VIERNES 24 DE JUNIO DEL 2005 / EDICION No. 23850 / ACTUALIZADA 03:00 am





EL HUMOR DE




Preocupación en El Bejuco

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León Núñez

Estoy preocupado. En las cuatro últimas reuniones de la peña literaria El Bejuco no se habló de política. Yo temo que a la peña le pase lo que le pasó al antiguo grupo de analistas políticos de Acoyapa, que llegó a sentir tanto cansancio intelectual por la política nicaragüense que prefirió disolverse. Yo creo que debe ser aburrido estar siempre analizando lo que dicen nuestros profesionales de la política, con su dialéctica mentirosa y repetitiva de lo mismo.

Uno de los presentes propuso que en la peña solamente se reflexionara sobre temas literarios, porque la literatura había sido la razón de ser del nacimiento de la peña. Esta propuesta no fue ni aceptada ni rechazada por los que hicieron uso de la palabra. Pero tuve la impresión de que quedó flotando en el ambiente la idea de que en la peña no debían seguir abordándose problemas relacionados con la política nicaragüense.

Seguidamente el presidente de El Bejuco presentó en la reunión a un destacado analista político del puerto lacustre de San Miguelito que desde hacía seis meses había mostrado su interés en pertenecer a la peña. Fue aceptado por unanimidad. En su discurso de ingreso quiso analizar los graves problemas institucionales que aquejan a nuestro país, pero fue interrumpido por casi todos los asistentes.

Mi nuevo compañero de peña guardó en un cartapacio los papeles que contenían la guía de su disertación e improvisó su discurso de ingreso a la peña hablando del humor en la obra de su coterráneo Carlos A. Bravo. De todo su discurso, lo que más me llamó la atención, fue su tesis, que yo comparto, de que realmente no hay humoristas; que lo que existe es el humorismo que nace de la vida misma, de situaciones o circunstancias que dan risa; que lo importante era poder observarlas, para después ponerlas en conocimiento del lector.

A mí me tocó contestar al sanmigueleño. En mi discurso de contestación expuse que había gente que creía equivocadamente que yo era un escritor humorista, y les recordé que en una ocasión Luis Sánchez Sancho hasta se atrevió a decir que en Nicaragua yo era el “rey de la sátira”. Pero les dije que no era así, que yo no era ni escritor ni humorista; que lo que yo tenía bien desarrollada era mi capacidad de observación, y que ocasionalmente a mí me gustaba compartir con mis lectores lo que yo observaba, siempre y cuando de la situación o de la persona observada se pudiera sacar alguna lección.

Hablando de este tema, les expliqué a los miembros de la peña mi punto de vista, y para ilustrarlo les puse como ejemplo el escenario que suele montar don Enrique Bolaños cuando televisadamente manda mensajes al pueblo nicaragüense. Les dije que formaban parte de las “turbas escenográficas” de don Enrique los miembros del “gabinete ampliado” y los invitados especiales.

Les conté que al principio del actual período presidencial fui invitado a participar en algunos de esos eventos, y que jamás se me ocurrió sentarme frente a la tarima, donde se sientan todos, viendo al Presidente de la República; que yo permanecía de pie, frente a la concurrencia, a un lado de la tarima pero no muy cerca de ella, y que mientras escuchaba el mensaje de don Enrique me dedicaba a la vez a observar de frente a alguno de los asistentes.

Les manifesté que en una ocasión me dediqué a observar a don Norman Caldera, y que precisamente por esta observación descubrí que don Norman era el que iniciaba los aplausos a don Enrique; que siempre lo vi completamente empinado encabezando con estridentes y metálicos aplausos las ovaciones con que se interrumpían los discursos del Presidente de la República.

Recuerdo que en el primer acto al que asistí, seguí diciéndoles, me llamó la atención la “ceremonia del pico”: cuando el ingeniero Bolaños finalizó su mensaje doña Lila T. se acercó a la tarima y don Enrique le dio un pico. Los especialistas en este ceremonial me han dicho que no es propiamente un beso; que es un pico. Pues bien, después que terminó la ceremonia del mentado pico observé a don Norman, que muy apresurado, se abría paso a empujones en dirección a la tarima, con los labios alargados hacia delante, como señalando a alguien.

En un principio me pareció efectivamente que don Norman, con sus labios alargados hacia adelante, estaba señalando a alguien, pero cuando lo vi que se acercaba a doña Lila sospeché que lo que don Norman quería era imitar a don Enrique, y no me equivoqué porque cuando don Norman ya estaba muy cerca de ella, en una inequívoca posición de pico, doña Lila se le capeó.

Cuando terminé de defender, con el ejemplo de don Norman, mi tesis literaria sobre el humorismo —de que no hay humoristas sino situaciones de humor— y después de darle la bienvenida a nuestro nuevo compañero de peña, pedí a todos los asistentes que siguiéramos ocupándonos del análisis de los problemas políticos de este país; que nuestros puntos de vista algún día iban a ser reconocidos, pues ya se sabe que en la peña no buscamos ni aceptamos puestos públicos. Es más, también se sabe que nuestras posiciones políticas no están determinadas por razones de dinero ni por intereses partidarios; que a nosotros nos guía solamente el interés de la Nación.

El autor es abogado.
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