ESCRIBANOS
EDICIONES ANTERIORES
LA PRENSA
OTROS SUPLEMENTOS
SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 4 DE JUNIO DE 2005
PORTADA
CUENTO NICARAGÜENSE
POESIA NICARAGÜENSE
LEXICOGRAFIA
KINO-BIO-CINE
ENSAYOS
PINTURA
MUSICA
COMENTARIO
CRITICA
Libro de poesía
El Pajaritero nuestra cultura mestiza

Foto  
.Comentarios acerca del poemario El lienzo del pajaritero, de Julio Valle-Castillo

 

Isolda Rodríguez Rosales

“Porque tú existes para dar realidad a la tierra, donde viven todos los hombres. Y tú eres el verdadero ayudador que concede el bien”.El libro de los cantares de Dzibalché

A manera de preámbulo, deseo señalar que, nacida y criada en la norteña ciudad de Estelí, donde la colonización española destruyó la cultura de los ancestros indígenas, El lienzo del pajaritero ha constituido la revelación de una cultura que logró la sobrevivencia y aún se aferra a sus raíces.

Digo, pues, que la lectura de este lienzo me ha develado un mundo fascinante y, me apena confesarlo, casi desconocido. Con la primera lectura pasé del asombro a la fascinación, de la admiración, a la curiosidad por decodificar la simbología de ese pergamino pintado por el escribano real, cronista, corifeo, pintor de códices, pajaritero y “lenguaraz” chorotega o nagrandano; hablo del mismísimo poeta Julio Valle Castillo.

La primera lectura me hizo remontar a los orígenes del teatro griego, en las grandes procesiones en honor de Dionisius/ Baco, dios del vino y la cosecha de la uva. Me permitió ver al corifeo (pajaritero), ese personaje que dirigía las procesiones en las que se entonaban cánticos mutados en diálogos que se embellecieron en las plumas de los Esquilos y Eurípides.

La segunda lectura me llevó a presenciar las antiguas danzas pantomímicas de los aztecas, a las sátiras coloniales y a las coreografías a las que alude Fray Juan de Zumárraga. Fue en la tercera lectura donde las piezas comenzaron a encajar. Como en un complejo rompecabezas, lo indígena y lo europeo se mezclaron, se cruzaron y salió de ello “una rara quintaesencia”. La ocarina se mezcló con la flauta de pan y de ese cántico nació la Melodía para Tatil.

Y es que los textos pintados en este lienzo surgen de ese entrecruzamiento de las tradiciones indígenas y del hispanismo colonial católico que no pudo o quiso o no supo cómo suplantar, erradicar las antiguas creencias, sino que yuxtapuso, puso encima, mezcló y batió el chocolate antes amargo, ahora endulzado con el azúcar europeo. Encima del malinche, el clavel español; encima del náhuatl, la lengua de Castiella o Castilla.

Como en el teatro, Julio Valle-Castillo nos lleva al atrio, lugar donde dio inicio la comedia española y la danza indígena y colonial. Nos introduce en ese mundo de la magia y el encanto, del éxtasis religioso, en el cual el pajaritero baila al son del tum-tum, la “Danza Negra”, en las Casas del Canto, Casas de Danza, abiertas sólo para él, y que danza entrelazándose con la diosa madre. Las casas de canto o cuicacalli, lugares destinados por el aprendizaje del canto y del baile, efectivamente estaban junto a los templos. Era una danza sagrada, penitencial, solemne, en la que se alababa a los dioses y se celebraba la victoria sobre los enemigos

Ángel Ma. Garibay, en su valioso estudio sobre la poesía náhuatl señala que “el baile que ellos más gustaban era el que con aderezos de rosas se hacía, con las cuales se coronaban y cercaban” (Garibay: XXVI).

Avanza este viejo promesante, “tres pasos para adelante,/ tres pasos para atrás” y derrama su sangre limpia, ante los teotes, y pule y limpia la piedra sacrificial. Y en medio de la danza, despliega el lienzo y muestra ante nuestros ojos maravillados, la laguna y la ciudad de Masaya, con su ropaje antiguo e indígena. Seguimos en medio del ritmo del silbido del carrizo y asistimos al nacimiento de la laguna, bajo la mirada asombrada de las lapas y los pericos. Pasamos sobre alfombras de malinche y nos remontamos hasta los días del hilo azul. Escuchamos al capitán Oviedo y al “malvado Rodrigo Contreras” inventando un nombre ya creado: Majaya, Masaya, Moxaya...

En ese lienzo se construye, reconstruye y deconstruye la teogonía y mitología ancestral y aparecen delineados los rostros de Tamagastad y Cipaltonal en una eterna danza de amor/odio, danza conyugal que da origen a la progenie indígena; de la “Señora del Volcán”, de quien el pajaritero dice “nunca nadie vio su rostro” ni “se supo su edad”. Esta suerte de pitonisa griega tiene el poder más grande de los tiempos: predice guerras, desgracias o tiempos de paz.

Con voz poética, el pajaritero alza vuelo para decirnos que “su voz era de silencio estrellado o retumbo/ cuando no trueno./ Pedía mariposas y pájaros”. Siguiendo al padre Garibay, él cita que los muchachos “bailaban vestidos como pájaros, y otros como mariposas, muy bien aderezados de plumas ricas, verdes y azules y coloradas y amarillas”. Por eso, Valle-Castillo describe los bailes y pinta con detalles coloridos el vestuario de los promesantes.

