Ecuanimidad y justicia
Simón Moraga Calero
En modo alguno debe confundirse la ecuanimidad con indiferencia. Soporta el infortunio el hombre ecuánime, sin deportar su mala suerte, y recibe la dicha sin entregarse a insensatas demostraciones, pero no se conforma con la desgracia e interiormente se regocija en la prosperidad, aunque no lo demuestre.
Cuando no se aparta nuestro pensamiento de las sendas de la justicia, por añadidura se nos dan todas las demás cosas, porque contienen todas en la interna paz que, libre de ambiciones, deseos y apetitos, se satisface con lo necesario, sin afanarse por lograr lo superfluo a costa de esfuerzos penosos. Nos resulta mucho más fácil, entonces, dominar nuestro pensamiento, porque lo preservamos de las influencias nocivas que perturbarlo del exterior, y hacemos perder necesaria ecuanimidad para acertar en todos los problemas y dificultades de la vida cotidiana. Al mismo tiempo, la obediencia a las leyes de justicia, cuya expresión más concreta es el cumplimiento del deber, nos conduce al convencimiento de que no somos juguetes de la casualidad ni de la fatalidad, ni marchamos en perfecto zarandeo, como víctimas de un destino que no podemos eludir.
No existe nada tan contrario a la dicha individual y a la felicidad compatible con la humana condición, como el atolondramiento que provoca el desequilibrio de nuestra mente. Consiste la ciencia de las ciencias y el arte de las artes en mantener nuestra fe tan firme en el triunfo definitivo de la verdad y de la justicia, que nada pueda perturbar nuestro mental equilibrio. No comprende el común de las gentes como los mártires de toda idea noble, política, social o religiosa, marcharon gozosos a la muerte sin el mínimo estremecimiento de temor, seguros del triunfo definitivo de sus ideales.
Derivan nuestra debilidad e insuficiencia de que la compuerta grosera de la naturaleza animal intercepta el flujo de la gracia divina, y nos deja a merced de las carnales pasiones.
La conducta viciosa y los pensamientos siniestros nos alejan de Dios, y son como una nube negra que nos eclipsa de la majestad divina. No podrá nadie ser fuerte de verdad en tanto ceda a los embates de la naturaleza.
La Concepción-Masaya

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