Y además
Término
Luis Sánchez Sancho
Cuando estaba en su máxima candencia la discusión sobre el Instituto de la Propiedad recién creado por la Asamblea Nacional, cuyo titular no ha sido escogido todavía debido a las presiones de Estados Unidos y de los confiscados que temen la pérdida total de sus derechos a reclamar la devolución o indemnización de sus bienes, Xiomara Chamorro, compañera de trabajo en la sala de redacción y editora de la sección de política de LA PRENSA, me comentó que había encontrado una información acerca de Término, el dios romano de la propiedad, y que sería interesante que yo escribiera en esta columna sobre eso.
En efecto, cuenta la leyenda romana que cuando Saturno (el Dios del Tiempo que devoraba a sus hijos) reinaba sobre la tierra, los hombres vivían en condiciones de absoluta igualdad, en comunidad de bienes inclusive de mujeres y no tenían ni siquiera la idea de propiedad.
Pero la codicia dio origen a las usurpaciones, a los pleitos por el tuyo y el mío y, en consecuencia, a los procesos para dilucidar los conflictos entre las personas. Surgió entonces el concepto de propiedad y la diosa legisladora, Ceres, ordenó que cada quien separara su campo del predio del vecino por medio de alguna señal que fuera claramente identificable. De manera que la gente escogió una piedra como señal y Ceres le confirió carácter sagrado y le dio el nombre de Término (donde termina una propiedad y comienza la del otro).
Numa Pompilio, quien fuera el segundo rey legendario de Roma y un gran legislador civil y religioso (abolió los sacrificios humanos, organizó la administración pública, estableció el calendario de doce meses, etc.), instituyó el culto religioso al dios Término. Y para representarlo, Numa Pompilio mandó a construir una gran estatua (la figura de un hombre erguido, pero sin pies ni brazos), que fue colocada sobre un pedestal encima de la roca sagrada de Tarpeya, donde antes se ofrecían los sacrificios humanos a los dioses.
Se instituyó también la fiesta anual de Término, llamada Terminal, y ese día los propietarios de tierras contiguas acudían juntos al lugar donde estaba el mojón que las separaba, lo cubrían con guirnaldas y lo rociaban con aceite perfumado; luego sacrificaban corderos y cerdos y hacían grandes banquetes en los que participaban las familias allí reunidas.
Cuando reinaba en Roma Tarquino el Soberbio, éste quiso levantar en la colina del Capitolio —donde estaban la roca Tarpeya y las estatuas de los dioses, incluyendo la de Término— un gran templo de Júpiter, el mayor de los dioses romanos. Para iniciar las obras era necesario quitar del lugar las estatuas de los diferentes dioses, sin embargo no fue necesario moverlas porque ellos mismos abandonaron el lugar. Menos Término, quien opuso una invencible resistencia a los esfuerzos que se hacían para arrancarlo de su sitio y llevarlo a otro lugar.
De manera que los romanos tuvieron que dejar a Término en el mismo lugar del Capitolio donde había estado desde los tiempos de Numa Pompilio, y finalmente quedó emplazado en el centro del nuevo y enorme templo de Júpiter.
Por todo eso es que los romanos consideraban que la propiedad es sacrosanta, que sus límites son inviolables, que la convivencia pacífica de las personas y el progreso de la sociedad se funda en el respeto a la propiedad y sus términos, y que todo aquél que se atreva a violarlos está condenado a pagar graves consecuencias por su osadía.

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