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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 18 DE JUNIO DE 2005
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El egoísta

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Identidad de lo que no quiere ver. Óleo sobre tela. Javier Valle pérez.

 

Manuel Vicente Henríquez B.

A Beatriz, por hacerme creer

Mi esposa estudia acupuntura. Desde hace un año cursa estudios en esta disciplina que es tan antigua como misteriosa. Debo decir que al principio la idea me pareció descabellada. ¿Cómo mi esposa iba a estudiar “eso”? La acupuntura me parecía pura superchería, cosa de mentirosos y embaucadores. Cuarenta años sobreviviendo a partir de la medicina occidental pesaban en mis juicios. Pero ella, tan sabia como siempre, me dio por mi lado, mas sin dejar sus planes. Me explicó que esta disciplina le ayudaría con su carrera de nutricionista (porque antes que acupunturista mi esposa es nutrióloga), que sería como un complemento a la hora de trabajar problemas de peso. Sin darme cuenta, fui cediendo ante sus razonamientos. Además, pensé, si ha sido una excelente nutricionista, por qué no serlo como acupunturista. Acepté su decisión y días después vi la casa inundada de libros de “medicina tradicional china”.

Mi esposa estudiaba con disciplina todos sus apuntes. Las clases eran los viernes y al salir de su clínica se iba directo al “Colegio de Acupuntura”. Las sesiones eran de cinco a nueve y treinta de la noche; llegaba a las diez y cenábamos juntos, mientras me contaba muy animada sobre todo lo que había aprendido. En poco tiempo conocí sobre el Yin y el Yang, los canales de energía, la moxibustión y la acupresión. Luego de oírla hablar sobre esos y otros temas, la medicina china comenzó a interesarme.

El problema surgió cuando me pidió que le sirviera de “modelo” para sus prácticas. ¡Habrase visto! Yo sometiéndome a las picaduras de esas agujas. Además, el hecho que me estuviera interesando por la acupuntura no significaba que ya creyera en ella. Todo eso le dije a mi esposa: que lo sentía mucho, que así no la podía ayudar pues ella sabía de mi fobia hacia las agujas. Desde niño no las soporté y digo soporté porque finalmente terminé accediendo. ¿Cómo? Pues al ver que mi esposa se iba quedando atrás al no tener con quien “ejercitarse” y sus compañeros sí, decidí darle su lugar. Yo amo a mi esposa y si es necesario hacer un sacrificio por ella lo hago. Minutos después de haberle dicho que la ayudaría, me encontré con agujas por todos lados: mi oreja izquierda, mi brazo derecho, el talón derecho y mi mano izquierda. Ella trabajaba concienzudamente localizando “los puntos”. De vez en cuando apretaba las agujas y preguntaba: “¿Sensación?” Yo sólo cerraba los ojos. Repetía: “¿Sensación?” Yo alcanzaba a decir: “¡Sí! ¿Cuánto tiempo falta, mujer, por Dios?” “Ya va a estar, hombre, sólo son veinte minutos. No seas llorón”. Yo respiraba profundo y esperaba que el suplicio terminara.

Los meses pasaron y mi esposa dio muestras de ser una excelente alumna; tanto sus compañeros como profesores se expresaban de ella en forma aprobatoria. Yo me sentía orgulloso y más porque mi cuerpo era instrumento para su superación como estudiante de acupuntura. Su pericia con las agujas aumentó de tal manera que una noche que sufría de una terrible jaqueca me quitó el dolor con una aguja en mi pómulo izquierdo; el dolor desapareció en cuestión de media hora. “Es que tenés un exceso en la vesícula biliar”, fue su diagnóstico. Yo no supe si tenía o no excesos en algún lado, lo único que supe fue que me quitó el dolor de cabeza. Desde ese momento me fui entregando a sus picadas con la confianza que le tiene un ciego a su lazarillo.

El éxito de mi mujer como acupunturista creció ostensiblemente. Una vez se sintió en dominio de las técnicas, me dio un descanso y las agujas pasaron a los cuerpos de sus pacientes. Como por arte de magia —es un decir— las pacientes de mi esposa comenzaron a responder positivamente a las agujas. Debo aclarar que no todo lo hacían las benditas agujas, éstas sólo eran un complemento del plan integral para bajar de peso.

Las pacientes se iban de lo más feliz y con la gentileza de recomendar a mi esposa con otras personas. Yo, modestia aparte, me sentía orgulloso de ella. Gracias a sus agujas nuestra economía crecía de manera más que aceptable. Hasta hubo un momento en que ella llegó a ganar más que yo. Esto no me molestó en lo más mínimo; somos un matrimonio moderno y si mi esposa gana más pues me alegro por ella: eso demuestra que su vida como profesional se está desarrollando de manera satisfactoria.

La situación tomó un rumbo insospechado cuando entró al módulo de estudio de partes específicas del cuerpo. Me explico: en este módulo se estudian todos y cada uno de los “puntos acupunturales” que existen en cada parte del cuerpo: los del pie, de la mano, de los dedos… Como dije, todo cambió cuando le tocó estudiar la oreja.

Una noche, mientras leía abstraído una novela, mi esposa estudiaba concienzudamente su libro justo en la página de la oreja. Leía y localizaba atentamente el ápice auricular, el hélix, la fosa escafoidea y la triangular. Seguidamente, comenzó a tocar mi oreja; no decía nada, sólo la miraba. La miraba y la tocaba, luego volvía al libro y seguía leyendo. Así me tuvo como por veinticinco minutos, hasta que cansada de no obtener los resultados deseados me preguntó:

— ¿Te puedo cortar la oreja?

— ¿No ? Contesté displicente.

— ¡Qué egoísta sos! ? Dijo, y siguió con su libro.

Súbitamente vino a mí el real sentido de su última frase: “¡Qué egoísta sos!” Me puse a pensar en todo lo que habíamos conseguido gracias a sus estudios de acupuntura: prestigio, respeto y lo mejor de todo ¡dinero! Realmente era un egoísta. No podía pensar más que en mí. Automáticamente fui a la cocina, tomé un cuchillo de cortar carne y en un segundo me cercené la oreja derecha. Se la llevé y se la entregué completita. Entonces le dije:

— Vos sabés que te amo, amor, y por ti haría cualquier cosa.

— Por eso te amo, primor, —dijo— y besó el hueco sangrante en donde segundos atrás estuvo mi oreja derecha.

Guadalajara. Febrero de 2002.  
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El egoísta