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Libros - El pergamino de la seducción:
Reina en cautiverio, ¿loca o apasionada?

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.La nueva novela de Gioconda Belli nos cuenta de la reina Juana de Castilla. Hija y madre de reyes, es el personaje más fascinante del siglo XVI, un periodo crucial de la historia de España. Hermosa e inteligente, se rebeló siempre contra la represión. ¿Enloqueció por amor como cuenta la historia oficial o fue víctima de traiciones y luchas por el poder?

Gioconda Belli.

 

Henry A. Petrie

“¡Malhadada suerte la nuestra de mujeres fuertes y temidas de los hombres! ¡Tenían que encerrarnos, humillarnos, pegarnos, para olvidar el temor que les inspirábamos y sentirse reyes!” (p. 291). Quizá con esta cita logre trasladar lo más representativo de los episodios narrados por Gioconda Belli en El pergamino de la seducción (Seix Barral; Anama, 2005), que presenta una perspectiva distinta de la historia oficial de una reina culta de la España del siglo XVI, cuyo contexto histórico estuvo marcado por el expansionismo —América, África—, el intenso sentimiento religioso exacerbado en defensa de la unidad cristiana en Europa y la promoción de la Reforma católica frente a la ofensiva del islamismo. Se desarrollaron confrontaciones bélicas por la rivalidad hegemónica entre España y Francia, la Inquisición o el Santo Oficio que castigaba a herejes por disidentes religiosos y enemigos del Estado.

Aquella época fue la de Juana de Castilla, también conocida como Juana La Loca, hija de Isabel la Católica (1451-1504) y Fernando de Aragón (1452-1516), uno de los personajes principales de la obra de Gioconda Belli, Premio Pluma de Plata (Bilbao, 2005) y también autora de las novelas La mujer habitada (1988), Sofía de los presagios (1990), Waslala (1996) y El país bajo mi piel (2001), ésta última en el género testimonio. Afirma que pretende reivindicar a “la mujer apasionada”, precursora de la huelga de hambre y de brazos caídos, demostrando su fortaleza femenina y actitud “revolucionaria en su época”.

En El pergamino de la seducción se desarrolla una historia de dos vertientes que corresponden a dos épocas distintas: el siglo XVI y la sexta década del siglo XIX, cuyo encuentro está dado por el apasionamiento de Manuel —profesor de historia de la Universidad Complutense— por la vida de Juana, y el parecido que encuentra en Lucía, colegiala latinoamericana de un internado de monjas en Madrid.

El argumento central estriba en que Juana no estaba loca —como a través de los siglos se ha difundido— a causa del profundo amor que le tenía a su ambicioso marido Felipe el Hermoso, celosa acérrima por las relaciones sexuales que él acostumbraba con las damas de la Corte, deviniendo en constantes enfrentamientos y reconciliaciones apasionadas entre los esposos de donde surgieron seis hijos y que posteriormente serían reyes y reinas en Europa. Desde una perspectiva femenina, se narran distintos episodios de la vida de Juana que, tras heredar el trono de España, se tejen enconos e intrigas, arbitrariedades, agresiones y traiciones que conducen a Juana a la desesperación y rebeldía, desafiando el poder hasta terminar despojada y confinada durante cuarenta y seis años en el palacio Tordesillas, donde murió llagada y gangrenosa.

Manuel y Lucía llevan a cabo una original investigación a partir de situarse imaginariamente —componente histriónico, teatral— en el espíritu de los protagonistas históricos, caldo útil para que ella se vea seducida por el profesor, varios años mayor, y desarrollen un romance que estaría determinado por encierros ocasionales, lejos de la vista de todos. La historia con sus diversos matices y dobleces los apasiona hasta fundirse en realidad y ficción, donde la muchacha transgrede normas y disfruta la pérdida de su virginidad, ejerciendo el control sobre su cuerpo y al poco tiempo resulta embarazada.

