SáBADO 19 DE MARZO DEL 2005 / EDICION No. 23756 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




Elogio a la grandeza del General Sandino

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Fernando J. Bárcenas M.

El señor Arellano, académico de la Lengua, en un artículo de Opinión en el Diario LA PRENSA, del 21 de febrero, hace una injusta valoración, peyorativa, de Sandino.

Reduce el perfil histórico de Sandino, mundialmente reconocido como un patriota idealista, que emprende una gesta nacionalista con extraordinaria nobleza y valentía, y con la óptica propia de un sector intelectual, espiritualmente resignado e indolente, lo transforma en un hombre mediocre, que con gestos, muecas y aspavientos, pretende construir una ficción de heroísmo, para cubrir bajo ese mito su verdadera identidad.

A la inmensa mayoría que ama la bravura, después de estudiar los escritos y las acciones de Sandino, le queda en el alma un profundo respeto. La falta de empatía para distinguir en los hechos históricos una gesta de coraje y dignidad, se debe a la incapacidad de los débiles de ánimo para compartir la idea de luchar, alguna vez, por una causa noble y patriótica.

Frente a la ocupación extranjera, los liberales y conservadores no fueron aptos para interpretar los sueños innatos de libertad de la población nativa, no pudieron apelar a la emoción de los ciudadanos con un gesto de grandeza, sino que, más bien, se disputaban el favor de los interventores.

Sandino, acompañado sólo de campesinos pobres, combatió con arrojo la dominación extranjera. Al negarse a negociar el final del conflicto hasta que no se retiraran todos los marines estadounidenses que habían ocupado el país desde 1912, se convirtió en un mito etiológico de la nacionalidad.

El programa de Sandino, que a finales de los años veinte generaría un movimiento nuevo, en rescate de la dignidad de un pueblo, se expresa en una frase suya, sencilla: “Lo que nosotros exigimos es respeto a nuestra libertad e independencia”.

No fue un teórico, ni un político, ni siquiera un militar (a pesar de increíbles dotes de intuición que aplica a la guerrilla), pero su alto nivel ético es proverbial, a lo largo de la lucha.

Los yankees, acostumbrados a tratar con los partidos tradicionales, le ofrecen cincuenta mil dólares para que haga la paz, Sandino reflexiona: “Como si el que severamente acepta la muerte pudiera pensar en el oro de los enemigos de su patria. Me cotizan como a cualquier Díaz”. Y les responde: “Jamás traicionaré mi causa, por eso me llamo hijo de Bolívar”.

Ese espíritu encarna el símbolo del guía, a quien la imaginación popular honra y sigue hasta el sacrificio individual. Corresponde al mito inconsciente del héroe que surge de la confianza emotiva.

Según Otto Rank, discípulo de Freud, todos nacemos con una voluntad a ser libres de cualquier dominación. La forma en que batallemos por la independencia determinará el tipo de persona que seremos.

Sandino posee esa habilidad sorprendente de transmitir emociones, propia de todo hombre de acción que moviliza multitudes. Por ello, para sorpresa de Arellano, sus hombres lo siguen hasta la muerte.

Es, sin embargo, en las conversaciones de paz, cuando sobresale la estatura moral de Sandino, y que, en cierta forma, le llevaría a la muerte y a la consolidación del mito. Gregorio Seltzer sintetiza esta contradicción de integridad espiritual, que se resolvería con el inicio de la dictadura de Somoza: “Sandino fió en la palabra de honor de los políticos, pero, entre los políticos nicaragüenses, el honor era una palabra fea”.

El autor es Ingeniero Eléctrico
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