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Mario Vargas Llosa: los inicios de la escritura

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.El escritor peruano, los inicios de su carrera en Perú en los años cincuenta, cuando “descubrir la vocación literaria” era como “descender a un páramo”

Mario Vargas Llosa.

 

Pilar García del Pozo
EFE

En el marco del Congreso Internacional de Narrativa Peruana, el escritor Mario Vargas Llosa recuerda aquella época como “difícil” y “profundamente desmoralizadora”, debido a que “afectaba a la esencia de la vocación”.

Vargas Llosa considera una iniciativa “magnífica” la celebración de este congreso en el que cerca de cuarenta escritores de las últimas generaciones intercambian ideas y destaca la importancia que tiene para un autor romper las “barreras provincianas”.

La literatura que llegaba a Perú en los años cincuenta procedía de Europa y EE. UU., y comenta que conoció a Alejo Carpentier por una revista francesa a la que estaba suscrito.

AMÉRICA LATINA ERA UNA ISLA

“América Latina —precisa— era como un archipiélago con islas incomunicadas”.

El autor de Conversación en la catedral dice que “en la década de los cincuenta, Perú estaba incomunicado con el mundo, una circunstancia que ha cambiado, y actualmente los escritores ven ‘natural’ viajar fuera del país, pero en aquellos años no conocían lo que ocurría al otro lado de sus fronteras, incluso, no se sentían latinoamericanos, era una percepción tan distante como la luna”.

EL DILEMA ENTRE SER TELÚRICO O “EVADIDO”

El escritor señala cómo en esas circunstancias, una cuestión fundamental, era la división entre escritores “evadidos” y “telúricos”.

Los telúricos eran “los arraigados” que mostraban la realidad del país, mientras que ser “evadido” era casi como una ofensa que descalificaba moralmente a los autores, y éstos en vez de enfrentarse a la realidad “escapaban de su tiempo” y hacían una literatura sin repercusión en el presente.

El autor de La ciudad y los perros confiesa que para él esta división era un dilema importante porque no quería ser telúrico, pero tampoco le gustaba que le calificaran de “evadido”. Su deseo era hacer literatura realista con raíces históricas más que fantástica, señala.

Actualmente, continúa, “ningún joven cree que con una obra pueda revolucionar la sociedad” ni espera “efectos inmediatos”, una visión que en su generación “distorsionó y frustró” vocaciones.

Vargas Llosa llama la atención sobre la actividad “impura” de algunos autores de la actualidad que se lanzan a escribir “seducidos por la publicidad y los premios”, aunque “hay —dice— grandes plumas con pasión por escribir”. Pero también se muestra convencido de que ningún autor escribe para ser inédito, pues lo normal es que se pretenda, a través de la literatura, “establecer un diálogo con el lector” y para ello es necesario ser editado, algo que en los años cincuenta no era fácil.

Recuerda que algún librero peruano “de cuando en cuando”, se convertía en editor y publicaba libros “en ediciones pequeñas que se distribuían en círculos familiares y entre amigos”.

La única posibilidad de publicar a mayor escala era aparecer en el suplemento dominical del diario peruano El Comercio, que publicaba cuentos.

ESCRITOR EN PARÍS

Vargas Llosa explica que descubrió que era escritor latinoamericano en París, un destino imprescindible para los jóvenes narradores de entonces, pues consideraban que “por contagio” se convertirían en escritores. “Allí, en París, descubrí la literatura moderna, creativa, y conocí a autores como el argentino Julio Cortázar”.

También destaca la felicidad que sienten los autores al escribir, aunque su obra sea desdeñada por críticos e incluso por el público, cuando encuentran el adjetivo que redondea una historia. “Esa es la mejor recompensa” para la vocación de un escritor.  
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