Ensayo
Retratos de poetas del siglo XXI
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 | Una breve mirada a la poesía de algunos autores nicaragüenses, sus visiones y sus obsesiones literarias |
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Porfirio García Romano, Héctor Avellán, Donaldo Altamirano, Juan Sobalvarro, Erick Aguirre, Marvin Corrales y Álvaro Urtecho. |
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Norbert-Bertrand Barbe*
Porfirio García - Romano y la prÁctica poética
Quisiera plantearme la cuestión de la obra de PGR no como teórico, sino como poeta. En esta elección predominan varias razones: primero, y ante todo, mi amistad con el mismo, que me impide aproximarme a su trabajo de manera claramente objetiva; en segundo lugar, la distancia que puede existir entre nuestras formas de ver la labor poética; tercero, sin deseo de dialectización gratuita, las similitudes, y diría yo, en mi progresión artística, la influencia sufrida de métodos de PGR en mi obra; finalmente, el deseo de expresar puntos de vista que no sean concebidos como verdades científicas sin más, sino, más acá de eso, para decirlo así, como producto de una aproximación a mi propia experiencia poética mediante la obra de un artista amigo y muy amigo mío, históricamente el primero del que puedo decir: fue, es, y espero seguirá siendo mi amigo. Primero de mis amigos, uno de los mejores, a pesar de las distancias y las enajenaciones propias de las vidas.
Llegando a la médula de mi propósito, cabe recordar la apertura de la presentación del poemario Primera carta esencial, en la UCA por Fernando Silva: el emérito y prestigioso poeta y ensayista empezó diciendo que no le gustaba la obra de PGR, pero que tal vez ese desamor o rechazo provocado en él por la obra era precisamente un logro, ya que según entendía, era la idea de PGR hacer algún tipo de anti-poesía postmoderna.
Y es cierto en algún punto: PGR tiene pretensión de hacer una poesía a pesar de la poesía, y así podría definir su poesía —rematando en esta idea la instalación Poe–silla que irónicamente presentó en la ArteFactoría (representando una silla rodeada de imágenes de Poe pegadas en la pared y el suelo de un rincón de la galería)— si no contradecía esa idea el obvio preciosismo de los textos de PGR.
Preciosismo de las referencias y alusiones: a objetos cultos y hasta sacros del arte nacional e internacional, así como a ciudades y reminiscencias de poetas; preciosismo de los temas: a menudo expresión vivencial de un recorrido ciudadano y, mucho más a menudo, de crítico de arte y de hombre amoroso; preciosismo, en fin, de las figuras que suelen llevarnos o a referencias cultas o a imágenes evocativas y hasta románticas de ambientes (sea en sus odas algo darianas a las ciudades nicaragüenses, sea en su manera de referirse a los sentimientos del amor —y a sus atributos habituales— más que a la cosa sexual en sí).
Es interesante, desde esta perspectiva relevar cierta comunidad histórica de PGR con varios de sus contemporáneos: Héctor Avellán: en cuanto al relato del amor perdido más que del amor ganado o perdurable; David Ocón: en el manierismo muy reconocible de expresar los sentimientos, las situaciones y los lugares; Carola Brantome: en el interés por temas vivenciales más que políticos, existencialistas más que sociales; El jinotepino Leonel Calderón: cuyos Poemas de la ausencia (1966-1970) tienen eco en los Poemas a la mujer ajena, de PGR de la misma manera que sus poemas Para una muchacha como aquella que soñó Joaquín Pasos, Penélope, los dos de 1978, y la premiada Canción del nauta con los ojos lejos, de 1960 (de tema común con el anterior) también llevan paralelos en la poética de PGR.
Con los tres primeros y yo, PGR organizó un informal grupo poético y literario en el que Ocón tomó la sucesión de Avellán.
El rechazo de una poesía comprometida integra así perfectamente PGR a su generación, como poeta de la generación postsandinista.
La predominancia de una visión personal, rastreable en sus poemas a los pintores, debidos a su trabajo de crítico, o en sus poemas de amor, sitúan indudablemente a PGR en la línea de los novelistas (más que poetas) contemporáneos que han venido desarrollando una autobiografía recreada y quebrantada en sus obras. La biografía personal deviniendo el elemento fundamental de una reconstrucción ideada —por no decir ideal— de la realidad física.
En eso el recurso de PGR a los pintores para expresar sentimientos propios nos remite claramente a la creación literaria de una mitología personal, derivada de las artes plásticas hacia la literatura.
HÉCTOR AVELLÁN - Y EL DISCURSO DEL YO
Poeta tomado en su deseo permanente de afirmar su independencia, Avellán se dio a conocer tanto por su labor poética como por sus intervenciones en los diarios nacionales.
