Narrativa
Dos lluvias y un recado
José Adán Silva
El jefe del batallón dio la orden de descansar. Fue el alivio a un martirio de 15 horas de caminata entre fango, quebradas y lomas empinadas a las que había que vencer con el peso de las mochilas en la espalda, las municiones en el pecho y la cintura y las armas en la mano.
El lugar era un pequeño y poco tupido claro en lo alto de una colina, desde donde podíamos divisar otros cerros de menor altura a nuestro alrededor.
A lo lejos, más allá de las crestas verdes de las lomas vecinas, se veían azules y tristes las brumosas montañas a las que, tarde o temprano, tendríamos que entrar a fuego y sangre para sacar al enemigo al que perseguíamos todos los días y que nos volaba, y le volábamos también, balas y maldiciones.
El jefe del batallón, un hosco señor de aspecto indígena que vio la vida en San Marcos, dispuso las medidas de seguridad en el perímetro, colocó aquí y allá a los vigías, seleccionó la patrulla nocturna que haría el reconocimiento del área, dispuso la ametralladora en un filo estratégico y prohibió las hogueras, mandó a no levantar casas de campaña y a dormir con el dedo en el gatillo.
Él se fue a la trinchera que dos reclutas le cavaron en el extremo escarpado del área, justo donde la jungla tendía sus más agrestes tejidos y donde el aire era más denso y el cielo más oscuro.
Ahí se acomodó en silencio, junto a sus dos oficiales y el operador del radio al que llamó para orientarle detalles de la próxima misión.
Una vez ahí, habló bajito para dar las instrucciones: esperaban un ataque de las fuerzas rebeldes desde dos flancos. Los enemigos iban a entrar con fuerza porque acababan de ser abastecidos vía área, así que había que resistir hasta que llegase, en 12 horas, un segundo batallón de refuerzo que ya marchaba hacia acá. Ahora, vayan a alertar a la gente.
La noche llegó oscura y fría como suele llegar en las montañas del norte y en medio del concierto de grillos y lamentos extraños de la jungla. el jefe de los rasgos indígenas, tipo duro y fogueado en la guerra desde tiempos de la insurrección, le preguntó a uno de sus oficiales sobre la muerte de su hermano.
El radiocomunicador salió a buscar donde guarecerse de las dos lluvias que se advertían: la de agua del cielo negro que no tardaba en parir, y la de fuego que de la oscurana no tardaba en rugir. El otro oficial hizo lo mismo y el último, expectante y extrañado, se quedó a escuchar las preguntas sobre su hermano difunto.
¿Cuándo fue? Hace dos años señor, en el operativo de Las Minas. ¿Cuántos años tenía el compañero? Iba a cumplir 25, señor. ¿Era mayor que vos? Sí, señor, me llevaba cinco años arriba. ¿Cómo fue?...(silencio un momento)... Lo alcanzó un mortero en su trinchera. ¿Cuánto le faltaba para terminar? Seis meses, señor. ¿Si tuviera que mandarle algún mensaje qué le diría?...
El joven se quedó extrañado e hizo un gesto de incredulidad como preguntando ¿qué está diciendo? El jefe interpretó la duda en el rostro de su subordinado e insistió: ¿Si tuviera que mandarle un mensaje a su hermano qué le diría?... Que su mujer se juntó con Sergio, pero que mi mamá se quedó con la niña y la casa.
Ok. Ahora busque refugio rápido y si logra salir de pase, hágame el favor de entregarle esta carta a mi madre. Ahí está la dirección. El recluta, extrañado, tomó la carta envuelta en una bolsa plástica transparente y la guardó en el pantalón; se formó y pidió permiso para regresar a su posición. Permiso concedido.
Acababa de salir de la excavación cuando las dos lluvias comenzaron a caer: del cielo negro cayó una gota fuerte, precedida de millones de gotas más y mil truenos de horror, y de la oscurana, allá al otro lado de los cerros brumosos, salió un estruendo ronco y seco que estalló en mil chispas de fuego en la trinchera donde el jefe del batallón había recogido y mandado su último recado.
Al día siguiente, después de 18 horas de batallas en las que el enemigo había fracasado en intentar tomar la colina (un matadero de humo y vísceras oreadas), el recluta sobreviviente no resistió la curiosidad y abrió la carta que su jefe le había entregado antes de estallar.
Eran dos líneas escritas en pequeña y redonda letra de molde y con lápiz de grafito: “Madre, quitale la niña a la Carolina y poné la casa a tu nombre. Decile a Sergio que gracias por la traición que va a cometer”.
Managua, 23 de mayo de 2005. 
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