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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 18 DE JUNIO DE 2005
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La jungla y el trueno

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William Holden en el rodaje de “El Puente”, que duró más de 8 meses. Las tensiones entre artistas y técnicos llegaron a límites exasperantes. Sólo la simpatía natural de Holden evitó que el film se desplomara antes que el puente.

 

Ramiro Argüello Hurtado

La cinta comienza con un buitre agorero volando en círculos. El episodio de la construcción de un puente ferroviario en Indochina Occidental no pasa de ser una nota al pie de página en el amplio lienzo de la Segunda Guerra Mundial. Birmania, 1943: Los japoneses intentan tender, a través de la tupida jungla, una línea de ferrocarril que enlazará Bangkok con Rangún.

La mano de obra será aportada por los prisioneros de guerra de un campo sin alambradas: la malaria, el beriberi y la víbora son los aliados naturales de los nipones. El comandante del campo es el coronel Saito (Sessue Hayakawa), quien lleva bordado en los pliegues más recónditos de su alma el código de honor bushido: autodisciplina, coraje, vida sencilla. Saito se propone, infructuosamente, fracturar la voluntad del coronel Nicholson (Alec Guinness), oficial a cargo de los cautivos. Un intento de soborno (a base de comida, habanos y, algo muy importante para un súbdito británico: scotch) no logra dar en el blanco. Los oficiales ingleses no recibirán órdenes de japoneses durante la construcción del puente.

Shears (un eficaz William Holden), un soldado americano, ha conseguido evadirse. Es el sobreviviente nato lleno de astucia y recursos. El hombre que se mofa de todo, especialmente de las posturas heroicas. Shears es el anti-héroe convertido en héroe por imperio de las circunstancias: cínico y dotado con un talante deportivo muy americano, será su sentido común (el menos común de los sentidos) el que lo preservará de ser arrastrado por el delirio del coronel Nicholson. El obtuso Nicholson adolece de un punto ciego en su percepción de la situación. El orgullo imperialista (eso que se ha dado en llamar el carácter británico) se trastoca en terquedad, la arrogancia se transforma en estupidez, y la estupidez en traición. La intención del coronel no puede ser más desquiciada: erigir no un simple puente para cumplir con el trámite, sino el mejor de todos los puentes posibles para gloria del Reino Unido y de los … japoneses.

El mayor Warden (Jack Hawkins con su característica voz corrugada) es un viejo erudito en lenguas orientales especializado en cargas de demolición. Prototipo del “scholar” británico que es a la vez un hombre de acción (como T.E. Lawrence y Sir Richard Francis Burton), liderea una operación comando (de hecho se trataba de una unidad especial de Mountbatten) para echar por tierra el puente.

El amor tiene ocasión y el tiempo de florecer en la selva. En la patrulla viene el neófito Joyce (Geoffrey Horne), un titubeante contador canadiense que no ha descubierto aún que las mujeres pueden ser más peligrosas que las granadas. Un coro de nativas (gráciles, enhiestas, inescrutables) se desempeña eficazmente silencioso como portadoras. Una de ellas y el novato se enamoran. Joyce no sabe birmano, la nativa no sabe inglés. Ante la inminencia de la muerte silenciosa y acechante en la jungla ominosa, lo que podría ser una desventaja se convierte en ventaja. Al final, ella musitará, mientras los dedos se despiden para siempre en el agua, la única palabra ajena que ha tenido tiempo de aprender: lo-ve-ly.

Con el atardecer, Nicholson inspecciona su obra maestra ya finalizada. Sus ademanes están cargados de ese aplomo cansado que sólo da la honda satisfacción por el deber cumplido. De hecho, él se ha convertido en un traidor pero parece no advertirlo, tal es la desmesura de su irracionalidad. Se palpa un regusto por la vida en las colonias (“Nunca pasé diez meses seguidos en casa”). En el aire se siente la añoranza por una larga hilera de tardes pasadas sentado en la veranda, aromatizadas por vasos de limonada y té colonial. Sin saberlo, Nicholson está enunciando una declaración de principios que es a la vez su epitafio. Saito asistirá atónito a esta confidencia no pedida. En un instante de veras conmovedor, ambos hombres se reconocerán como hermanos.

En El puente sobre el Río Kwai (The bridge on the River Kwai; 57; David Lean) el comando cumplirá su cometido. A Shears de nada le servirá su sentido práctico ni su apostura física. Y en cuanto a Joyce, su juventud y su vida se detuvieron en el dintel del amor. Su juventud únicamente ha logrado exasperar a la muerte, quien impaciente por lo que puede ser una larga espera, ha salido a su encuentro, como una mujer enamorada descendiendo por la vereda al encuentro de su desaprensivo amado. El ganador no se ha llevado nada, pero tampoco el perdedor.

Cuando el puente ha sido destruido, el ribazo queda sembrado de cadáveres, entre ellos el del shogun y el del nostálgico colonialista. Sólo la jungla está ahí donde ha estado y estará siempre: Invicta. Inverosímil. Inmemorial. El film acaba como comenzó: con un buitre agorero.  
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La jungla y el trueno