Deficiencias y democracia
Silvio Méndez-Navarrete politico1979@hotmail.com
“Más que nunca se debe entender que la tarea de gobernar en democracia se funda en valores” (Maquiavelo)
Nuestro joven proceso democrático es un procedimiento estancado, recesivo, decadente, situación provocada por causas sociales que se originaron durante la dictadura sandinista, concurriendo hechos que reproducen circunstancias similares a las ya vividas en la década de los ochenta. Se puede denominar esta situación como la de ser prisionero de ese mismo tiempo. A esto le podemos agregar que también vivimos un proceso de decadencia donde la decisión política de nuestros líderes no se compenetra con racionalidad ni ética, conducido por la ceguera de involucrarse en sueños imposibles, lo que dará como resultado, despertar en el seno social de las fuerzas atávicas que logran el predominio del pasado sobre el futuro.
La utopía debe ser dejada a un lado, si actuamos con honestidad política en el proceso de construcción institucional. Esta utopía ilusiona e impulsa proyectos que contradicen la naturaleza humana e induce a olvidar la realidad. Un liderazgo político comprometido con el orden democrático, no puede divagar en la búsqueda de la “Edad de Oro”, contraparte del axioma que dice que la “democracia requiere de un accionar político que reconozca la característica inagotable de la realidad”.
Si el ejercicio de la política no se ajusta a nuevos patrones de comportamiento, la incapacidad de la política en la democracia va a convertirse en un fenómeno recurrente, cuyo punto de partida no serán procesos electorales, sino comportamientos inapropiados, lejos del standard de buen gobierno y la realidad.
El proceso político de creación institucional debe visionarse en una distinción de lo “verdadero” y la realidad. Si esto no existe, serán instituciones desfasadas de la realidad, sin congruencias ni pautas históricas de comportamiento prevalecientes en una sociedad. Instituciones derivadas del “mundo de lo verdadero” son concebidas con el propósito de contradecir el mundo real. Lo presuntamente verdadero resulta ser una ilusión óptica ideológica, con oídos sordos a la voz de la realidad cuando ésta reclama.
Las instituciones son percibidas a través del lenguaje gestual de los encargados de su dirección. Para el conjunto de representados, las instituciones son abstracciones que se evidencian cuando son encarados por los grupos humanos que le dan vigencia y le representan. Se debe tener en cuenta que la calidad institucional está condicionada más por el comportamiento de los que ejercen las responsabilidades institucionales que por el diseño institucional en sí.
La transición a la democracia ha sido llevada a cabo en un contexto macroeconómico recesivo, de profundización y aceleración de la inserción del país en los procesos transnacionales, penetración capitalista, acumulación de capital, liberalización de los mercados financieros, reformas económicas, postergación y exclusión social, aumento del desempleo, etc. Sin embargo, las adversidades socioeconómicas no nos habilitan a concluir que estos escollos se convirtieron en un impedimento para el desarrollo democrático, lo que no significa desconocer que la falta de condicionamientos favorables vulnera la estabilidad democrática.
Actualmente la democracia es descalificada por razones vinculadas a insatisfacción social, bajo rendimiento del sistema económico nacional, incapacidad demostrada por las instituciones judiciales y políticas de proveer justicia y seguridad ciudadana como un bien colectivo accesible, garantizada para todos. La vida y libertad de la población está amenazada, amedrentada y arrebatada por grupos criminales que actúan al margen de la ley, sin inhibiciones, sin temor, por no percibir la posibilidad de ser aprehendidos y castigados.
Especular una crisis democrática quizás no nos permita comprender que el desencanto no se orienta hacia la institucionalidad democrática, sino contra las prácticas viciosas y transgresoras que se realizan dentro del marco institucional democrático. Sin embargo, la noción del fracaso de la política en la democracia sugiere la necesidad de que la clase política asuma su responsabilidad institucional encarnando los supravalores que significa la democracia.
Consecuencia lógica de este pensamiento infiere la necesidad impostergable e insustituible, de que los sistemas de gobiernos democráticos se abran al pluralismo, eviten la arrogancia, se comprometan y subordinen a los mandatos de la democracia. La dificultad de los regímenes democráticos deviene de la ingenuidad de considerar que las elecciones igualitarias, competitivas, libres, no son una vía que garantiza la oferta de elegir y encontrar los políticos más adecuados.
Está pendiente de la clase política, elaboración de fórmulas con un sistema meritocrático que facilite consolidar liderazgos fundados en el mérito y apoyo popular. Hemos de advertir las implicancias nefastas que conlleva contar con élites de gobierno sin ética, actuando en un ambiente de cultura política desprovista de sensibilidad, patriotismo, moral, ética, haciendo que la vida política sea cada vez más amoral e incluso inmoral.
El autor es ingeniero

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