ESCRIBANOS
EDICIONES ANTERIORES
LA PRENSA
OTROS SUPLEMENTOS
SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 23 DE JULIO DE 2005
PORTADA
CUENTO NICARAGÜENSE
POESIA NICARAGÜENSE
LEXICOGRAFIA
KINO-BIO-CINE
ENSAYOS
PINTURA
MUSICA
COMENTARIO
CRITICA
Poesía norteamericana

George Evans

Poeta y escritor estadounidense. Ha publicado cinco poemarios en los Estados Unidos e Inglaterra, y dos libros de poesía traducidos del español y del vietnamita. También editó Charles Olson & Cid Corman: Correspondencia completa, 1950-1964, publicado en dos volúmenes. Su obra ha merecido premios del National Endowment for the Arts y del California Arts Council, una beca Monbusho otorgada por el gobierno Japonés, el premio Puschcart del año 2002, y dos premios literarios de la Fundación Lannan, el más reciente en el 2003, entre otros.



Elisa arrodillada

(Tina Modotti, 1924)

Ésta es la muchacha quemada, esta fotografía extrema de alguien transformada por el desastre pero inalterada. Sus manos cundidas de


cicatrices, el impétigo del destino. Sus manos de cebra. Sus manos de leprosa. Sus dedos quemados. Sus garras. Su rostro un abismo donde quiero caer, deseando momentos (no, más bien horas; o días; o meses; o el infinito) entre sus manos, ésta, lavada con el agua hirviente de la vida, ésta llena de cicatrices, este rostro que todo lo abarca.

La sirvienta de la artista, transida de dolor pero lista a cumplir, arrodillada sobre roca con el rostro marcado por la pena, cada mañana se levanta antes del amanecer a barrer la casa y preparar el desayuno. Cómo pueden saber

sus amos que los sirve una diosa minusválida. Cómo pueden saber que sus cicatrices proceden de las mismas olas del tenebroso océano que los empapa sin dejar rastros.

Este mar que nos envuelve nos va transformando. Permanentemente, así como el dolor y la belleza del amor nos imprime marcas que no se quitarán. Aturdidos y cambiados ante estos ojos y manos, no podríamos sobrevivir la belleza sin sus cicatrices, ese lugar donde nos arrodillamos sobre piedras puntiagudas, desesperados por sufrir.



Dos muchachas

Ese día que alcancé a espantar las moscas del rostro de una muchacha vietnamita en el camastro de un camión de carga, hasta comprender que estaba muerta y me detuve, es el día que nunca olvidaré. Entre todos los días,

ese es el día.

Se amontonaron sobre sus ojos, hasta convertírselos en un remolino tan negro e indescifrable como los ojos de la Madonna de Edvard Munch.

Cuando me aparté, la vorágine reveló tal belleza que mis vértebras se fundieron. Tal belleza que creí imposible vivir ni un momento más. Tal belleza que mi alma se disolvió. Mi corazón murió y revivió, murió y revivió, murió y revivió.

Este paria camina por las calles recordando a una muchacha. Éste que entiende las dimensiones de la muerte. Éste que sueña sin morbosidad con un cadáver.

Ella viene a mí en sueños, y por momentos en la calle después del trabajo, a las cinco en punto, en ese lapso extático antes de que cierren las pescaderías, y por la noche en mi cama, donde ella aún vive, tan viva como la que yace a tu lado.



Historia

1

Me senté durante horas en una iglesia y escuché sin religión o creencia, sin bienes que merezcan mencionarse, excepto este hilo de energía conectado al mundo, telaraña sutil de la que cuelgo, un hombre ya muerto.

Nada de lo que poseo tiene sentido. Solamente el contacto con lo vivo, los pensamientos de lo vivo, humanos y todo lo viviente. Más los

muertos que no tuve otro remedio que conocer.

La iglesia estaba en tinieblas. Ceguera sembrada de murmullos, voces de aquellos que han arado en su inocencia y plantaron cosas que han crecido en contra de ellos. Yo quería decirles aún el peor momento nos salva, aún la peor cosa que no podemos borrar de la memoria es un acto en contra del tiempo sin tiempo que está esperándonos.

Nací en una era sin misericordia. No podemos perdonarnos a nosotros mismos, mucho menos al mundo. Una época en que todo vaticinio es también vacuo

debido a que tantos monstruos han pisoteado las espaldas, las orejas, las frentes,

y los dedos de quienes les creyeron.

2

Mi insomnio me traiciona.

Todo lo que quería era dejar mis herramientas al final del día y venirme a mi casa.

Cuando el trabajo no tenía sentido, no tomaba eso en cuenta para hacerlo bien. Me bastaba sentarme en las gradas del frente al atardecer y observar a los niños jugando en ese breve momento antes de que abandonen sus sueños y los juguetes que imitan lo que les espera. Había algo en su placer, en su euforia por trabajar brutalmente de balde.

No importa lo que pasara, yo quería que mi vida permaneciera igual.

Si nunca hubiera dejado ese barrio y la sombra de sus fábricas exprimiendo la última energía del sol poniente, si jamás me hubiera enamorado de una multitud de rostros con esa fe en los demás tan contundente que nos arrastra (la idea de un niño de que los humanos viven en el mundo el uno para el otro), no reconocería esta soledad que me carcome, ni seguiría despierto mientras duermo, ni me avergonzaría de mi debilidad, o de saber que me volví un muchacho que se arrancó su corazón y lo devoró con un amor imposible.

(Traducción: Daisy Zamora)  
.


---
Poesía norteamericana


Ciudad