ESCRIBANOS
EDICIONES ANTERIORES
LA PRENSA
OTROS SUPLEMENTOS
SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 23 DE JULIO DE 2005
PORTADA
CUENTO NICARAGÜENSE
POESIA NICARAGÜENSE
LEXICOGRAFIA
KINO-BIO-CINE
ENSAYOS
PINTURA
MUSICA
COMENTARIO
CRITICA
Satie en embeleso

Foto  

Retrato al óleo de Erick Satie.

 

Joaquín Absalón pastora

France Clidat está sentado en el tendido y supino piano de cola. No obedece a las demostraciones verticales de aquel Bartolomeo Cristofori de 1709. Vistas con indiferencia las complicaciones técnicas de la estructura original, France Clidat es un especialista en la ejecución de la música del francés Erick Satie (Honfleur 1866-1925).

El virtuoso nació y vivió para Satie así como Horowitz conservó la misma lealtad interpretativa para Chopin.

Pontificar en el oficio de la misa teniendo al piano como altar, de alto relieve al poner sus manos sobre el majestuoso instrumento, enseña fácilmente la riqueza del timbre en el centro de la irrevocable evolución.

Con sólo exponerse, el solista insinúa los descubrimientos de la maravilla sonora epilogando el destino de la superioridad técnica de lo que tuvo como cuna el clave bien templado de Bach.

Ambos, pues, sin haberse conocido —es lo más probable de acuerdo al calendario respectivo— guardaron en la distancia una lealtad inviolable, sumisa con los principios de la mutua fidelidad. Consagraron con esa conducta el apostolado de los seis enfrentados a las hegemonías wagnerianas y debussystas.

El mejor discípulo en cuanto a tocarlo que tuvo el enigmático esteta fue y es, France Clidat. Ambos perfilan y totalizan en hieratismo, uno con las manos y su meditación cuando las empuja, y el compositor con la partitura puesta sobre el astuto paseante del teclado.

Todavía se recuerda a France Clidat y a Erick Satie en el “gran prix audio visuel de Europe”, tutelados por la Academie du disque francais. El gran óleo de Satie estaba de frente. Monopolizaba el espacio su luenga y puntiaguda barba, la testa tallada por el ecléctico sombrero de copa, negro como el entorno de sus misterios y France Clidat en la inaudita postura —aparentemente irrespetuosa— de dejar caer todo el peso de su cuerpo sobre el teclado.

De ahí, de ese escenario donde ambos son las únicas luces, han salido las gymnopedies, los nocturnos, los valses (le-te-veux), los preludios de las cumbres celestes, las serenatas distinguidas por el aroma de las rosas, las descripciones inmediatas saliéndose de los follajes de Debussy, las célebres tres sarabandas desfilando en el meticuloso orden. Traslación muy Satie, libre de todo escrúpulo por la armonía, usado el verso libre como si rompiera a base de dedazos la rima de la poesía. Y luego encuéntranse en el camino, la misa de los pobres para emigrar de la tradición ecuménica e igualitaria de la liturgia uniformada. No pueden dejarse a un lado las tentaciones de incurrir en las similitudes emotivas tendidas por el puente vernáculo. Si Satie hizo y expuso públicamente la misa de los pobres, Carlos Mejía Godoy realizó la misa campesina. Señalada la distancia en estilo y en tiempo, ¿no son acaso muy parecidos los pobres y los campesinos ?

Clidat toca también las piezas frías, los oratorios e incluye en el repertorio al Sócrates de Satie, el reiterado blanco de su apoteosis personal en el cual parece enviar un mensaje desvertebrado e incoherente, aclarando que es subjetiva la apreciación. Lo que el beneficiario de estas notas puede afirmar si conoce al autor es: no importa. Ese era el libérrimo desprendimiento de Satie, dotado por la máxima economía estructural y expresiva. Inexpresivo cuando no hay agua en el desierto de sus fiestas y lo contrario cuando el líquido nada en la opulencia bohemia. Suave y pianissimo vibrante como las cuerdas y la acción de los macillos. Chopiniano sin poder entrecomillar porque el lenguaje de la música no lo permite, pero otorgador de fe cuando deja constancia de ser tan fúnebre como su antecesor.

Era un excéntrico nuestro personaje. Tanto tiempo ejerció la indiscutible y audaz influencia en la música parisina. Satie fue la excepción, dueño de las ráfagas nocturnas a las que siempre enfrentó su mortal ironía. Un intelectual debía de acompañarlo en la militancia antiacadémica: Jean Cocteau. Clidat pone a Satie en el embeleso. Es la voz y el estandarte humano de su vigencia.  
.


---
Satie en embeleso