Su poesía se siente de tal ambivalencia: a la vez se sustenta en vivencias personales, y pretende elevar esas referencias a la altura de una reflexión social, a semejanza de uno de sus modelos evidentes, tanto del punto de vista temático como de los recursos formales: Ernesto Cardenal.
La escenificación de la realidad vivida como paradigmática de situaciones sociales en su primer poemario Las ciruelas que guardé en la hielera, como el uso repetido de la cita y el collage, acercándole a los vanguardistas, a Cardenal, pero también a su contemporáneo Porfirio García Romano, revelan otro recurso de la poesía de Avellán y García Romano: la derivación del motivo.
De hecho, el relato remite en Avellán como en PGR no tanto a lo que cuenta la voz narrativa como a otra vivencia, de dimensión más amplia.
Mientras en PGR el juego sobre la figura central de la poesía (la sonrisa que no se describe, los eventos que revelan ser títulos de películas) produce una desconstrucción formal del poema de lo descriptivo en cuanto realidad remitida hacia el concepto como mero hecho literario, en Avellán sirve para llevar un testimonio social en base a una vivencia personal, en una perspectiva que no sólo nos remite a la voluntad demostrativa y educativa de la poesía comprometida, sino a la propuesta psicológica modelizada de la teoría contemporánea: allí donde al describir sus ideales y sus imágenes mentales el poeta rechaza sin embargo la identidad con su modelo (el campesino que Avellán no es, pero también Cardenal afirmando una comunidad ideológica con este mismo campesino descrito y reivindicado), Avellán nos ofrece una producción que pone en perspectiva los niveles de verdad en los discursos ideológicos, logrando así, en su obra como en sus posicionamientos, a veces contradictorios, en los diarios, plantear una poesía fuerte, marcada por el involucramiento social al mismo tiempo que por la clara conciencia que todo involucramiento es el resultado de intereses de grupo.
De ahí toma todo su sentido su reivindicación como poeta homosexual, que toma la palabra para una clase social. La voluntad del poeta de situar la experiencia vivida como recurso ideologizado de poder no puede sino remitirnos a idénticos pasos hechos en su tiempo en Nicaragua por la poesía femenina en cuanto discurso de liberación. Notaremos en este mismo sentido la distancia, a veces clara a veces fluctuante, practicada por las poetas femeninas respecto de un involucramiento político directo, con el fin de abrir ampliamente paso a la voz femenina en sus diversas manifestaciones individuales.
La predominancia del Yo sobre el nosotros en este tipo de poesía es, como en el caso de la poesía de Avellán, el medio para afirmar valores ontológicos propios ante normas sociales opuestas.
DONALDO ALTAMIRANO Y LO RIDÍCULO
Expatriado amigo mío en Honduras, Donaldo Altamirano tiene una página abierta en La Prensa Literaria desde su exilio, gracias a la voluntad de Marta Leonor González, una de las primeras sin duda en darle tributo después de Raúl Quintanilla en las páginas de ArteFacto.
Amante de Francisco de Quevedo y de Beltrán Morales, sus formas cortas usando el escorzo como recurso, lo más apropiado a la crítica y denuncia de las incoherencias sociales, PLC (Pedro León Carvajal) nos propone en sus cuentos cortos, a menudo no más de una página, relatos sin sentido, sea que plantean situaciones sin más —no historias con un inicio y un fin, historias “sans chute”—, sea que cuentan situaciones propiamente surrealistas.
El recurso de PLC sirve a poner en escena el estar-allí de este autor, filósofo de formación, que se plantea en su obra pictórica la cuestión de lo absurdo en las situaciones más santas (así en su Crucifixión en la que Jesús se está oliendo los sobacos), y del trazo como creador de formas surrealistas y monstruos ópticos en sus dibujos.
En sus cuentos, PLC se recuerda de la literatura de lo absurdo, entre cuyos autores él admira Beckett y Ionesco, para enfrentarnos con figuras de personajes perdidos en el paisaje de su vida cotidiana, si nos es permitida la comparación, Quijotes frente a monstruosidades inexplicables como las figuras robóticas que nacen de los trazos de PLC en su obra de dibujador como mera manera de practicar la técnica, figuras nacidas del trazo mismo sin idea predeterminada. Las situaciones a las que se enfrentan los héroes que no lo son de PLC nacen propiamente de este universo literario que PLC modeliza a partir del suyo y nuestro: la realidad kafkaiana del pequeño en la ciudad y la vida, héroes desmovilizados, sin meta.
En eso, nos ofrece una visión de la realidad nacional y continental desde un punto social, como lo hacen desde un punto de vista político en sus obras respectivas Erick Aguirre y Juan Sobalvarro.
JUAN SOBALVARRO: EL CONTEXTO Y LAS SITUACIONES PROPIAS
Tanto en su narrativa como en su poesía y sus ensayos, Juan Sobalvarro propone una relectura de la vivencia nacional y la historia literaria desde un punto de vista crítico.
