve la pieza, postula hipotéticamente: “dios maneja a los hombres”; y lo que sigue: “qué dios detrás de la trama empieza”; postula que son o pueden ser infinitos los dioses que existen. Estas hipótesis nada tienen que ver con el hecho de que existan o no, dios o los dioses. Durante el acto de la lectura de ese poema, hemos suspendido voluntariamente nuestra incredulidad y podemos ver ( y probablemente disfrutar del espectáculo) el interminable trencito, (no de Caipirá) de dioses que se mueven como piezas de ajedrez, unos a otros.
Eso es una mera y simple ficción que puede o no, tener consecuencias en el ámbito de los conocimientos del universo, por parte del lector; pero quien pretenda tomar el significado del poema borgeano literalmente, tendría que marcharse, apresuradamente, de los predios montosos, abigarrados y fantasmales de la literatura.
Ahora observemos qué hace Félix Javier. Admirador de Borges, como yo, escribe también un poema que tituló Ajedrez y, mentiroso como lo es, en cuanto poeta, nos dice primero que es “creyente en Dios desde que nací” ( Autorretrato, Pág. 15) para luego, con sorna y sin que medie contradicción ninguna, postular que el Diablo le está ganando el juego a Dios:
“en las sombras me advierte que ha movido magistralmente sus piezas para cercar al rey, y amanecer ganando el juego que empezó con saña y alevosía en el codiciado paraíso”. (Ajedrez, Pág.. 55)
Quien píamente pretenda que el Diablo no le puede ganar a Dios la partida, ya puede apresurarse a dejar los predios de la poesía. En resumen, se trata de una estructura verbal que dice más de los que está escrito “literalmente”. Gana el mentiroso.
Y aunque ya no estemos en los tiempos en que las niñas buscaban a su príncipe azul, con las anómalas excepciones de rigor, Félix postula que una novia (Managua), todavía espera al suyo:
Managua exhibe su rostro de novia triste, sifilítica, desaliñada, pero joven aún, a la espera de un príncipe azul-urbano que la dignifique. Managua, sucursal del infierno, (Pág. 48)
En Vidas paralelas ( que no son de Plutarco) nos presenta toda la doctrina de las transmigraciones (Pág. 33). Y en Instantáneas, Pág. 18, la eternidad en la continuidad de la herencia genética:
“y recordé la imagen de mi padre fallecido continuándose en él como una sucesión de espejos y estirpes, como un despertar firme y terco de la sangre”.
Presenta, además, Félix Javier, orgullo y nostalgia por sus padres y un nocturno, no a lo Asunción Silva, sino rubeniano:
Por cada palabra usada se ha desgastado mi corazón. Por cada verso lanzado al viento, se ha ensarrado mi alma. Porque la poesía no es premio, sino un castigo. Es un pasaje sin retorno. Un boleto para el infierno. (Meditación nocturna, Pág. 54) . Decir más entra de lleno, si no en la tautología, en la impertinencia. Por eso, quedamos a la espera de otro libro como éste, o mejor aún, mejor que éste, que también merecerá no sólo ser leído, sino apreciado por lectores crédulos en el milagro de la poesía. 
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