SáBADO 25 DE JUNIO DEL 2005 / EDICION No. 23851 / ACTUALIZADA 03:00 am





EL HUMOR DE




Blanco y Negro
Es cuestión de actitud

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Eduardo Enríquez

Cualquier cosa que se pretenda hacer en Nicaragua para salvarla del pacto y ayudar a instaurar un Estado decente, no de Derecho, sino decente, debe estar centrada en esfuerzos por cambiar la Ley Electoral vigente, que es excluyente; y cambiar la composición del Poder Electora cuyo control, desde el Consejo hasta la última Junta Receptora de Votos, está dividido entre sandinistas y liberales.

La propuesta del presidente Enrique Bolaños de elegir una Asamblea Constituyente para que redacte una nueva Constitución es excelente, sin embargo, con la actual Ley Electoral, diseñada para excluir candidatos y partidos que amenacen al pacto libero-sandinista, no hay garantía de que la voluntad popular sea respetada. Además, las posibilidades de fraude son múltiples, y robarse los votos es sólo la más burda.

Así que sin una reforma a la Ley Electoral y sin una reestructuración del Poder Electoral, cualquier elección, pero en particular una de Asamblea Constituyente, le garantizaría vida eterna al pacto.

Ahora, el problema está en cómo lograr una reforma democrática de la Ley Electoral. Es una ley de rango constitucional, y se necesitan 56 votos para aprobar una nueva. La actual Asamblea nunca pasará, de mutu propio, una ley incluyente, porque cuando menos le restaría poder a los partidos del pacto.

Entonces la situación parece un callejón sin salida. Una elección bajo las actuales reglas del juego sólo ventajas le da al pacto, y una reforma o cambio es imposible con la actual correlación de fuerzas en la Asamblea Nacional.

Sin embargo, el callejón sin salida presenta diferentes “escenarios”, como les llaman. El primero es que —como quisiera el secretario perpetuo del Frente Sandinista, Daniel Ortega— las elecciones para diputados constituyentes se realizaran con la ley actual; sólo con los candidatos y partidos que el pacto permita y que los pocos incautos que salgan a votar tengan que resistir el llamado síndrome del ratón loco, o sea, andar buscándose de junta en junta en el padrón electoral hasta aburrirse.

Este escenario le garantizaría vida al pacto, pero con el tiempo crearía una presión social que podría terminar en violencia. Nicaragua no es Venezuela, exportamos frijoles, no petróleo, no tenemos dinero para mantener políticas populistas que tengan a la gente “conforme”.

Pero hay otros “escenarios”, como ir a las elecciones con las actuales reglas, pero poniendo suficiente presión local e internacional para que los candidatos con alta popularidad sean aceptados y luego hacer un esfuerzo titánico para que la gente salga a votar masivamente.

Otro escenario es concentrar la presión ciudadana y la internacional en que la actual Asamblea reforme la Ley Electoral y reestructure el Consejo Supremo. De nuevo, si se logra, también habría que hacer un esfuerzo para que la gente salga a votar, aunque en las nuevas condiciones, obviamente más favorables, es posible que la gente se anime más.

Sin embargo, el común denominador de los “escenarios” es la actitud ciudadana. Si nos echamos, nos esclavizamos.

Siempre va a depender de lo que los nicaragüenses queramos hacer. Al menos la marcha del jueves 16 da esperanzas.
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