Así, en su narrativa y su poesía, nos cuenta pedazos de su vida propia de manera notablemente objetiva, en el que los hechos solos inducen el lector a reflexionar sobre la situación descrita, manera que tiene eco en la muy interesante propuesta de aproximación a la historia literaria nacional contemporánea, que viene desarrollando en 400 Elefantes, a menudo de manera dialéctica (“las verdades...” y “las mentiras...”), según un proceso que se distingue de las habituales críticas sentimentales proporcionadas en estos tipos de medios no oficiales.
Su alejamiento de las escuelas y los grupos lo asemeja, como el uso de la vivencia personal como paradigma de la vivencia social, a Héctor Avellán. La pretensión de llevar una crítica ensayística paralela a su labor de escritor lo aproxima también a Donaldo Altamirano, así como el uso del “nonsense” que expresado en las situaciones, antes que en las opiniones de sus personajes (a diferencia ahí a veces de Altamirano), lleva el lector a asumir un papel activo en la opinión que se viene forjando en base a los planteamientos del autor, más asesor (o tutor) que guía.
La obsesión de Sobalvarro para comprender en su trabajo de crítico el proceso histórico literario postcardenaliano, y en su trabajo literario postsandinista, lo hace hijo de su generación, con Erick Aguirre, Álvaro Urtecho, Raúl Quintanilla o Héctor Avellán.
ERICK AGUIRRE Y LA PÉRDIDA DEL SOL
En su poemario Pasado meridiano como en su novela Un sol sobre Managua, Erick Aguirre se revela como el periodista de talento que es, procesando la realidad mediante el relato vivencial de la historia personal elevado al rango de expresión generacional. Así, la aparición en Un sol sobre Managua de figuras tan emblemáticas como la de Raúl Orozco, el poeta de negro.
Revisando la historia reciente, se asemeja a Juan Sobalvarro. Pero iniciando su recorrido no desde la negación o el cuestionamiento del sandinismo, sino más bien, desde la genealogía personal (Pasado meridiano) se acerca a Álvaro Urtecho y Sergio Ramírez, y desde las consecuencias del liberalismo sobre una ciudad destruida por las catástrofes naturales y la guerra, nos ofrece una puesta en perspectiva de la realidad cotidiana similar a las reiteradas vidas de simbología mesiánica con identificación implícita con Sandino y el mismo autor en Ramírez.
Pero ahí donde la reconstrucción del proceso histórico se remite en Ramírez a la historia del siglo XX desde la primera mitad, Aguirre revela su identidad generacional con autores tales como Urtecho y Sobalvarro al plantearla a partir de la segunda, y más precisamente su compromiso periodístico más que novelístico o histórico en la elección del hito de los setenta.
Como en Ramírez, Avellán o Sobalvarro —y de alguna manera, aunque no implicada políticamente, en Porfirio García Romano y David Ocón—, en Aguirre es la vida real, lo vivido, que sirve de base a la historia. Influenciado en ello por la teoría de su época —las “circunstancias” de Ortega y Gasset y posteriormente de los estructuralistas—, su obra se lee como el testimonio dialéctico del postsandinismo, no en una perspectiva irónica y de oposición al compromiso político como lo son las de Sobalvarro y más todavía de los jóvenes grupos literarios managüenses (Tribal Literario, Literatosis), sino todo lo contrario, como la obra de su amigo Orozco, en cuanto historia del compromiso perdido de la política con y hacia el pueblo después de la revolución (lo que remite a la recurrente simbología del recorrido del sol en los títulos de la obra de Aguirre, en particular con el muy emblemático Pasado meridiano, evocación inequívoca de su baja).
MARVIN CORRALES, DIOS Y EL DIABLO
En su obra teatral, La mosca, premiada en el Certamen 2002 de la UNAN-Managua, Marvin Corrales asocia una doble preocupación: moral y católica acerca del pecado original y su consecuencia hoy en día (sobre la progenie humana de Darío), y social y nacionalista acerca de la situación de Nicaragua y su pueblo frente a las multinacionales, simbolizadas por la Coca Cola, asimilada a la serpiente bíblica. La ingenuidad aparente del tema se complica a gusto por la multiplicación de los enfoques desde personajes evocados sin ser nunca realmente, claramente definidos.
Esta preocupación doble: teológica y social, es la que en Una burla sencilla, primer libro del autor, se expresa en un poema y una serie de cuentos, en los que se mezclan consideraciones místicas que nos recuerdan a Alfonso Cortés, y un lenguaje coloquial muy propio de Fernando Silva, logrando así Corrales la unión de los dos extremos de la tradición literaria nacional: lo pulcro del Postmodernismo y lo coloquial de la Vanguardia y Postvanguardia, en una sutil mezcla a la que ya nos había preparado el artista y escritor David Ocón en sus cuentos.