Las voces narrativas se van alternando entre Lucía, que cuenta su propia historia, y la de Juana, en la voz de Manuel, descendiente de la familia de Felipe el Hermoso, obstinado en saber la verdad con respecto a la reina maltratada, despojada, apresada y aislada con el pretexto de su locura. Suerte que deciden los hombres.

Entre aspectos históricos y de ficción, se teje un enjambre de conflictos que van desde los amorosos, pasando por ambiciones de poder y presiones por alianzas de reinos, conjuras e intrigas, descalificaciones orientadas a proyectar la incapacidad mental de la reina, acciones desesperadas para salir de los círculos de opresión y aislamiento, desacato a las costumbres castellanas y obligaciones religiosas, y las escenas eróticas descritas con la experiencia sobrada de la escritora, donde también asoma el roce lésbico cuando tienen parte las mujeres moras, expertas en esencias y aromas, “esas esclavas laborando sobre mí todas a una me hacían flotar en placeres prolongados y fantásticos...” (p. 207).

El punto de desenlace de ambas vertientes se produce cuando Lucía y Manuel encuentran un cofre que contiene dos portafolios, uno antiguo y el otro moderno, a través de los cuales verificaron la Razón de la reina Juana, heredando para la posteridad —en la novela— un bello testimonio en pergamino escrito por ella donde destaca su verdad y humanismo con hermosas figuras poéticas: “Vine al mundo con demasiados ímpetus, con el pecho demasiado ancho. Mi ansia de aire y de espacio confundió a quienes viven en corrales pensando en engordar las carnes o las bolsas” (p. 312); “Puede quemar el fuego, pero también la nieve, y yo preferí arder” (p. 313). Y en el portafolio moderno, Manuel descubriría que su tía Águeda era en realidad su verdadera madre, a quien exige en el interior de su casa-museo donde vivía, la identidad de su padre y terminan calcinados por el fuego provocado por las velas que alumbraron el reducto y pasadizo secreto de la biblioteca de su abuelo, que conducía directamente al cuarto de quien hasta entonces era su tía, dejando entrever otra historia que no se cuenta y que ha de transferirse a la imaginación del lector. ¿Era Manuel el fruto de un tremendo incesto? ¿Abuso sexual del padre a la hija? Tal vez.

Con aquel incendio se perdió la evidencia que reivindicaba a Juana, y Lucía concluyó su viaje imaginario por el siglo XVI en la piel de la reina enclaustrada, encarnando la descendencia de la familia noble antaño de Manuel, su Felipe, con una hija que nació en Nueva York y a la que puso el nombre de su heroína.

A mi criterio, y conforme a las novedades editoriales últimas, El pergamino de la seducción se inscribe en las novelas de evocación histórica del Renacimiento europeo, que tal parece, constituye hoy en día una prioridad de las grandes editoriales de aquel continente. Si bien hay ficción, su fundamento son los hechos históricos, por lo general acomodados y tergiversados por poderosos que también son hombres.

Gioconda Belli sostiene su enfoque reivindicativo y pone en la palestra la historia de lucha y emancipación de la mujer, exaltando las formas adoptadas por Juana de Castilla, ya sea ayuno, adopción del luto y de una imagen desgreñada en rechazo de aquella lucha de poder que la tenía como centro, con el propósito de anular su voluntad y autodeterminación. Por esa razón, pone en la pluma de Juana un argumento contundente ante la incomprensión: “piensan que Satanás me habita, piensan que duermo con él, que así aplaco las pasiones legendarias de mi cuerpo acostumbrado a la carnalidad del amor” (p. 312). Y la exhortación, casi proclama que ha de pervivir y revelarse en nuestro tiempo, pregunta y responde: “¿Quién se atreverá? Yo me atreveré”, que se repite en distintos momentos de la historia para concluir: “Y venceré aunque ningún pregón lo anuncie, aunque los siglos caigan sobre mí con su ruido de paredes desplomadas” (p. 313). Contundente, y bello. Literario. El libro se encuentra disponible en las principales librerías del país.  
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Reina en cautiverio, ¿loca o apasionada?


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