VIERNES 10 DE JUNIO DEL 2005 / EDICION No. 23836 / ACTUALIZADA 03:00 am





EL HUMOR DE




Golpes en la mesa
Bolivia, América y la amargura de Bolívar

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Alberto L. Alemán Aguirre

Una enfermedad latinoamericana del siglo XX, que creíamos terminada, la de las guerras civiles, podría tener un nuevo brote peligroso en Bolivia.

El país sudamericano, él más pobre del subcontinente y crónicamente inestable, está en una situación prerrevolucionaria: la autoridad central no ejerce un control efectivo territorial; las vías de comunicación con los países vecinos están cortadas; la Policía no tiene presencia y no garantiza la seguridad en amplios sectores de las ciudades y el campo; grupos de manifestantes están tomando centros económicos privados; en La Paz escasean combustibles y alimentos; los servicios públicos están paralizados (transporte, recolección de basura); grupos de ciudadanos toman su seguridad en manos propias; el aeropuerto internacional está cerrado por una huelga y varios estados extranjeros planean ya la evacuación de sus ciudadanos.

Las instituciones políticas están desacreditadas y sin representatividad.

Afortunadamente, no se ha producido un golpe militar y las Fuerzas Armadas dicen que permanecerán fieles a los procesos constitucionales.

Renunciando por tercera vez, el presidente Carlos Mesa trata de salvar la paz y proveer una salida. Esta vez parece ser definitiva. Es una tristeza que un político con grandes cualidades, probablemente la mejor opción personal del país, haya tenido que gobernar en circunstancias tan adversas y sin una sólida base política.

La idea es que Mesa sea sucedido por el presidente del Senado y por el presidente de la cámara de diputados. Ambos deberán hacerse a un lado a su vez, para que asuma el presidente de la Corte Suprema. Éste será el llamado a convocar a elecciones anticipadas.

El principal líder de la revuelta popular, el cocalero populista Evo Morales, advirtió que si el presidente del Senado, Hormando Vaca Díez, decide quedarse con la máxima magistratura, desencadenaría una guerra civil. Dada la virulencia de las protestas, no se puede menospreciar el siniestro mensaje.

Todo esto es un capítulo nuevo de la permanente crisis boliviana, que ya vio en 2003 la salida forzada del antecesor de Mesa, Gonzalo Sánchez de Losada. 200 golpes de estado han sucedido desde que Bolivia ganó su independencia.

Lo que pasa hoy no es sino la erupción de un volcán que ha liberado a viejos demonios.

Dictaduras, nacionalismos de izquierda y de derecha, gobiernos neoliberales: nadie ha sido capaz de sacar al país de la pobreza, de terminar con la exclusión social y política de la mayoría indígena.

Aymaras y quechuas son el 55 por ciento de los ocho millones y medio de bolivianos. Los blancos —frecuentemente quienes han ejercido el poder— son apenas el 15 por ciento de la población.

El caso boliviano debe forzar a una examen de conciencia sobre la efectividad del modelo económico-social que se ha impuesto en América Latina.

En el continente la democracia regresó y ha dado grandes pasos, pero ha fallado en lo social. Pensar que con desigualdad y pobreza tendremos una sociedad viable, es una quimera.

Washington aplaude las significativas reducciones de las áreas sembradas de coca —una tradición ancestral indígena—, pero ... ¿qué alternativas exitosas se han dado a miles de cocaleros y a sus familias?

Nunca desde la Colonia, aymaras y quechuas han tenido poder de decisión sobre el destino de su país. ¿Cómo puede continuar semejante iniquidad en un mundo de derechos humanos y libertades globalizados?

Hay en realidad dos países en uno. El este pobre, indígena; y el oeste, blanco o mestizo, más rico, y donde se deposita la mayor parte de la riqueza gasífera y petrolera.

Las aspiraciones autonómicas de Santa Cruz y otros tres estados han sido un detonante del presente capítulo de la crisis. Los movimientos sociales las adversan. Tristemente, hay aquí un componente racista: los blanquitos de la moderna y rica Santa Cruz no quieren ser gobernados por los miserables inditos del altiplano.

Las perspectivas son sombrías. Los movimientos sociales, étnicos y el influyente partido MAS, de Morales, quieren nacionalizar los hidrocarburos, sacar a las transnacionales, resucitar a la petrolera estatal e imponer una economía centralizada de inspiración socialista.

Ese modelo demostró su fracaso histórico; y en Latinoamérica, los grandes monopolios estatales no han sido sino bastiones de corrupción, ineficiencia y clientelismo por lo general.

¿Y qué bien puede hacer a ese país un populista como Morales, cuyos ídolos son Fidel Castro y Hugo Chávez?

Simón Bolívar —en honor a quien Bolivia lleva ese nombre— murió pobre, enfermo, vilipendiado y traicionado por sus amigos. Preso de la amargura, el Libertador escribió en 1830 en una carta:

“Primero, la América es ingobernable para nosotros; segundo, el que sirve a una revolución ara en el mar; tercero, la única cosa que puede hacerse en América es emigrar; cuarto, que este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles de todos los colores y razas”.

Qué actuales pueden sonar aún las palabras del Libertador. Pero no podemos resignarnos y hay que seguir trabajando para que libertad y justicia social sean compatibles en la América Latina.
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