Es ágil y límpido el pincel del pajaritero para dibujar a la Gran Diosa Madre con chongos de oro, y que identifica con la Madre Tierra, la Pacha Mama de los incas, de Papa Egoro de los cunas, venerada en fin, por todas las culturas ancestrales, la gran madre diosa de la fecundidad, de las cosechas de maíz, la diosa fecundada que un día descubriera, “derramando sus mamas de pezones despercudidos”, escondida en una olla funeraria, desenterrada en un patio de Nindirí.

Versos cosmogónicos dan fe del origen de la Laguna de Masaya y de nuevo asoma la cultura maya-azteca-chorotega-nagrandana-masaya, y va más-allá describiendo ese mítico ser, la sabia y astuta serpiente, que desde Eva muestra el sendero del saber. Esta sierpe que se somete ante los lazos de cabellos vírgenes y se hunde para dar origen a la legendaria Laguna de Masaya, y el pajaritero sucumbe a su encanto y confiesa que se enredó en su cabellera “y ya no tengo más sed de las aguas de tu cuerpo/ donde la luna multiplica sus escamas”.

Y es siempre la serpiente, omnipresente en la construcción cosmogónica, la que vemos nuevamente subiendo, bajando, ondulando en la roca de Cailagua, y descifrando sus petroglifos, aparecen en un abismo cubierto de estrellas rojas, las almas de Nancimí y la pareja “que bailará para siempre”, Citali y Kieg, amor imposible que concluye en el acantilado, como aquella otra pareja de amantes, soñadores de un amor imposible, Tristán e Isolda arrojándose por otro acantilado, quizás en tiempos paralelos.

Hay un afán por rescatar esa cultura, que el pajaritero siente se le escapa de las manos y con cierta angustia y “lengua de pedernal” le habla a su hijo Don Tigrillo, dándole consejos o consejas para la sobrevivencia. Con voz antigua, de güegüe, le dice a su hijo, “no des paso en falso/ pon tu pie sobre las huellas..” Y sigue esa voz sentenciosa y serena: “Que quien te mire a los ojos adentre tu corazón”, preparándolo para la guerra, es decir, para la vida. Asistimos a una conversación educativa, como en los antiguos Kalmecac, plena de ternura, de elevado amor filial, que hace humedecer los ojos y abrillantar el alma.

Misma devoción con que le habla y educa a Doña Guadalupe Tonantzín, a quien introduce en el mundo de lo sagrado, el agradecimiento a los teotes por medio de la antigua danza y ella “sabrá bajar el cosmos a su cuerpo” por medio de esa danza, como joven y nueva derviche, alcanzará la unión con lo divino. Con paciencia de güegüe explica y devela ese mundo lleno de signos y símbolos de la indumentaria necesaria para ese sagrado ritual: “Los ojales ...vigilan las entradas/ o puertas del cuerpo/ y marcan los cuatro horizontes/ los puntos cardinales...”

Y es con la danza que Lupita se adentrará en lo santo y entonces podrá hablar del mundo perdido de los teotes, con voz que rescata, con voz que pervive, la voz de las mujeres y hombres despojados de su mundo por los Pedrarias y los Contreras.

Este lienzo desplegado por el pajaritero está impregnado de añoranza por un mundo amenazado por un arma muy fina llamada globalización. Por eso recuerda a los güegües, a los promesantes que ahora “son la sombra de lo que fueron”, son “sombras que asoman” para que sepamos que el señorío de los viejos aún pervive en ellos y es a ellos a quienes el pajaritero pide hagamos reverencia, a la manera antigua, a la manera del Güegüense cuando éste se presenta ante el Alguacil Mayor, el Gobernador Tastuanes. Es el mundo colonial y mestizo luchando por sobrevivir en un mundo aculturizado y vacío, donde los agüizotes han sido reemplazados por agringados y desconocidos “jalogüin”, con sus máscaras de plástico; en un mundo supermodelado y vacío como dijera el recordado CMR.

Ese mundo híbrido con culturas desencontradas y encontradas y vueltas a desencontrar, en que el niño chorotega se pone su máscara de español y sombrero de palma, a falta de la gorra de grana. Se adorna con cintas de color y espejos y se cubre la espalda con mantón, a falta de “capa de cabriolé”. Es la construcción o rescate del mestizaje barroco, de ese hibridismo náhuatl y español que baila acompañado por chirimías, la danza del Toro-venado, cubierta la cabeza con el cuero de tigre.

Magistral el lienzo, magistral el canto y la danza. Acompañemos al pajaritero en esta eterna danza de la vida, adornemos nuestras trenzas con malinches y plumas. Hagamos sartas de sacuanjoche rojos y amarillos, despleguemos abanicos masaya-españoles y con los sones de la marimba y la ocarina, demos tres pasos para adelante y tres pasos para atrás, en homenaje eterno a los teotes que crearon la tierra y nos mantienen la vida, la risa y el asombro.  
.


---
Rivalidad por la perfección


El Pajaritero nuestra cultura mestiza


Acerca de Tesis marginales