Pero ahí donde Ocón recurre a imágenes del arte y la literatura cultas que retuerce hasta darle un toque coloquial, apropiándoselos, Corrales utiliza símbolos universales, y ahí donde Ocón por su gran cultura artística logra elevar lo propio afirmándolo negativamente al retrotraer la evocación en su recorrido personal de las grandes obras de siempre como epígonos de situaciones de aquí, el más coloquial Corrales probablemente por su formación antropológica utiliza ya no las obras sino los símbolos de connotaciones universales (el árbol, la oscuridad) para ennoblecer la aventura nacional. Los dos recurriendo al igual que Silva al idioma como sintagma de lo propio, valorando en él la burla, desde una perspectiva vanguardista y hegeliana, pabloantoniocuadrana o güegüencista, según como cada uno se lo planteara, de lo nicaragüense como inversión.
A lo absurdo como recurso literario en Silva y Ocón, Corrales, siendo también actor de máscara, adjunta lo trágico, lo que lo acerca en su poema La noche de los alucinámbulos, en forma de larga plegaria, a las oraciones de la poesía cardenaliana, y a las pretensiones lautreamontianas de los contemporáneos Tribal Literarios.
ÁLVARO URTECHO Y LA FORMA DEL PASO DEL TIEMPO
Sin duda el más destacado poeta de hoy y tal vez el más importante en Nicaragua después de Carlos Martínez Rivas, por la calidad de su poesía, Álvaro Urtecho, supo entrañar en una sola obra la imagen del paso cotidiano del tiempo, y la vivencia metafísica de un intelectual frente a la imagen que se hace del mundo.
Ahí tal vez reside el hecho que se puede hablar de Urtecho como de un poeta de la música, música sobre la que se abre la Cantata estupefacta, ruido embrutecedor de la discoteca, y música del silencio de los días pasados de Cuaderno de la provincia. Música wagneriana y huguesca del Esplendor de Caín.
Sin incurrir en lo desconstrucción formal, Urtecho logra llevarnos sentimientos y hacernos compartir situaciones, como en otros ámbitos Erick Aguirre y Juan Sobalvarro, en palabras simples y frases construidas que no son sin recordar Carlos Martínez Rivas.
Esta simplicidad formal es más interesante todavía porque permite, caso excepcional en la poesía, a Urtecho crear universos fuertes. A través de relatos donde la palabra lo ceda a la descripción de la situación, Urtecho logra poseer una fuerza de evocación que, no transmitida por imágenes modernistas o pabloantoniocuadranas de rematada simbología y excesivamente pulcro lenguaje, ni mucho menos por desconstrucciones formales coronelurtechianas o postmodernas, no puede sino compararse al gigantismo genial de un Hugo: de hecho, al igual que la del francés, la poesía de Urtecho, que presta de Hugo la utilización de las figuras bíblicas evocadas en forma romántica y heroizadas como alegorías de los elementos primordiales, se mueve entre (y/o ha evolucionado de) por una parte la utilización, precisamente, de las figuras-símbolo de la tradición clásica para representar la gesta nacional contemporánea vista desde un punto de vista personal y subjetivo (comparemos Cantata estupefacta y Esplendor de Caín con La leyenda de los siglos), y (hasta) por otra la evocación de la vida cotidiana en términos domésticos y estacionales, ahí también el curso del tiempo macrocósmico sirviendo de medido y espejo al paso de la vida humana particular (comparemos Cuardeno de la provincia, que comparte con las Odas elementales nerudianas el deseo de elevar a poesía la evocación de las cosas cotidianas —aunque, sustituyendo las alegorías en forma de naturalezas muertas barrocas del maestro chileno, Urtecho logra según nosotros una mejor cercanía con el sentimiento de lo común o conocido—, con Feuilles d'Automne o Les contemplations).
Como sus contemporáneos, Aguirre, Raúl Orozco, Urtecho nos relata su propia vivencia de la historia nacional, pero en una forma que nos recuerda más Horacio Peña, Sergio Ramírez, o Martínez Rivas. Aunque sus recuerdos de provincia se asemejan a los de “Pasado meridiano” de Aguirre.
Pues, más que los eventos exteriores descritos por Sobalvarro, Aguirre, Orozco Ramírez, y más que los pensamientos ensimismados ofrecidos por ejemplo en la obra de los Tribal literarios, es la visión intelectualizada por reflexiones acerca de la realidad inmediata que nos representa Urtecho, utilizando probablemente así, como intelectual de formación filosófica y docente que es, el lenguaje directo para reforzar la idea sobre la palabra.
* (Crítico y académico francés) 
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