LUNES 28 DE MARZO DEL 2005 / EDICION No. 23762 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




El pueblo debe redimirse

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Mario Alfaro Alvarado

¡País de irredentos! ¡Pueblo irredento! Expresiones que se han escuchado desde hace más de medio siglo y siguen escuchándose. Imprecaciones de impotencia y de protesta. ¿Protesta contra quién? Dicen los tautólogos del liberalismo que el partido de ellos se equivocó al escoger como candidato a Enrique Bolaños. Acertada afirmación, porque el Partido Liberal necesita mantener en el poder a políticos corruptos para que repartieran el presupuesto en prebendas y sinecuras. Única forma que conoce ese partido para conservar el poder. Pero si los liberales se equivocaron en su escogencia, el pueblo no se equivocó al votar masivamente por una persona honrada que le ha declarado la guerra a la corrupción. Las flores del pantano ni siquiera atenúan con su aroma la pestilencia de las aguas corrompidas. De igual manera, los líderes honestos del liberalismo son incapaces de neutralizar la corrupción, pero con más fortuna que las flores, pueden combatirla.

No es necesario asesinar judíos como hizo Hitler para reafirmar la irracionalidad totalitaria de partidos que solamente saben causar daño al país que cae en sus garras implacables.

Despertar las emociones como hizo Hitler para movilizar a las masas mal informadas de la realidad nacional, ha sido característico del manejo totalitario del liberalismo para imponerse con el fraude y la amenaza. Con esos mismos fines el sandinismo agitó la bandera del antiimperialismo para convencer, a los que se dejaron convencer, que defendían al país de una invasión extranjera. Al final ambas posiciones “ideológicas” se fusionaron en una alianza antinacional y antipatriótica.

El gran mito de los liberales es el partido, como también lo fue el nacionalsocialismo. La deificación del partido exige a los buscadores de prebendas postrarse ante la voluntad del “líder máximo”. Partido y caudillo son los centros irracionales de organizaciones políticas convertidas en agencias de colocación que invitan al festín presupuestario. Heil Hitler, sieg, sieg... (Viva Hitler, siempre, siempre). El equivalente subdesarrollado de esta consigna nazi fue: “Somoza for ever”. Y allí tiene Nicaragua al caudillismo convertido en aspiración totalitaria para mantenerse en el poder “for ever”.

La estructura de dominación del totalitarismo liberal, últimamente reforzado por el totalitarismo marxista-sandinista, tiene como substrato histórico un caprichoso tejido de invalidaciones. Nada valen la Constitución, las leyes, la justicia, la moral; sólo vale la voz del partido y la voz del “führer”. Este substrato histórico es lo que hay que desmontar y hacer tabla rasa para construir nuevas instituciones incontaminadas de impunidad, de corrupción y de autoritarismo. No bastará una cirugía mayor, el caso nicaragüense demanda una extirpación de todo lo contaminado con el cáncer de la corrupción. Para redimir al país y al pueblo hay que comenzar por vencer ese pragmatismo inmediatista que induce a la comodidad de la sumisión por miedo al enfrentamiento. Pragmatismo que algunos llaman “diálogo” y que no es otra cosa que disfraz del oportunismo, para ponerse a buen recaudo en espera de que otros se arriesguen para ellos salir en busca de la repartición. ¿A quién corresponde redimir al pueblo nicaragüense? Juan Pablo II al iniciar su pontificado emitió la Encíclica Redemptor Hominis en la que aborda el significado de la dimensión humana del misterio de la redención. En ese misterio —dice el Santo Padre— el hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor propio de su humanidad. “En el misterio de la redención el hombre es confirmado y en cierta forma es nuevamente creado”.

Advierte el Pontífice que al hablar del hombre “no se trata de un hombre abstracto sino real, del hombre concreto, histórico”. En el misterio el hombre se identifica con su Redentor, se supera y confirma su existencia en el mundo, confirma también su fe y eleva su espíritu para superar todas las vicisitudes de la vida.

Resistir la imposición de gobiernos corruptos y dictatoriales, enfrentar el mal en lugar de huir de él, luchar sin desfallecer hasta vencer, es le camino de la redención.

Este pueblo irredento tiene en sí mismo, en su fe y en su voluntad su propia redención. Para ello debe hacerse digno de ese don inapreciable que el Santo Padre describe con el nombre de Misterio de Redención.

El autor es periodista
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