Males de la nación
Pablo Antonio Cuadra*
Desde la independencia en 1821, el pueblo de Nicaragua se ha venido arrastrando gravemente valetudinario, cometiendo los mismos errores o las mismas omisiones. Se cree que las enfermedades del cuerpo social, son enfermedades políticas, pero la política no es más que el escaparate, el cutis de lo social, por eso es lo primero que salta a la vista. Cuando en un país anda mal la política, se puede decir que nada anda muy mal, pues el cuerpo social se regulará a sí mismo un día u otro. El verdadero daño está en la cabeza y en el corazón de sus componentes.
Se oye hablar de corrupción, de inmoralidad pública y se entiende por ella la falta de justicia en los tribunales, la simonía en los empleos, el latrocinio en los negocios que dependen del poder público.
Todos estamos enterados de esos delitos y los consideramos como la causa de nuestra progresiva descomposición, pero no es así: la historia de los Estados Unidos nos enseña cómo en dicho país ha corrido un Mississipi de inmoralidad pública y sin embargo la nación ha crecido gigantescamente. Esto nos enseña que es grave que una sociedad sea inmoral, pero es mucho más grave que una sociedad no sea sociedad, tener infectada la raíz misma de la actividad socializadora. Cambios políticos, mutación en las formas de gobierno, leyes novísimas, todo será perfectamente ineficaz si el temperamento del hombre medio de Nicaragua no hace un viraje sobre sí mismo. Ese viraje deberá consistir en reconocer a los mejores y seguir su ejemplo en lugar de tratar de suplantarlos.
Por muy profunda que sea la necesidad histórica de la unión de todos los nicaragüenses, siempre se opondrán a ella intereses particulares, caprichos, vilezas, pasiones y, más que todo eso, prejuicios colectivos instalados en la superficie del alma popular.
Creo con Renan que: Nación en el verdadero sentido de la palabra es un plebiscito cotidiano. Habrá por lo tanto salud nacional en la medida que los militares, los políticos, los industriales, los comerciantes, los obreros, los científicos y los artistas, tengan viva conciencia de que cada uno de ellos es tan sólo una parte, un trozo inseparable del cuerpo público. No es necesario, ni importante que esas partes del todo social coincidan en sus deseos y sus ideas, lo importante y necesario es que cada una conozca y en cierto modo viva, las necesidades, los deseos y las ideas de los otros.
Creo que actualmente en Nicaragua impera el particularismo y la acción directa. La esencia del particularismo es que cada grupo deja de sentirse a sí mismo como parte, y, en consecuencia deja de compartir los sentimientos de los demás, sólo le interesan sus necesidades, los demás es como si no existieran.
En una nación, cuando una agrupación desea algo para sí trata de alcanzarlo buscando previamente un acuerdo con los demás, se cree obligada a obtenerlo a través de la voluntad general. Cuando una población sufre de particularismo, se siente humillada por tener que obtener la voluntad general, pues para ellos los demás no son nadie, no tienen legítima existencia social, por lo que recurre a la imposición inmediata de su señera voluntad y eso es la acción directa, que se impone por la fuerza o por la demagogia, ocultando con palabras bonitas el veneno de su intención.
Esa repugnancia por el otro suele disfrazarse en desprecio hacia los políticos, olvidando que éstos no son más que una representación de los vicios nacionales que hemos arrastrado del pasado y que heredaremos a nuestra descendencia si no hacemos algo para impedirlo. Ningún grupo o gremio puede echar nada en cara a los demás, ninguno ha pensado más que en sus propios intereses, haciéndolos aparecer con argucia como intereses nacionales.
La potencia sustantiva que impulsa y nutre el proceso de integración es siempre un dogma nacional, un proyecto sugestivo de vida en común. Es el futuro lo que cohesiona, no el pasado. El pasado necesitamos conocerlo, despojándolo de las máscaras que nuestros intereses de grupo han venido poniéndole, necesitamos conocer nuestra verdadera historia, no su falsificación.
Si reconocemos nuestra culpabilidad, si llegamos a comprender que somos parte de una nación y que por lo tanto somos complementarios y no antagonistas, estoy seguro que en poco tiempo podremos construir la Nicaragua posible, que hasta hoy nos hemos empeñado en destruir.
Hasta el momento carecemos de ese dogma, más bien nos domina el anti proyecto de que el otro es peligroso, que tenemos que unirnos para evitar que llegue al poder, esta tendencia que produce discordia es la que nos ha mantenido en el último lugar de todo. Necesitamos una nueva pedrada como la de Andrés Castro, que derribó al mercenario invasor para derribar el miedo que nos impide ser hermanos y construir nuestra nación.
* El autor es empresario

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