ESCRIBANOS
EDICIONES ANTERIORES
LA PRENSA
OTROS SUPLEMENTOS
SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 25 DE JUNIO DE 2005
PORTADA
CUENTO NICARAGÜENSE
POESIA NICARAGÜENSE
LEXICOGRAFIA
KINO-BIO-CINE
ENSAYOS
PINTURA
MUSICA
COMENTARIO
CRITICA
El momento de Lucía

Foto  
.A propósito de las óperas y el enriquecimiento de los coros, voces solistas y orquestas

El músico. Óleo sobre tela. Wiston miranda.

 

Joaquín Absalón Pastora

Las temporadas de ópera son un clásico cada año en los países donde el canto teatral tuvo su cuna.

El origen de su fabulosa consonancia —madrigalista y cortesana— tuvo que ver hasta con el pensamiento de Maquiavelo y de Galilei. Surgió el intermedio corto pero dotado de un meticuloso refinamiento para darle el síntoma a la glorificación posterior, del siglo dieciséis hasta nuestros días, copada con el advenimiento la densidad de los siglos.

De todo ese anticipo —desde el “intermedio non apparente”— se goza cuando se ve y se oye una ópera la cual aún remontada a su matriz jubilosa, florentina y genialmente estrófica, no puede olvidarse de su monodia transformada en polifonía.

Florencia toca el himno de la procedencia, alza la trompeta de su tradición para que las semillas se vayan renovando y no parezca la diseminación en la criminal aridez. El reino se enriquece cada vez más: coro, voces solistas, orquesta, trama, movimiento y cuanta acción sea añadida por las reflorecidas primicias. Decía: “Temporadas de ópera” y las calco a través de una feliz y provechosa coincidencia en cuanto a la absorción personal de este género, en Managua con La traviata, y en Miami con Lucía de Lammermoor. Lejos estuvo de perfilarse la posibilidad de ver sucesivamente dos obras de esta magnitud llenas del horror de la tragedia donde el dictamen lo da la luctuosidad.

De La traviata ya se hizo la justa deducción de reconocer su presentación en Managua en el Teatro Rubén Darío, con la fibra de lo nuestro admirado como un acontecimiento congruente con el prevalecer inolvidable para llevarlo en las hojas vivas de la memoria, durante mucho tiempo.

De Lucía, plasmada en Miami, podría decirse que esa parte tropical y latinizada de Estados Unidos, reafirma el viraje de ir por lo alto, de darle curso progresivo a la plural exposición —frecuente y reverenda— en los escenarios de Europa, arraigándose en los de continentes más lejanos.

Voy a la Lucía en Miami, cantada por Leha Hunt Partridge y Edgardo cantado por James Valenti, los solistas en la fina y angustiada pertinencia del amor. A los siempre selectos protagonistas y resto de la integración debe pedírseles todo: plenitud en la satisfacción de la tesitura vocal, virtualidad interpretativa, histrionismo sin mácula artificial, gestualidad, acción, nada de esto secundado sino que fundamental y el cumplimiento de más requisitos momentáneamente quedados en el anonimato. A eso se agrega la necesidad de ser buen sufragante en la urna de la estética. El porte, la galanura en él, la belleza en ella asumiendo que en el rasgo del romanticismo, en ambos recae con énfasis la exigencia por llevar la mayor parte.

En el caso de Lucía como el de La traviata, cabe asociarse con la deploración gozosa. Leah Hunt Partridge fácilmente hizo suya la colectiva admiración, el tributo unánime de las palmas en el Dade County Auditorium donde continuose la secuencia productiva de la Florida Grand Opera. Su tormento de mujer condenada a morir en los términos exactos del pavor por cumplir con los tablados del amor, lo expresó de una forma que contribuyó a ponderar con lágrimas, su belleza de actriz dramática, venustez leída en el río de sus ojos. Ella en gesto, voz, acción es rotundamente natural como rotundamente cataclísmica es la belleza de su rostro. Actriz soprano patética que sabe llevar el estandarte de la catástrofe. Ahora, en la formulación del lujo en el vestuario y de la pinta colosal en la escenografía, no como complementaria sino que como factor totalizante, surge la música teatral del lírico prolífico Gaetano Donizetti (1797-1848), un especialista del bel canto (...).

Donizzeti, autor de más de sesenta óperas, pone su música como el anillo sobre el dedo del drama. El lenguaje de su música es concatenante, resolutivo, crucial. La transcripción prudentemente orquestada para que a las heridas se les ponga bálsamos armónicos en el mundo terreno sujeto a la conclusión. ¡Qué trío! Rossini, Donizetti y Bellini en el verismo del siglo diecinueve. Esa Lucía vista con los ojos prendidos desde el principio hasta el fin, no fue la memorable de Callas que puso a revivir el esplendor en un lapso olvidado del ingenioso y dominante maestro. Fue la Lucía puesta con el estilo propio y el germen de la beldad, de Leah Hunt Partridge. Lo demás, lo que la rodeó, fueron los detalles. Siempre hay una estrella con más luz. Esa noche, el firmamento la escogió a ella.

Fuera de los relativos incidentes de sombras inesperadas, Donizetti debió estar feliz desde el lugar donde reposa, por la forma en que lo puso en el escenario de los oídos, la orquesta bajo la batuta de Stewart Robertson cuya excitación por el volumen, la supra-moderación, debió poner más en piano. Más allá del camino iniciado, fue notable la reconquista de la tonalidad normal con la cual se dio el espaldarazo a las voces sostenidas y en armonía con la intensidad titular de la música.  
.


---
El momento de Lucía