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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 4 DE JUNIO DE 2005
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La Traviata en escena

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.La Camerata Bach y los artistas centroamericanos dieron vida a la obra de Guiseppe Verdi

Elenco de la ópera La traviata presentada en el teatro Nacional Rubén Darío.

 

Joaquín Absalón Pastora

Ocurrió en el Teatro de la Fenice de Venecia el 6 de marzo de 1853. El primer brindis mojó los pétalos del amor inquebrantable de Violeta Valery y de Alfredo Germout. Violeta y Alfredo, las dos torres del empinado dramático.

El célebre “bebamos, bebamos” no coincidió con los deseos de Guiseppe Verdi (1813 - 1901) para quien el estreno menguado estuvo mejor asistido por el azul de unas aguas que volvieron a ser testigos de la fiesta que él pintó con todas las ínfulas y el esplendor de los salones parisinos prototípicos del Mediterráneo y de la morisca española sin quedarse atrás las casas bucólicas donde la naturaleza pone a temblar las hojas y los nervios subrayan la intimidad desbordante y plena de una pareja que siempre se ha robado el corazón de los asiduos operáticos. No por el primer brindis en Venecia languideció Verdi; su “bebamos, bebamos” se lo siguió bebiendo el mundo entero.

152 años después, ocurre en la delgada tradición de Nicaragua hacia ese género, uno de los más complejos del arte (concentró más sus encantos en los siglos XIX y XX), entrelazado por la ineludible asistencia de la música, la poesía, los instrumentos, los vocalistas actores, la dramaturgia, la danza.

Al presentarse La traviata en el Teatro Nacional Rubén Darío, el proscenio pasó por la prueba de juntar, además, a los figurinistas, escenógrafos y la embellecida pluralidad de ambientes aptos para darle sus lugares al embeleso, la pasión y la tragedia. Quien haya ido a comprobar su intensidad leyó de nuevo La dama de las camelias, de Alejandro Dumas, hijo.

Tanto se hizo para escenificar La traviata en Nicaragua, cuya protagonista es una mujer de dudosa conducta —por eso llamada con mayor severidad y menos dulzura, La extraviada. La presentación de esta gran ópera de Verdi constituye un portento cultural dentro de las limitaciones. Un esfuerzo inaudito y riesgoso, y lo más hermoso, un acto unificador —culturalmente— de Centroamérica. Las fuerzas vivas teatrales y musicales de la región se dieron la mano con certeza fraternal y desinteresada.

Antes de ver y oír La traviata fue preciso escudriñar los pasos que se tuvieron que dar en Nicaragua, la anfitriona, para montar tres actos que no resultaron siempre fáciles ni en los países más ricos en tradición operática. Antes de ser presentada, en los estertores de los ensayos finales, platiqué con el principal mentor de la iniciativa: el músico emprendedor Ramón Rodríguez que siempre anda en la búsqueda de conquistar nuevos lauros. Sin desmayar, teniendo como culto a la perseverancia, junto a José Alvarado y el consentimiento de una de las instituciones auspiciantes, Enitel, hizo un llamado a la iniciativa privada para que colabore y los acompañe en la ruta de poner a Nicaragua al lado de las civilizaciones avanzadas.

Aún oyendo los morteros, dice Ramón, ensayaban sin ruborizarse por los sinsabores causados por la cacería de fatalidades. Se juntaron los instrumentos de las sinfónicas de Honduras, El Salvador y Costa Rica por carecerse aquí de la estructura adecuada que pide por lo menos a 40 músicos especializados. La Camerata Bach celebra sus trece años de airosa vigencia en Nicaragua con La traviata pero debe contar con más de los elementos que básicamente tiene. A la satisfacción del plano musical se agrega el vestuario calculado en unos 25 mil dólares. Éste resultó ser fuente de inspiración para que cantara La extraviada desde sus alturas de soprano. Ya en El Salvador se había satisfecho el requisito inaplazable del atuendo, emisor físico de la boga correspondiente, reflejo estético de la autenticidad.

En el comienzo se tuvo el vestuario. Y ¿lo demás? Había que hacer una selección paciente de los valores y fue así cómo, finalmente, del acucioso filtro salieron espléndidos cada uno en su tesitura y en su capacidad de actuación: Ángela de Guardado (Violeta), Octavio Orochena (Alfredo) y luego Eliomín Zelaya, Ángel Rivas, Connie Palacios de Merino, Napoleón Domínguez, Marielos Burgos, Jaime Rosales, Ricardo Montenegro, Julio García Polanco, Malcolm Calderwood y Ricardo Escalante.

El nicaragüense Luis Morales respondió afirmativamente a la responsabilidad de la escenografía y con qué aplomo hizo gala embellecida de sus ambientes. La iluminación no es relleno, es fundamento comunicador y creativo del estado de ánimo, los colores tampoco están por añadidura. El azul, el plata y el dorado fueron los símbolos del poder. Todo es todo en la ópera. Las arrogantes y coloridas escenas de los toreros y las bailarinas gitanas. La pintura del maestro Hugo Palma, los vitrales de Rossy López y la participación de otros excelentes artistas nicaragüenses.

Acaba de concluir la temporada de la música clásica. Vino La traviata en la gentil y corpulenta secuencia. Para julio se anuncia el festival internacional de la música clásica.

|Camerata Bach: Hay luces que nos distinguen en las cíclicas tenebruras de la violencia, los trece años de la Camerata Bach y las sonoridades balsámicas de La traviata.  
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La Traviata en escena