Y además
Parténope
Luis Sánchez Sancho
Hubo un tiempo en que Nápoles —la famosa ciudad italiana que es considerada como la más musical del mundo— se llamaba Parténope. Y se llamaba así en honor de Parténope, la más bella de las sirenas.
Como se sabe, las sirenas eran unos seres fabulosos que tenían cabeza y busto de mujer pero el resto del cuerpo de pez o de pájaro. Y eran temidas por los navegantes, porque hechizaban con su canto maravilloso a quienes pasaban por donde ellas se encontraban.
Antes de convertirse en sirenas, ellas eran tres ninfas: Parténope, Leucosia y Ligea, hijas de la ninfa Calíope y del dios río Aqueloo. Las tres eran bellísimas, pero Parténope (la virginal) era la más hermosa.
Las tres hermanas fueron convertidas en sirenas por la diosa Ceres, como castigo porque no ayudaron a Proserpina cuando ésta fue raptada por Plutón, el dios de la muerte y del mundo subterráneo. Aunque también se dice que fue más bien porque ellas rogaron a los dioses que les concedieran alas de pájaro para volar por los cielos, y cuerpo de pez para nadar por todos los mares, y así poder ir en busca de Proserpina y decirle a su adolorida madre, Ceres, dónde se encontraba.
Las sirenas vivían en unas rocas escarpadas y aisladas en el mar, entre la isla de Cáprea y las costas de Italia. Y por allí pasó Odiseo (Ulises) cuando trataba de regresar a su patria Ítaca, después de la Guerra de Troya. Cuando se aproximaban hacia ellas, Odiseo ordenó que todos los miembros de su tripulación se pusieran tacos en los oídos, y que a él lo ataran firmemente a un palo. Así sólo Odiseo escucharía el canto de las sirenas, pero podría resistirse al hechizo de su canto.
Las sirenas hicieron el máximo esfuerzo, entonaron las notas musicales más bellísimas y seductoras que jamás habían cantado, pero en vano, pues aunque Ulises gritaba que lo desataran, nadie lo escuchaba. Entonces, al verse impotentes de hechizar a Ulises y sus tripulantes, las sirenas enloquecieron de furia y se suicidaron.
Cuando los cadáveres de las sirenas volvieron a la superficie del mar, las olas los arrastraron hacia las costas italianas. Y aconteció que el cuerpo de Parténope fue a parar a una playa donde había una soberbia roca que los nativos llamaban Megaris. La gente del lugar, marineros y pescadores, quedó maravillada ante la aparición de aquel ser fabuloso. Y uno de ellos, viejo lobo de mar que conocía las historias y leyendas de los griegos, identificó a Parténope y propuso que la enterraran allí mismo, junto a la roca Megaris. Luego fundaron a su alrededor una ciudad a la que llamaron Parténope, en honor de la bellísima sirena.
El tiempo pasó y Parténope crecía y prosperaba rápidamente, a expensas de otras ciudades, como Cumas, por ejemplo, donde estaba uno de los oráculos más famosos de la antigüedad. A punto de desaparecer se encontraba Cumas, cuando una peste asoló a Parténope cuyos habitantes fueron a consultar al oráculo, el que les dijo que para librarse de la plaga debían cambiar el nombre de su ciudad.
Y así fue que decidieron llamar a la ciudad Parténope con el nombre de Nea Polis (nueva ciudad), que andando el tiempo se convirtió en Nápoles. Pero ésta sigue siendo la ciudad de la sirena Parténope, y por eso los napolitanos cautivan hasta hoy al mundo con su hermoso canto.

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