Desigualdades percibidas como naturales
Rebeca Centeno
En ocasión del 8 de marzo, a través de los medios de comunicación nos enteramos de distintas actividades reivindicativas de las mujeres en el mundo. Son escenarios en los cuales a las mujeres les son violentados sus derechos humanos: mujeres de distintas latitudes denunciando la violencia de la que son objeto; reclamando oportunidades a empleos dignos y en igualdad de condiciones con los hombres; reivindicando el tema de los derechos sexuales y reproductivos; otras, cuestionando el derecho a la ciudadanía plena ya que son escasamente representadas en los puestos de poder político; algunas en actividades de protección del medio ambiente, pues perciben que la naturaleza, al igual que ellas, ha sido violentada.
Estos escenarios son apenas una muestra de las muchas tareas pendientes que los Estados, el poder religioso, organismos internacionales e instituciones sociales, tienen con las mujeres.
Existen normas internacionales encaminadas a revertir las desigualdades de género y que se manifiestan de forma diferente según la condición socioeconómica, la etnicidad, la edad, y el estado de la democracia en sus países. Los avances jurídicos han sido producto de suscripción de tratados internacionales, pero fundamentalmente es el resultado de la lucha de las mujeres quienes han alzado sus voces demandando sus derechos.
Las desigualdades se convierten en preocupaciones mundiales debido a su magnitud. Es el caso de la violencia de género que afecta a las mujeres del norte y del sur, a ricas y a pobres, a jóvenes y adultas, a mujeres con instrucción escolar, como aquéllas con falta de educación formal; a las mujeres occidentales y a las pertenecientes a otros contextos socioculturales.
Por ello la necesidad de quebrantar un orden social con bases socioculturales que se funda en la supremacía masculina. Los pilares que sostienen este orden perverso —por sus consecuencias en las mujeres, en las familias, en los mismos hombres y en la sociedad— son el control del cuerpo y la sexualidad de las mujeres y la división sexual del trabajo.
El cuerpo femenino ha sido objeto de control de parte del Estado (con políticas pro o antinatalistas), del poder religioso (mandatos sobre la abstinencia o la prohibición de métodos anticonceptivos) y los hombres —novios, esposos o cónyuges— en calidad de individuos con poder de controlar la capacidad erótica y reproductiva de “sus mujeres”.
En el ámbito familiar, producto de la división del trabajo según el sexo, las mujeres sufren una sobrecarga de responsabilidades, puesto que tendrán que cumplir con la doble jornada: la productiva con remuneración y la doméstica percibida como natural.
La exclusión social que sufren las mujeres es percibida como del orden natural y no del social. Por ello, desentrañar la lógica que sostiene las desigualdades de las mujeres y relevarlas al plano social, es el imperativo ético de toda sociedad, estado e institución que se tilde democrática. Es el objetivo de los estudios de género, revertir las desigualdades de las mujeres y que se constituyan en tema de agenda de los estados. Lucha que lleva siglos de historia, en aras de lograr la ciudadanía plena de las mujeres.
La autora es docente e investigadora de PIEG-UCA

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