Reelección y corrupción
Hugo Ramón García
La corrupción es un poder en Nicaragua. Un poder institucionalizado con amplias bases para seguir aumentando los muchos y graves males que padece la Nación frente a su trágica historia. La última reelección de Roberto Rivas como presidente del Consejo Supremo Electoral es una prueba de esa corrupción. También es el resultado de los vicios que operan en esta sociedad; en este país donde cada día se va perdiendo la credibilidad y se abre paso a valores negativos que mucho contribuyen a la gigante descomposición moral que ha penetrado por la ancha puerta de la ignominia donde solamente “triunfan” los oportunistas.
La continuada presencia de Roberto Rivas para seguir manejando uno de los poderes del Estado, es también el producto de los pactos entre liberales y sandinistas que ya se han constituido como las “paralelas históricas” de turno porque estos convenios convocados a espaldas del pueblo no se han consumado con fines progresistas, sino para satisfacer la gula de las cúpulas reinantes que tienen ahogado al país. El reino de la corrupción toma fuerzas indetenibles en Nicaragua en vista de que liberales y sandinistas se disputan lo mejor del poder. A ellos no les interesa Nicaragua, mucho menos los nicaragüenses.
Con su nueva reelección, Roberto Rivas llega a la cima del poder; del poder que en este país irredento muchos lo utilizan como un medio de sobrevivencia que genera indudablemente satisfactorias utilidades que en la vida común del pueblo otros no pueden percibir. El pacto libero-sandinista es una bofetada al rostro de la Nación que contempla desilusionada sus frustradas esperanzas; las esperanzas de ser un país diferente; una República rescatada en su dignidad, pero con la reelección de Roberto Rivas esas “posibilidades” disminuyen considerablemente volviéndose difícil cualquier fórmula de cambio que reiteradamente se demanda.
El pueblo ya se muestra harto y cansado de caudillos; de seudo-líderes que no han sabido conducirlo porque expresamente alimentan intereses personales. Los caudillos, además de tener falsa representación, contribuyen abiertamente a la ruina de la República. Las cúpulas que dominan el poder no pueden proponer a otros valores para altos cargos porque del todo no los tienen y en última instancia hacen “gala” de los mismos corroborando lo que la opinión pública comenta y sostiene.
Roberto Rivas ha llegado otra vez al Cuarto Poder del Estado. No queda otra alternativa que aceptar esta realidad, mientras se presenta el tiempo de acabar con tanta corrupción que ha venido de las entrañas del pacto a empañar el decoro de la República con quien tenemos deberes y obligaciones para liberarla de tantos apátridas y traidores que la ofenden y la denigran.
El autor es periodista de Somoto.

|