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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 23 DE JULIO DE 2005
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La conspiración del silencio

Foto  

póster de la película Bad day at Black Rock.

 

Ramiro Argüello Hurtado

La conspiración del silencio (Bad day at Black Rock; 55; John Sturgues) no es un film: es un alegato. De manera extraña funciona admirablemente en dos niveles: es al mismo tiempo un thriller y un western … cuya acción discurre en 1945. Por su argumento, tema y trama (el encono con que el Gobierno ultrajó a ciudadanos norteamericanos de origen japonés a raíz del ataque artero a Pearl Harbor) la cinta nunca habría podido realizarse aquel año.

Más de 100,000 americano-japoneses fueron internados en campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Claro, no fueron gaseados como los judíos de Auschwitz, ni fueron suprimidos a lo bestia como en el Gulag comunista, pero hombre, un campo de concentración siempre es un campo de concentración. Fue necesario esperar una década y el arrojo casi suicida de un productor con una personalidad tan independiente como Dore Schary.

“¿Se está deteniendo?”, piensa en voz alta y con asombro un abúlico lugareño al constatar que el tren-expreso va a hacer estación en Black Rock, somnoliento pueblo (en realidad unas cuantas casas desperdigadas al azar) de Nevada. De hecho, el tema último de La conspiración … es cómo la culpa compartida puede llegar a convertirse en algo opresivo, paralizante y envilecedor. Algo de la eficacia de la película radica en el empleo innovativo del Cinemascope (y es una pena que por TV se pierda todo eso), por ese entonces sólo una nueva técnica con algo de extravagante.

El responsable directo es el cameraman William C. Mellor, colaborador de George Stevens, Anthony Mann y William Wellman. Su marca de fábrica consiste en la utilización estilizada de grupos humanos y elaboradas composiciones puestas al servicio del relato. John Sturgues siempre fue un director de guiones: si contaba con un guión ceñido, magro, el resultado adquiría sentido. Nunca les he mentido y así pueden constatarlo mirando Duelo de titanes (Gunfight at the OK corral; 57) y 7 hombres y un destino (The magnificent seven; 60). Así acontece en La conspiración del silencio.

Basta que Spencer Tracy (en una de esas actuaciones tan suyas sin esfuerzo, refrenadas, naturales) pida una habitación en el pringoso hotel, para que el telegrafista del pueblo se vuelva loco, el sheriff alcoholizado padezca una crisis de conciencia, el enterrador dé inicio a una despiadada autodisección de su vida inútil y los matones se tornen violentamente erráticos.

Tracy (a quien le falta un brazo) llega al villorrio a realizar un acto de justicia poética: él es un ex oficial del ejército en busca de un granjero nipón llamado Komoko. Su hijo le ha salvado la vida en Italia. El soldado americano-japonés muere en el intento. Tracy busca ahora al padre de su salvador para entregarle la medalla acordada en forma póstuma. El único problema es que nadie parece conocer, haber conocido o recordar a nadie llamado Komoko. Ha llegado un hombre.

En cierto momento el esquinado Robert Ryan (el turbio caporal del poblado) le advierte al enojoso manco intruso: “Siempre sospechamos de los forasteros. Heredamos esa costumbre del Lejano Oeste”. Riposta de Tracy: “Pensé que la tradición del Lejano Oeste era la hospitalidad”. Eso en psicopatología se llama paranoia. Eso en sociología se llama xenofobia. Y en cine: sentido de lo dramático.  
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