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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 12 DE MARZO DE 2005
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Estrellas y políticos

Lillian Levi

Muchas son las analogías entre los políticos y las estrellas de la pantalla. Unos y otras, con mayor o menor acierto, representan una ficción. Ocupan en los medios grandes espacios, y en el imaginario colectivo también. Ofrecen sueños, imágenes, palabras por las que el público llano paga de una y mil maneras. Estrellas y políticos nos mueven a reunirnos, a mirarlos, a escucharlos, a reverenciarlos. Comentamos sus declaraciones, su imagen, su aparición o desaparición, su vida pública y privada, su aspecto, su salud. Los imitamos, los seguimos, confiamos en ellos, les creemos. Nos hacen soñar, llorar, reír, rabiar, temblar o bostezar. Esto último en los políticos no es tan mala cosa —mejor bostezar que temblar—, pero en los artistas es imperdonable.

Los políticos son, igual que los curas, obreros de la palabra. Unos y otros nos dicen lo bien que nos va a ir, en esta vida o en la otra, si creemos en sus palabras. Lo curioso es que solemos creerles, pese a todas las evidencias en contra. Misterios de la mente humana.

La tradición del político que se desempeña no como estadista sino como figura del star system comenzó siglos antes de nacer el cine, al estallar la Revolución Francesa, cuando María Antonieta y Luis XVI huían de la guillotina revolucionaria en aquella patética y risible jornada a Varennes.

En esa ocasión, en vez de ponderar su situación como jefes de Estado, o en el menor de los casos, en vez de salvar su pellejo como simples seres humanos, los monarcas se entregaron al boato cortesano. Incapaces de renunciar a su imagen pública de fantasía, huyeron suntuosamente disfrazados de pastores de la Comédie Française, con un séquito que incluía una carroza para transportar la vajilla y los víveres de la familia real, muy dada a los bocados de gourmet. A su paso, no resistieron la tentación de ir saludando alegremente al público, justo como harían las estrellas de los Oscar en una gala de Hollywood. Pudo más la satisfacción ególatra de recibir el aplauso de las masas que la mera pulsión de sobrevivir en tiempos de degollina.

Fue así como se inauguró lo que hoy es un vicio que nos cuesta a todos: creyéndose elegidos de los dioses, los políticos terminan siendo incapaces de distinguir entre la realidad y las apariencias. Y en todo el mundo los vemos, mitologizados por obra y gracia de la TV, vendiéndonos como realidad la ficción de las cifras macroeconómicas, y esperando por ello el aplauso agradecido del público, que consume obediente su diaria dosis de opio visual.  
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Estrellas y políticos