MIéRCOLES 22 DE JUNIO DEL 2005 / EDICION No. 23848 / ACTUALIZADA 03:00 am





EL HUMOR DE




Diálogo, mediación y garantes

Sin dudas que un verdadero diálogo nacional sería el medio más indicado para resolver la grave crisis política que está sufriendo el país actualmente. Pero un diálogo nacional sólo puede ser verdadero, y por lo tanto eficaz, si las partes en conflicto están dispuestas a ceder y si se garantiza el cumplimiento de los acuerdos.

De otra manera, sólo quedaría la opción de someterse a las condiciones que impongan los partidos FSLN y PLC, pero como los nicaragüenses ya no estamos para aceptar otra dictadura entonces el pueblo tendría que lanzarse a las calles, hasta sacar a los pactistas de las instituciones en las que se han atrincherado.

El diálogo y la negociación política no se están inventando ahora en Nicaragua, son recursos que se han usado siempre en todas partes del mundo, inclusive desde las etapas primitivas del desarrollo histórico de la humanidad, y se siguen usando hasta ahora. Pero además de antigüedad la negociación política tiene sus propias reglas que es necesario reconocer. Y quienes se dedican profesionalmente a la política tienen que saber mejor que nadie, que en toda negociación es primordial identificar y reconocer, desde el comienzo, la cuestión central en que las partes no están de acuerdo.

En segundo lugar, pero no menos importante que lo anterior, se debe partir de la premisa de que uno no puede imponer al otro un criterio irrenunciable, por mucho que esté convencido de que su punto de vista y su interés son más importantes que los demás. La negociación no es como una tercia en la que inevitablemente tiene que resultar un ganador y un perdedor. Negociar no es imponer. Únicamente en la guerra es que uno de los contendientes termina rindiéndose ante el otro, porque la pretensión del enemigo no es obtener por las buenas algo del otro, sino liquidarlo o quebrarle la voluntad mediante el uso de la fuerza bruta y la violencia. Y aún en la situación extrema de la guerra, no son pocos los casos en los que el conflicto bélico termina en la mesa de negociaciones de manera honrosa para todas las partes combatientes.

En la política lo que predomina es la negociación, que es el arte de obtener de la contraparte alguna concesión a cambio de otra, que quien la concede la percibe como menor. De manera que la pretensión de ganarlo o perderlo todo no corresponde a la política, porque no hay negociación sin concesión. Si uno no quiere ceder ante el contrario debe pensar que el otro tampoco estará dispuesto a hacerlo. Y entonces: ¿para qué negociar?

Por otro lado, en el diálogo la presencia de los mediadores y garantes es de singular importancia, porque éstos son los que cuidan que no se quebranten las reglas previamente establecidas para la negociación. Además, los mediadores y garantes concilian las posiciones enfrentadas, dan fe de lo que se acuerda y garantizan su cumplimiento, o denuncian su incumplimiento. De allí que no es para cualquier persona o institución desempeñar el delicado rol de mediador y garante. Mejor dicho, cualquiera puede ser llamado como mediador y garante, pero no todo el que asume ese papel es capaz de ejercerlo de manera apropiada.

Los testigos, mediadores y garantes no pueden estar del lado de uno de los contendientes. Por el contrario, deben ser imparciales de verdad, de hecho y no sólo de boca, de manera tan convincente que todos así lo reconozcan.

Tampoco es obligatorio que en el diálogo haya un solo testigo y garante. Por ejemplo, la alianza FSLN-PLC quiere que el cardenal Obando sea el único que testifique y garantice su negociación con el Gobierno. Sin embargo es obvio que el Presidente de la República, por la razón que sea no tiene la misma confianza. Entonces, junto al testigo y garante favorito de sandinistas y liberales, debe haber también alguien en quien el Gobierno confíe plenamente; como podría ser el caso del Secretario General de la OEA o de su representante personal.

En todo caso, las intransigencias políticas y el ego de una persona no pueden prevalecer sobre la necesidad imperiosa de resolver una crisis tan grave y peligrosa como la que está sufriendo actualmente Nicaragua.
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