La estirpe Urroz
Joaquín Absalón Pastora*
Nicaragua goza una feliz sucesión en la música: la familia Urroz. Don Yamil, descendiente de ella y cultor de las seducciones de Orfeo en Estados Unidos, nos ha suministrado los primeros apuntes de “Historia de la estirpe musical de la familia Urroz”.
Puntualiza los tallos de la heredad desde el lustro (1865-1870). A partir de ahí nace una expansiva alineación vocativa. El primero que sembró en la hondura de la tierra multípara, fue Luis Felipe Urroz. El violoncelo fue su compañero de madera y Teresa, la consorte humana. El género invocado tanto en la interpretación como en la composición —encima de los otros— fue el clásico. Es fácil oír decir: “si vos llevás el apellido Urroz, tenés vena de músico”. Algo parecido ocurre con los Zúniga. En la actualidad, la misma vinculación puede ser fácilmente comprobada con los Mejía Godoy.
El primero de la dinastía comenzó coqueteando con el silencio. Guardaba en el cofre las joyas creadas. Sin embargo, su obra salió de la confidencialidad y entró a las fuentes de la extroversión. Desde niño recibió el amamanto del solfeo, inclinación transmitida por sus tías españolas identificadas con la guitarra, la cítara y el arpa. Este símbolo de aquella veteranía fue el excelente responsable de nueve auténticos músicos y de todo lo que “chorreó” de las generaciones posteriores.
El investigador de estas primicias es Don Tomás Urroz Saravia, quien igualmente tuvo la anotada preponderancia por ser los Urroz descendientes de hispanos radicados en Nicaragua a principios del siglo XIX, procedentes de una villa llamada “Urroz” en Navarra.
La generación de esa época, además de recibir el sortilegio de las castañuelas, de las zarzuelas, de la marcha triunfalista y del paso doble, giraba alrededor del remando de las sonatas y de la fiesta austriaca engarzada en el talante y la melodía del vals epocal. Tomás sostiene que “el apellido en su conjunto es un arpegio de armonías imperecederas por su sonoridad y virtuosismo traído de Europa y luego trasladado al suelo patrio cuyos frutos dieron un néctar maravilloso”.
Managua era la cuna donde la nación disparaba sus sollozos o el teatro, sus carcajadas. Escenario de contrastes. Había días de retiro en las ermitas y días de convulsión en las salas doradas de la juventud. Popular era alegrarse con piezas como El zopilote murió, y el Zanatillo, zanatillo. Quién no “tarareaba” esos modelos en los parques. Tenían el sello Urroz.
Humberto, Luis Felipe, Carlos Anselmo, Azucena, Carmen, Tomás, José Jesús, Víctor Manuel y Fernando integraron la novena original. Se recuerda de Humberto su vals El adiós. Los instrumentos preferidos de todos ellos tuvieron euritmia entrañable con la sección de cuerdas instituida en el tradicional componente sinfónico: violín, violoncelo o contrabajo. Elegido dentro de los hilos mágicos, el violoncelo, de cuerdas de voces bajas entre la viola y el contrabajo.
Luis, Tomás y Octavio prefirieron el piano para hacer hermandad con las sonatas para violín y piano, seguidos por las enseñanzas que les habían prodigado pedagogos como Beriot y Alcard de quienes siempre aprendieron en el solfeo y el arco.
Nicaragua tuvo a un pianista de nota: Luis Felipe, tercero en la dinastía puesto como ejemplo por profesores como Paco Soto y Carlos Tunnermann López. Genial es el procedimiento que usó para involucrar a cinco negras del piano, oscuridad en la cual hizo gala siendo más suculento cuando al otro lado de la excentricidad puso a marchar el carro de las luces rojas. Este revoltoso innovador del teclado pianístico fue solista de otra elite pudiente: la orquesta de Paco Fiallos. Rompió al empirismo al convertirse en el primer doctor nicaragüense graduado en música en San Francisco donde participó como solista de las orquestas de California.
Hubo también célebres flautistas como Carlos Anselmo Urroz. El anonimato palideció su trayectoria de autor de oberturas y de piezas religiosas. Cuántos cantos suyos se oyen en las purísimas a través del “chin chin” y en los sones de pascua de Navidad.
Miembro y maestro total de la sinfónica Nacional fue Tomas Urroz, batutista que esgrimió las memorias de Listz, (su bendición de Dios sobre la soledad), Debussy, Korsakov y Von Suppe.
Trabajando yo en la siempre recordada Radio Mundial, recuerdo un programa llamado “Así es mi tierra” de Sidar Cisneros. En uno de ellos se homenajeaba a José de la Cruz Mena y a sus mejores intérpretes, la familia Urroz. Nunca olvido cómo entraron a mis oídos los aires bohemios de Pablo Sarasate.
Antes, según confesión de nuestros padres, tuvimos al Variedades como teatro culto. Era el Rubén Darío de la época, enchapado en el sólido sumiso del taquezal y de otros materiales de la rusticidad. Mucho se oyó ahí del contracanto del violín mayor, de la viola y del inseparable violoncelo de los Urroz. Posteriormente, la orquesta se enriqueció con los instrumentos de viento. Competían las orquestas de Alejandro Vega Matus, de los Urroz y el conjunto de cuerdas y de piano del maestro Carlos Tunnermann López, tiempos también de conformación orquestal presidida por Luis Abrahán Delgadillo, el mismo que adoptó y remozó la música del himno nacional, de Luis Felipe Ibarra y de Luis Manuel y Víctor M. Zúñiga.
Difícil hacer una síntesis del antecedente y del procedente genealógico de la primera generación Urroz Mayorga y de los que le secundaron. Lo expuesto aquí es una aproximación del renuevo evolutivo de quienes llegaron a la meta siendo partes de la primera y única quizá orquesta Sinfónica de Centroamérica, uno de los miembros de ella, Humberto Urroz, posteriormente primer violinista de la sinfónica de Washington.
Éste sería mi quinteto magistral de la era que vivieron: Carlos Tunnermann López, Humberto Urroz Saravia, Luis Urroz Álvarez, Arturo José Medal y Luis Abraham Delgadillo. Si la ampliación concibiera al sexteto, agregaría a Tomas Urroz Mayorga por haber pulsado cuerdas en Bélgica, Inglaterra, Italia, España, en la ópera de París y en la Scala de Milán. Cuando vi su mausoleo en el cementerio general con el violín esculpido en mármol, sólo pude acordarme de una frase de Delacroix: “En el arte todo es cuestión del alma”.
* Crítico musical 
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