No nos hagamos los suecos
Andrés Pérez Baltodano
En su artículo "El camino del centrismo" del 23 de febrero del año en curso, el general Humberto Ortega propone el “centrismo” para resolver los problemas de Nicaragua. Ortega, además, insinúa que Suecia ofrece un modelo apropiado para encontrar el justo centro entre la justicia y la libertad.
Ayer era Cuba. Hoy es Suecia. Antes de este general, otros generales y líderes de nuestro desgraciado continente se entusiasmaron con los modelos europeos que terminaron generando las repúblicas “legales” que hoy habitamos. Nuestros técnicos neo-liberales también se excitan con modelos producidos por sociedades que se nutren de aguas históricas que nosotros no bebemos.
Copiamos, mal copiamos y nos enamoramos de modelos creados por historias que no conocemos. Porque si entendiéramos que la Suecia de hoy es el producto de un largo proceso histórico con especificidades propias, no nos atreveríamos a insinuar lo que con tanta ingenuidad insinúa el General.
Aprendamos a construir nuestro destino antes que Nicaragua termine convertida en ese territorio amoral y sin ley que describe Gioconda Belli en su dramática novela sociológica Waslala. El modelo de desarrollo para Nicaragua debe crearse sobre la realidad concreta y específica de nuestro país. De Suecia, de Cuba y del resto del mundo podemos aprender muchas cosas. Podemos utilizar sus sistemas institucionales y sus historias como referencias que nos ayuden a aclarar la especificidad nuestra. Pero no podemos utilizarlos como modelos explicativos o normativos para entender y cambiar nuestra realidad. No funciona así la historia.
Nuestro modelo de desarrollo debe responder a las necesidades urgentes y concretas de la población nicaragüense y a la enorme amenaza que representa la globalización para países ultra dependientes y desintegrados como el nuestro. Así pues, un modelo de desarrollo para Nicaragua debe concebirse como un mecanismo de salvación nacional construido a la medida de las necesidades de los que no comen, de los que no reciben medicina y educación, es decir, de las grandes mayorías. En un modelo de esta naturaleza, la importación de un Volvo (que me perdonen los suecos), debería tipificarse como un delito penado por la ley.
Esto no es comunismo. Es cristianismo básico: “El principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana” (GS, 25, 1).
El “centrismo” que nos ofrece el General es otra mala idea y otra mala copia. El centrismo fue una propuesta elaborada para sociedades con instituciones políticas desarrolladas y estables. Anthony Giddens, el teórico principal de esa corriente, lo propuso para encontrar una forma de armonizar los principios y las prioridades políticas de la derecha y la izquierda en países como Inglaterra.
El centrismo ha fracasado. Tony Blair, el “otro Tony”, ya ni siquiera lo menciona. El centrismo de Bill Clinton fue sepultado por el acto terrorista del 11 de septiembre. En realidad, el centrismo ha terminado convertido en una mala broma. En un interesante artículo sobre este tema, Demetrio Velasco cita a Alan Touraine quien señala que el centrismo es “la manera de hacer política de derecha desde la izquierda”. Y el profesor de Anthony Giddens, Ralph Dahrendorf, concluye que “ahora que hemos dejado atrás el episodio de la tercera vía y sabemos que la globalización acompañada de palabras de compasión no es suficiente, ha llegado el momento de generar nuevas ideas”.
Independientemente del fracaso del centrismo en los países desarrollados que lo intentaron utilizar es necesario reconocer que no era un gran disparate pensar que en un país como Inglaterra se podía construir un “centro político”. Al fin y al cabo, la derecha y la izquierda de ese país ofrecen ejes doctrinarios y filosóficos para apoyarlo. Esos ejes no existen en Nicaragua.
El “liberalismo” del PLC no es más que una etiqueta para el mercadeo electoral. No es una filosofía y no es una doctrina. El FSLN, por su parte, ha sido víctima de su propio pragmatismo. Y el pragmatismo no es una filosofía sino una manera de prescindir de cualquier posición filosófica para vivir como el camaleón: cambiando de colores (de rojo y negro a color chicha, por ejemplo) según la ocasión.
Aclaremos entonces. El centrismo que nos propone Ortega no es otra cosa que el pragmatismo resignado nica mal disfrazado de filosofía. Es una propuesta sin sustento teórico o histórico. Es un concepto que solamente serviría para otorgarle dignidad normativa al pactismo amañado, antidemocrático y amoral que hoy nos ahoga.
El autor es catedrático de Ciencias Políticas de la Universidad de Western Ontario (Canadá) e investigador asociado del Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica (IHNCA) de la UCA de Nicaragua.

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