La plañidera
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Jesús Castro. Meditación. Óleo sobre tela. |
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Dixon Moya
Mi padre murió cuando yo contaba siete años, quizás por ello no recuerdo muchos detalles importantes de su enfermedad, agonía y desaparición, incluso me cuesta rememorar con fidelidad su rostro. Lo que recuerdo con claridad es que mi madre, discípula de las tradiciones sociales, contrató a una plañidera. En aquella época todavía se conseguían mujeres en Cartagena de Indias, cuyo trabajo consistía en llorar desconsoladamente en los sepelios ajenos, para contribuir a alimentar el ambiente de tristeza.
Aquella mujer no era una matrona vieja y gorda sino una morena joven, demasiado atractiva en su vestido de luto. Desde que irrumpió en la sala de velación, atrapó las miradas con su arte y belleza. Fue un acto, digno de un aplauso de pie o un premio de la Academia de actuación. Las lágrimas le salían de una forma tan natural como el agua del grifo. Gemidos y suspiros entrecortados, entraban justo cuando las exclamaciones por la partida del difunto habían llevado el clima de tensión a su punto máximo, para caer luego en la más honda melancolía.
Sin duda, la presencia de la hermosa plañidera contribuyó a que el velorio de mi padre fuera exitosamente triste. Lo que mi madre no entendió, por lo menos en un primer momento, fue el motivo por el cual la plañidera no aceptó el pago por tan buen trabajo. Luego, instantes después del entierro, quizás supuso que aquella mujer de vida funeraria, era la amante sospechada que su esposo había mantenido con total discreción durante los últimos siete años de su vida. 
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