Narrativa
Viajar en la memoria
 |
|
|
Trono amarrado. Collage 2005. Francis Urbina. |
| |
María del Carmen Pérez
Hice una larga fila hasta que por fin llegué al puesto. Allí un hombre de cabellos largos, alto y musculoso, me sonrió como si yo fuera una vieja amante recién encontrada. Se me helaron un poco las manos, pero en ningún momento perdí la compostura de mujer comprometida. Pensé en los besos de Hildebrando rodeándome el cuello. Le di mi mano al extraño para que la besara con respeto. El no solamente besó sino que me condujo hacia una barca genovesa. Y transité las calles de una ciudad destruida, pero recién pintada. El río estaba hecho de lodo o lava a veces putrefacta, a veces no.
Un joven esbelto y de rasgos femeninos cantó para mí con voz de mezzosoprano. El viento le soplaba la ropa de lino blanco. Y yo me di cuenta que estaba enamorada, que su voz era la mía.
Pero pasamos un teatro popular donde anunciaban un concierto con la diva de la canción latinoamericana, aquella de Traigo un pueblo en mi voz, junto a una vieja diva del soul gringo. Entonces no tuve tiempo ya de seguir pensando, habíamos llegado.
El hombre aquel que había encontrado por primera vez, me esperaba. Sus ojos tenían un brillo seductor. Unas telas ocres como de monja antigua me fueron entregadas, allí pude enterarme de que todo el tiempo estuve desnuda. Un espejo roto me sirvió para ver un pecho caído y flácido, arrugado. El otro había sido sustituido por una marca en altos y bajos relieves como un entrecejo en expresión de odio.
Decidí llamarlos Yanis, por un personaje al que me recordaba. Yanis me entregó las llaves y un cinturón dorado con borlas negras. Caminé una colina muy empinada siguiendo una ruta estrecha, casi al borde de un precipicio. Llegué y abrí la puerta que cedió con ruido oxidado, pero obediente. Los calderos estaban puestos como si toda la acción hubiera sido suspendida de pronto. Unos enormes contenedores de sangre de cerdo estaban junto a los cocineros llenos aún de ceniza tibia. Las cabezas de los animales sacrificados estaban colgadas, pero no sangraban sino que eran pálidas y limpias. Un ojo blanco me observaba. Busqué en los ojos de las cabezas de cerdos y gatos, pero no eran ellos.
Se trataba de un niño flaco que estaba escondido entre el pasto seco de una porqueriza. Se me ocurrió que era el hijo pródigo de Durero y me alegré de encontrarlo, pero él estaba aterrorizado.
Era un ladrón al que yo tenía que atrapar y matar o él haría su contraparte.
El niño, con su cuerpo desnutrido y raquítico, se tiró sobre mí. Yo lo recibí con las vestiduras abiertas como en un vuelo extraño que parecía iniciar. Clavó su puñal en mi vientre y como yo no moría se puso a llorar. Entonces me senté en el suelo lleno de cenizas, me convertí en la piedad tratando de consolarlo.
Como no se contentaba saqué el único seno que tenía y le eché leche en el ojo blanco y lo amamanté hasta que recuperó el color, los años y la fuerza.
Las abejas gigantes con sus trombas de agua llegaron demasiado rápido y ni él ni yo pudimos hacer nada para detenerlas, por eso fue que despertamos tan temprano. 
|