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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 5 DE MARZO DE 2005
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Elisa en su rendija

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.Comentario al libro Los juegos de Elisa de la poeta Blanca Castellón

 

Álvaro Urtecho

Después de la publicación de sus libros Ama del espíritu, Flotaciones y Orilla opuesta, Blanca Castellón se ha situado en un primer lugar en la poesía nicaragüense escrita por mujeres. Una poesía fina como llovizna, visitante de ventanas como escarcha, una poesía contenida, recatada, pero sin remilgos ni eufemismos ni hipocresías. Un ama del espíritu (por eso quiso titular así su primera recolección de poemas) que sabe lo que es el mundo de las profundidades, el mundo de la interioridad sensible y sensitiva, como diría Darío. Ese concepto que preside su primer libro, no sé por qué me ronda tanto tratando de explicarme el carácter formal y ceñido, sobrio y comprimido o condensado de su expresión poética, absolutamente distinta a la retórica verborreica que han exhibido lastimosamente tantas poetas o poetisas nicaragüenses. Esto lo he dicho en otro texto, pero ahora quiero proseguir con mi lupa perpleja indagando en las nuevas aventuras de la Castellón.

Quiero decir que en este su nuevo libro, Los juegos de Elisa, Blanca sigue siendo esa ama del espíritu de su primera fase poética, en tanto demuestra cómo gobierna y domeña sus visiones, imaginaciones y emociones, sometiéndolas a un orden expresivo siempre formal, siempre preciso, sin resbalarse en gritos, redundancias e histerias vaginales. Más aún: podemos hablar sobre esta nueva aventura de un nuevo elemento para caracterizar su esplendorosa poesía, y es la madurez, madurez tanto de pensamiento como de forma, pues el libro que presentamos ahora es una incursión en la prosa poética, la prosa abierta y libre en donde transitaron Baudelaire, Alosyus Bertrand, Rimbaud, Lautreamont y otros.

Nuestra escritora, maestra ya del verso pareado que cabalga en su camino de dos en dos, respetando generalmente la estrofa tradicional, se adentra en la prosa poética (o en el poema en prosa, como le quieren llamar los profesores) con una solemne madurez que le permite convocar y distanciarse a la vez de sus propios fantasmas, logrando conformar un libro que no sólo es una secuencia de prosas líricas, sino fragmentos de diario, magma de alguna narrativa que no sabemos si apunta a la novela o al relato o a la novela corta, y que también es, sobre todo en la primera parte, reunión de pensamientos, aforismos o simplemente sentencias que circulan en el espacio del texto como aerolitos.

Me gusta, me satisface que una poetisa como Gioconda Belli, con una gran tendencia a la retórica, pero poeta de verdad, haya dicho de Blanca Castellón , después de leer Flotaciones, que “la experiencia de leerla es la de asomarse a un espacio donde la belleza flota como un espíritu sobre las aguas y hay dentro del poema una vitalidad que se percibe, si no con la razón, con la piel y los poros”.

El libro está dividido en tres secciones o movimientos: Los juegos de Elisa, el más prolongado; Las voces de Elisa, a mi juicio el más emocionante —poética y dramáticamente— y, El fin de Elisa.

En Las voces de Elisa, estancias llenas de susurros y voces del más acá y del más allá, universo en donde lo fantástico se funde con la realidad instalándonos en una zona fantasmática en donde, como diría Octavio Paz, el poeta de las epifanías por excelencia, la presencia es ausencia, y la ausencia, presencia: “¿Voces? ¿Por qué no se van a descansar? Déjenme dormir, por Dios, que estoy exhausta. No se arremolinen como moscas atraídas por la putrefacción del sueño. Hoy quiero estar adentro de la nada. No enquisten su eco en mi mudez. Hoy no. Mi ausencia es mía en mí algunas noches. No les he pertenecido siempre. Ruégoles encarecidamente una visa para viajar a mi antes”.

Elisa es mujer y es niña, un fantasma y un ser de carne y hueso, un mito musical y pictórico, y un sueño, un fetiche de no se sabe qué poder oculto o de qué ceremonial. Una musa y una especie de bruja también que levita más allá del paisaje, invitando al lector a entrar a una zona sagrada y prohibida a la vez.

Una Ariadna perdida en el laberinto de no sé qué minotauro, invitando a perderse en el núcleo de la espiral, como un hilo perdido, invitando a entrar a la fisura, a la rendija, ahí “donde empieza a reventar la luna y sigue el filo de la hoja hasta alcanzar el reino de la ilusión”.

El mundo de Elisa (laberinto, hilo, espiral, ventana, fisura, rendija, piel que se desgarra para vendar el rostro del ciego y de los habitantes sonámbulos de la noche) es escarlata, sepia, húmedo, acuático, visceral, casi amniótico, expresado en imágenes breves y pensamientos cortantes pero leves como si fueran acompasados por los acordes pianísticos de Debussy, pero sobre todo, de Eric Satie, el de la Gimnopedie. Un mundo que termina en el silencio, así como termina y comienza toda gran poesía: “Elisa no pudo reconocerse en el espejo. No era ella en sus entrañas. Un recuerdo evaporado la apartaba de sí misma. Se había ido toda en el silencio de la última página”. Un final de desconocimiento de la propia identidad y también un homenaje a Mallarmé, el maestro iluminado de la página en blanco.  
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Elisa en su rendija