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La tentación de lo imposible

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.El novelista peruano, Mario Vargas Llosa, deja testimonio de las ideas religiosas y políticas de Víctor Hugo

 

Guillermo Rothschuh Villanueva

A Pablo Moreno Padilla

La tentación de lo imposible, el magistral y celebrado ensayo de Mario Vargas Llosa, es la lectura totalizante de un creador que, estremecido de pies a cabeza por Los miserables, de Víctor Hugo, no escatima adjetivos para elogiar al autor, llamándolo de manera alterna como narrador epónimo, olímpico y tronante. Vargas Llosa es seducido por Víctor Hugo. Lo envuelve y obliga a zambullirse en sus páginas durante dos años, entregándose por completo a su estudio, aun siendo consciente de que el tiempo en que es canibalizado por la obra de Víctor Hugo es poco, muy poco. Pero cumple su propósito. Nos brinda un estudio alucinante, pormenorizado y elogioso teniendo como marco teórico sus viejos asedios y acosos creativos: las relaciones existentes entre ficción y realidad y la manera en que la ficción influye sobre la historia, expresando que una auténtica novela de ficción se hace tragar al lector sus enunciados como algo verosímil, pero que jamás constituyen como piensan algunos despistados, un documento o un texto que se ciñe a la realidad como el pez al agua. La esencia de la ficción radica “en su poder persuasivo capaz de transportar al lector a un mundo más coherente, más bello, más perfecto o simplemente menos aburrido y penoso que en el que vive”.

Vemos a un Vargas Llosa constante y reiterativo en sus tesis. Va y viene. Los cambios de visión que introduce en Los miserables, las transformaciones que experimenta el autor de la novela, la suma interminable de páginas que introduce en la segunda edición (1860-1862) no son políticos como se nos ha querido hacer creer, las mudanzas, “la diferencia capital entre uno y otro texto” es de número. Lo que existe de verdadero entre las dos versiones (la primera la escribió entre 1845-1848) son los añadidos y las ampliaciones. No por eso se aparta de la tesis política con que ha sido descifrada la novela. La ilumina. Aunque en el fondo le otorgue un valor secundario. Tal vez a eso obedezca que, entre otros calificativos, Los miserables le parezca como “una de las memorables historias que haya producido la literatura”.

El creador prosigue su camino. Sus obsesiones sobre el arte narrativo asoman de nuevo. En el texto palpitan el aliento y el eco multiplicado del suplantador de Dios. Los demonios personales asedian de nuevo su manera de entender las causas primeras o últimas del acto de escritura. El rechazo rotundo de Víctor Hugo a la pena de muerte no es otra cosa que el resultado natural de su propia experiencia personal. La rechaza porque la ha vivido de cerca y le parece absurda. Sus planteamientos en García Márquez: Historia de un deicidio y en La verdad de las mentiras, cobran vida de nuevo. Revalida sus tesis. Continúa ateniéndose a la regla.

La tentación de lo imposible es un ensayo fecundo que de manera deliberada termina rectificando a quienes han sostenido por años que se trataba de una novela política acerca de la revolución parisina. Contraría lo dicho. Las razones que empujan a Víctor Hugo a escribir Los miserables no son sólo aquellas que hemos tenido por ciertas. Contradice y aduce lo contrario. Aunque lo logre, las intenciones del libro no son sólo sociales. Apoyándose en el prefacio, arriba a otras conclusiones. La intencionalidad de la obra es otra: la demostración teológica metafísica de la existencia de una causa primera y el empeño de rastrearla en la infinita historia de los hombres. Su alegato es intenso, extenso y apasionado.

El peruano deja testimonio que entre la primera y la segunda versión, las ideas religiosas y políticas de Víctor Hugo se habían modificado y que durante este tiempo “también cambió su ambición novelística”. Ella había aumentado. Existe en el francés un afán totalizador, que lo convierte en un deicida, en un verdadero suplantador de Dios. Esto lo induce a crear una realidad distinta y tan numerosa como la que Dios creó, lo que implica para Vargas Llosa una manera de querer sustituir a Dios. La desmesura de Los miserables intimida al lector contemporáneo. El peruano insiste sobre el tema. Es una de sus elucubraciones más acabadas, en tanto constituye el punto medular de su arte narrativo. Por eso no escatimará en decir: “El divino estenógrafo no gradúa por una razón muy simple: en su mundo, como en el de El creador, nada está de más... si el deicida no se resistiera, la novela no terminaría jamás, acabaría por incorporar el universo de todo lo creado”. Como lo reconoce Hugo, su novela es “un drama cuyo primer personaje es el infinito. El hombre, el segundo”. Su perspectiva es la de un Dios que contempla, desde su omnipotencia divina, la historia que ha creado.

En la desmesura es donde radica el afán totalizante de Víctor Hugo. Su ideología está contaminada, agrega Vargas Llosa, de este prurito totalizador. Repara la expresión de Balzac. La novela no es la historia privada de las naciones. Constituye una historia más abarcadora. Los historiadores sólo registran los hechos importantes, mientras que para la novela, todo es importante: “los grandes hechos y también los menudos”. El deicida asoma su rostro y cuerpo enteros. En su afán totalizador y omniabarcante nada sobra y lo superfluo cobra vida, debemos estar persuadidos de “que esta visión y esta convicción no son las de un hombre, sino las de Dios”. El narrador, para Vargas Llosa, es el Dios de la novela.

Al final del ensayo, Vargas Llosa contrasta su visión con los juicios de Lamartine y vuelve a la carga. Insiste en su tesis de la rebeldía que asoma en toda obra de ficción, por eso ésta “puede desorganizar la vida, sembrando la duda y la discordia y estimulando el espíritu crítico, disolvente”, es “susceptible de causar múltiples fracturas en la arquitectura social”. El conservador a ultranza en La tentación de lo imposible, no hace sino reconocer una vez más los poderes sediciosos de la ficción, que posee el atributo de conceder a las masas la tentación de lo imposible; de ahí deriva el título del ensayo, una obra que resitúa a Vargas Llosa como uno de los más grandes críticos literarios que en esta ocasión nos presta su sensibilidad y pone a nuestra disposición su erudición. La Tentación de lo imposible reconfirma la regla, todo autor a final de cuentas es el escritor de una sola obra literaria. Los miserables son sólo un pretexto para continuar la suya. Para mí, excitante e imperecedera.  
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