El turno de los ciudadanos
Desde que surgieron en Nicaragua los primeros partidos políticos, a mediados del siglo 19, los ciudadanos siempre han andado detrás de ellos, tanto en las campañas electorales como en los comicios mismos, o durante las frecuentes guerras civiles, montoneras, asonadas y demás quebrantamientos políticos y sociales que han ocurrido en la historia nacional.
En realidad, los nicaragüenses hemos sido más bien súbditos y seguidores inconscientes de partidos políticos, caudillos y líderes carismáticos, que ciudadanos en el correcto sentido de personas “que están en posesión de los derechos que le permiten tomar parte en el gobierno de un país”, lo cual significa que el ciudadano debe tener conciencia de sus derechos y responsabilidades, y ejercerlos apropiadamente.
Pero la crisis, falla o debilidad de la ciudadanía es un problema generalizado en el mundo contemporáneo, no sólo de Nicaragua. Por eso es que José Saramago, el escritor portugués que ganó el Premio Nobel de Literatura 1998, declaró recientemente a un periódico iberoamericano, que, a su juicio, “una de las tantas carencias de la sociedad actual es la pobreza de la conciencia crítica de los ciudadanos”.
Esto no es un asunto baladí, sino un grave problema social. La falta de conciencia crítica de los ciudadanos le permite a los aventureros políticos —de derecha o de izquierda— imponer sus dictaduras personalistas y partidistas, que son gravemente dañinas no importa que funcionen con descarada arbitrariedad e irrespeto absoluto a los derechos y garantías de las personas, o que se revistan de “legalidad” e impongan su voluntad mediante leyes y desde los órganos estatales que controlan mañosamente, como ocurre actualmente en Nicaragua.
Precisamente por eso mismo es que cuando y donde los ciudadanos cobran conciencia de sus derechos y responsabilidades, y se deciden a ejercerlos, las dictaduras de cualquier signo ideológico se derrumban irremisiblemente. Eso fue lo que ocurrió recientemente en países que pertenecieron a la antigua órbita comunista soviética, como Georgia y Ucrania, y podría ocurrir también en Nicaragua. ¿Por qué no?
Al respecto cabe destacar que la marcha cívica que se llevará a cabo hoy, en Managua, bajo el lema “Por amor a Nicaragua, contra el pacto”, no ha sido convocada ni será encabezada por partidos políticos, sino por ciudadanos organizados en diferentes asociaciones civiles, o a título personal. Sin embargo esto no implica que sean excluidos de la marcha aquellos partidos que comparten los objetivos de la marcha cívica convocada para hoy en Managua. Lo que queremos subrayar es que en esta marcha los ciudadanos no irán detrás de los partidos políticos, sino que son los partidos que quieran marchar los que marcharán detrás de los ciudadanos. Y esto representa una gran esperanza en que todavía es posible rescatar la democracia y la libertad de los nicaragüenses.
La crisis institucional y política que sufre Nicaragua actualmente ha llegado o está llegando a una situación de extrema gravedad que sólo la acción directa de los ciudadanos podrá resolverla. Incluso, cualquier gestión positiva que pudiera impulsar la Organización de Estados Americanos (OEA), cuyo Secretario General se encuentra actualmente en Nicaragua debido a la gravedad de la crisis, sólo podría ser eficaz si contara con el respaldo de la sociedad.
Por supuesto que la sociedad civil o los ciudadanos directamente no pueden reemplazar a los partidos políticos en el cumplimiento de las funciones que a éstos les corresponde desempeñar en una sociedad democrática. Pero es obvio que los partidos políticos no pueden resolver la crisis institucional que ellos mismos causaron, de la que algunos son culpables por acción —como el FSLN y el PLC con su pacto de la corrupción y el autoritarismo—, o son responsables por omisión, en lo que se refiere a los demás partidos y líderes políticos que por la razón que sea han sido incapaces de poner freno y neutralizar a los pactistas, o que han colaborado con ellos de una u otra manera.
Sólo la fuerza y la unidad de los ciudadanos y de la sociedad civil es la que podría restablecer el orden democrático que ha sido pervertido e interrumpido por los pactistas libero-sandinistas. Lo que permitiría también sanear la actividad de los partidos políticos, para que en lo sucesivo el país pueda funcionar de manera normal y honesta, en condiciones democráticas estables, solventes y confiables para la sociedad nicaragüense y la comunidad internacional.

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