Augusto Roa Bastos: “Escribo en el lenguaje del exilio”
 |
|
 | El escritor paraguayo falleció esta semana y rescatamos esta entrevista inédita |
|
Augusto Roa Bastos. |
| |
Jorge Boccanera
Con flores en las manos y ondeando pañuelos blancos, miles de paraguayos dieron su adiós el pasado viernes a su mejor escritor, Augusto Roa Bastos. Los restos del autor de la célebre novela histórica Yo, el supremo, cremados horas antes de su funeral, fueron depositados al lado de la tumba de sus padres Lucía y Lucio, en un panteón del céntrico cementerio La Recoleta, de Asunción.
La incineración se hizo cumpliendo un pedido suyo registrado en un testamento escrito en 1991, en Toulouse, Francia, anticipándose a una eventual muerte fuera de su patria.
Roa Bastos, de 88 años de edad, estuvo exiliado unos 25 años en Buenos Aires desde 1947 cuando fue expulsado por la dictadura del general Higinio Morínigo.
Años después vivió indistintamente en Barcelona y en las cercanías de Toulouse donde trabajaba como profesor de literatura latinoamericana.
En 1989 ganó el premio Cervantes de literatura y el 20 por ciento de los 100,000 dólares recibidos, lo destinó a la creación de Fundalibros, una institución sin fines de lucro dedicada a estimular en los jóvenes el hábito de la lectura.
El escritor argentino, Jorge Boccanera, rescató una breve entrevista que reproducimos, en la que revela su pasión por la escritura y sus conflictos de exiliado.
¿Usted nació en una zona de cuadrilleros del ferrocarril; yo relacionaba ese cruce de vías con su destino de viajes?
Nací en Asunción, pero me llevaron de muy pequeño al interior, a un pueblecito, Iturbe, que está sobre la vía férrea, la única que hay en Paraguay y que ya no funciona. Me gustaba el tren. Pasé toda mi infancia y parte de la adolescencia en este pueblecito del interior, en contacto con la naturaleza, que fue para mí una fuente de estímulos muy profundos.
Pero siguió viajando por el interior
Sí, como periodista. El periodismo siempre fue acá una especie de entrada a cualquier otro tipo de actividad, aunque no había mucha demanda de empleo. Inicié acá la práctica de reportajes al país, hice viajes de varios meses por los yerbales donde subsistía el trabajo esclavo, yo publicaba esas crónicas.
Usted pasó más de medio siglo en el exilio.
Sí, y ahora después de 52 años de ausencia forzosa, volví a reinstalarme acá definitivamente hasta nueva orden. Estoy trabajando con los jóvenes, doy cursos especiales de cultura; hay un gran abandono desde el punto de vista docente y didáctico porque hay poco interés de parte de los poderes públicos. También tengo talleres para niños, para inducir a escribir cuentos infantiles que es una manera de ejercitar su expresión personal, de abrir un poco su visión del mundo.
Una frase suya dice: “mi exilio sigue la inercia de un destino”.
Uno ve de pronto que hay ciertas líneas que se continúan, responden a razones subjetivas, coincidencias, predestinaciones y a veces también cierta actitud..., por ejemplo, a mí no me gustan para nada los viajes, y fui forzado a estos viajes del exilio.
También ha insistido en que el exilio es riesgo y a la vez estímulo.
Sí, claro, porque todo riesgo supone una actitud de defensa y recursos también de protección; hay una lucha continua contra la fatalidad, contra la adversidad y eso implica una estrategia de ataque y vida.
Utopías como estímulo ¿Estamos exiliados del sueño, de la utopía?
Bueno, yo creo que la utopía, los proyectos soñadores siguen siendo parte importante de la condición humana, de la voluntad, pues si no hubiera ese estímulo sería muy poco lo que quedaría por hacer. La utopía existe en todo, incluso hasta en los menores detalles; creo que no hay nada estable y esa inestabilidad esencial del mundo y de la vida se refleja todavía más en las utopías y en los grandes desplazamientos de raza, incluso de ciudades migrantes.
Volviendo al tema del exilio, ¿hay un corte? ¿Termina?
No, yo creo que el exiliado continúa a perpetuidad siendo exiliado, porque el retorno no es la recuperación de un destino, sino que es simplemente el comienzo de otro destino, que sigue siendo el de un exiliado. Además, el lenguaje cambia, yo hablo y escribo en el lenguaje del exilio, no en el lenguaje del Paraguay.
¿Qué libro suyo siente más cerca de esa experiencia?
Toda mi obra fue escrita en el exilio, pero la que quizá profundice más esta experiencia del destierro como segregación, como corte de una determinada vida, un corte brusco y un recomenzar otra vida totalmente distinta sea Hijo de hombre.
EL TEMA ESCOGE
Según usted el tema elige al escritor.
Sí, generalmente hay cosas que impresionan más fuertemente que otras y entonces uno prefiere escribir sobre esos temas, aun cuando a veces esos temas le rehúyen a uno, por su dificultad, por su complejidad, por lo que fuera, pero uno trata de escribir siempre sobre lo que le interesa; de otra manera, eso que llamamos (yo creo falsamente) creación, no hubiera sido posible. Uno tiene que estar motivado por ciertas cosas en este proceso infinito de transformación que sufre el individuo dentro de una colectividad que a su vez va cambiando. Una colectividad cambia y dentro de ese movimiento lento, los individuos también cambian a su modo y hacen a veces reacciones contrarias al proceso mismo.
No convertir la realidad en palabras sino hacer que la palabra sea real. Es otro concepto suyo, ¿no?
Sí, eso es lo que yo también experimenté como una vivencia muy aguda. La función de la palabra es expresar, y expresar cosas significa una mediación, tratar de traducir la visión de una realidad que nunca es completa. Entonces, la palabra tiene que estar cargada de una realidad que sea realidad en sí misma y no solamente una copia de algo que se ve. Tiene que llevar dentro de sí su propia carga significativa.
¿No piensa escribir algún tipo de autobiografía?
No, yo creo que la memoria es muy infiel siempre; la imaginación es mucho más creativa, inventiva, pero también más veraz. En cambio, cuando uno trata de reconstruir hechos, siempre falta o sobra algo.
¿Ha jugado un papel importante en su obra?
Sobre todo la experiencia humana de un país con vertientes muy mezcladas, no solamente la hispánica, sino también los aportes de las etnias indígenas, esa especie de mestizaje que tuvo en el Paraguay un fenómeno interesante no estudiado a fondo por los especialistas.
Usted rescata del mundo indígena un sentido de comunidad.
Por supuesto. Esta sociedad actual tendría mucho que aprender de la sociedad indígena desde el punto de vista de la solidaridad, la fraternidad. Hay una institución que tiene un nombre guaraní, yopoy, que es el modo natural de colaborar en una tarea común. 
|